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Con el debido respeto, señorías

JOSÉ ANT. RAMOS LOZANO

No sé si en otros países sucede algo parecido a lo que ocurre en España, esto es, que mucha gente piensa en los políticos como los menos preparados para hacer su trabajo. Se tiene la cierta sensación de inmediatez e improvisación y casi nunca percibimos una visión planificada a medio y largo plazo en las medidas que se adoptan.

En un sistema concebido para el diálogo, la participación y la transparencia, la manipulación y la opacidad viene siendo demasiado habitual. La tendencia de los que ostentan el poder ha sido siempre la misma: acaparar más y más poder tratando de controlar las críticas y no dar nunca su brazo a torcer. Afortunadamente una democracia permite rectificar a nuestros gobernantes y de cuando en cuando podemos cambiarlos por otros.

Decía Napoleón que “la política es una casa de putas en las que las pupilas son bastante feas”; y algo sabía Monsieur Bonaparte de cómo se compran y venden los políticos. La desconfianza general de la población sobre la honestidad y decencia, la probidad y el honor de nuestra clase política es muy mejorable. Todos tenemos la sensación de la insaciable sed de dinero que nuestros gobernantes tienen y parece casi superior a la nuestra propia. Hay que saber también que cada nueva promesa electoral suele llevar adosada un incremento de alguna tasa o impuesto cuando no un impuesto nuevo.

Muchas personas que deberían sentir una vocación de servicio en la práctica política lo convierten en un medio de ganarse la vida (bastante bien, por cierto) y esta circunstancia ha propiciado la escasa o nula conexión de algunos gobernantes con los ámbitos que gestionan, de manera que llega a pervertirse el discurso y se cae en un sectarismo ideológico que pervierte el objeto del servicio público en un servicio personal,  pues se le debe todo al partido y es cómo se convierten en políticos profesionales. Muchas veces hemos escuchado que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, pero nadie es corrompido por el poder; son las personas quienes corrompen el poder y se sirven indignamente de él para sus fines, para enriquecerse o tratar de inhabilitar a los disidentes o a la oposición. Y, ojo, que son todos iguales en esto.

Por otra parte hay un tema que me tiene desconcertado desde hace tiempo y no sé cómo interpretarlo; se trata de la cacareada “regeneración democrática”. Cada vez que hay elecciones se habla de esto desde hace más de treinta años. Si nuestra democracia tiene algo más de cuarenta, quisiera saber por qué tenemos una democracia tan degenerada. Eso sí, una vez que hay un ganador, las palabras se las lleva el viento hasta las siguientes elecciones o se redacta un código que debe quedar estampado divinamente en el papel higiénico de sus señorías.

El enfrentamiento que vivimos en el parlamentarismo español no está siendo nada edificante, aumentar el tono y la crispación es una irresponsabilidad que no pocos insensatos trasladan a la calle, donde será más fácil pasar de las palabras a las manos.

Hagan sus trabajos desde sus bien pagadas poltronas y mejoren las condiciones de vida de los ciudadanos con una visión de futuro, por favor, que para eso les pagamos el sueldo.