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La ira de los dioses

Por AURELIANO SÁINZ

Si se les preguntara a los aficionados al Real Madrid en qué lugar celebra su equipo sus triunfos, no me cabe la menor duda que responderían que en la Plaza de Cibeles de Madrid. De igual modo, si se les hiciera la misma pregunta a los seguidores del Atlético de Madrid, seguro que afirmarían sin titubear que el suyo lo hace junto a la Fuente de Neptuno. Y si a ambas aficiones se les preguntara qué dos animales en bronce se encuentran delante del Congreso de los Diputados, edificio muy cercano a ambas fuentes, es posible que algunos dudaran y otros acertaran indicando que son leones.

Imagino que se pensaría en estas tres cuestiones de manera separada, considerando que cada una tuviera su propio significado sin estar relacionada con las otras. Sin embargo, hay aspectos que las unen y otro bastante sorprendente que quisiera explicar.

Sobre la diosa Cibeles y el dios Neptuno se entiende fácilmente la relación entre ambos al ser personajes de la mitología greco-romana. A la primera se la representa subida a un carro tirado por dos leones y a Neptuno sobre un gran caparazón arrastrado por un par de caballos que salen de las aguas del mar. Quedan, no obstante. en el aire las razones por las cuales estos personajes del Olimpo presiden dos de las fuentes más relevantes de la capital de nuestro país.

Sin embargo, algunos se quedarían sorprendidos al saber que uno de los leones que preside la entrada del Congreso de los Diputados, similares a los que tiran del carro de la diosa Cibeles, carece de testículos. Y no es porque al escultor que los realizó se le olvidara incluirlos, sino porque ese león en concreto representa a Atalanta, la joven que, junto a su amado Hipómenes, suscitó la ira de la diosa Cibeles. Fue tal la osadía que ambos tuvieron que los castigó transformándolos en leones que eternamente tirarían de su carro.

Para que conozcamos esta sorprendente historia, basta desplazarse un poco y entrar en el Museo del Prado ya que allí veremos un cuadro de grandes dimensiones realizado por el pintor italiano Guido Reni que lleva por nombre Atalanta e Hipómenes.

La escena del lienzo, narrada en las Metamorfosis del poeta latino Ovidio, representa la carrera en la que compiten Hipómenes y la bella Atalanta por llegar el primero a la meta, ya que Hipómenes se juega la vida en esa competición.

Según la fábula griega, el padre de Atalanta solo quería tener hijos varones, por lo que al nacer su hija la abandona en el monte Partenio, pero, por suerte para la pequeña, una osa la cuida y le da de amamantar, hasta que es recogida por unos pastores que se hacen cargo de ella.

Crece en plena naturaleza, corriendo y disfrutando de una vida totalmente libre sin estar ligada a ningún hombre. Con el paso de los años se convierte en una bella y ágil mujer que desea consagrar su vida a Artemisa, diosa de la cacería y de los bosques. Así, para mantenerse siempre virgen idea una prueba: solo se casará con el que sea capaz de vencerle en una carrera.

A pesar de vivir alejada de la gente, la belleza de Atalanta era conocida en todos los rincones del entorno, por lo que atrae a muchos hombres que desean conquistarla; pero, cuando saben que pone como condición que en caso de ser derrotados en la carrera morirán, los hace desistir de competir con tan veloz mujer.

A pesar de ello, un joven con el nombre de Hipómenes había quedado prendado de la hermosura de Atalanta, por lo que decidió arriesgarse y competir con ella. Pero antes, acude al templo de Afrodita, la diosa del amor de la Grecia clásica, para que le ayude (en la versión latina se habla de la diosa Venus). Esta le proporciona tres manzanas de oro, para que en la carrera las vaya tirando al suelo con el fin de distraer a su rival.

Efectivamente, tal como aparece en el cuadro de Guido Reni, a medida que van corriendo, Hipómenes las va dejando caer para que Atalanta, seducida por el encanto de las manzanas, las vaya recogiendo del suelo.

Del lienzo del pintor italiano, al principio, hemos visto la figura de Hipómenes que mira hacia atrás ocultando la tercera manzana y, después, la de Atalanta que tiene una manzana de oro en su mano izquierda, al tiempo que se para y se agacha para recoger la segunda.

Textualmente, Ovidio en las Metamorfosis nos dice lo siguiente: “Así que entonces tiró una de las tres manzanas de oro del árbol. Ella quedó asombrada y, ansiando hacerse con la reluciente fruta, se desvió a un lado cogiendo la manzana de oro que rodaba. Él la adelantó y los espectadores aplaudieron” (cap. 10, pág. 664).

Trampeando, Hipómenes es el que llega primero a la meta, librándose de la muerte. Atalanta acepta la derrota y cumple con su promesa: ambos se casan enamorados, por lo pasan a vivir en el bosque compartiendo cacerías y hazañas.

Pero un día, no se le ocurre otra cosa a la joven pareja que gozar del amor en uno de los templos dedicados a la diosa Cibeles. Esta enfurecida por el sacrilegio que cometen los castiga transformándolos en dos leones, que, además, serán los que tiren del carro con el ella se trasladaba.

Este es en esencia el relato mítico que da sentido a la existencia de los leones de la fuente dedicada a la diosa Cibeles situada en los inicios del Paseo del Prado de Madrid, al tiempo que explica la ausencia de testículos de uno de los leones de la entrada del Congreso de Diputados.

En otra ocasión hablaremos del dios Neptuno, no antes de indicar que este relato se lo conté a un amigo aficionado al Atlético de Madrid, quien, muy pensativo, me dijo: “Ahora comprendo por qué el Madrid siempre gana: es su presidente Florentino el que manda echar unas manzanitas de oro falso, claro está, por el campo y que los árbitros entusiasmados las recogen en medio de los encuentros. Ya me entiendes lo que sucede después…”

Sobre la enconada rivalidad madrileña y esta posible teoría de los triunfos madridistas yo no entro, pues soy del Barça (que, por cierto, seduce con otros métodos más sofisticados; pero, lógicamente, no los voy a explicar aquí, y menos aún en tiempos del VAR y de estadios vacíos de espectadores).