Press "Enter" to skip to content

Quevedo visita Alburquerque

Por AURELIANO SÁINZ

Como es bien sabido, la fama de Alburquerque se había extendido hasta los más alejados rincones. Y no era solo por la historia y las bellezas que atesoraba el pueblo, sino también porque lo que acontecía en el mismo nadie lo entendía; era como un lugar en el que sucedían las historias más absurdas que ningún sabio fuera capaz de descifrar.

Hasta aquí, en su día, llegaron a venir los espíritus de los grandes sabios griegos Platón y Aristóteles, marchándose después de una estancia de varios días y sin que sus mentes pudieran comprender el irracional y enmarañado laberinto en el que vivían sus habitantes.

También, recordemos que en medio de vientos huracanados hizo acto de presencia la Dama que no miraba a los ojos. Días atroces que los lugareños tardaron bastante tiempo en olvidar, pues los miedos se anclaron en sus cuerpos, hasta que generaciones posteriores la recordaban como una historia lejana que los abuelos les habían contado en las noches de grandes tormentas.

Pero la fama de lugar incomprensible no terminaba de desaparecer de Alburquerque, tanto que, pasados los años, llegó a las proximidades de Villanueva de los Infantes, un pueblo castellano con una población similar al extremeño. Lo especial de este lugar de Ciudad Real es que en él yacían los restos del inmortal Francisco de Quevedo, lo que era un honor para su población.

Pues bien, también el espíritu de Quevedo se interesó por lo que acontecía en Alburquerque, y como los espíritus no tienen que guardar confinamiento, ni en medio de pandemias, voló hasta posarse en el centro de la Alameda.

Días estuvo, el ácido poeta, escuchando a unos y a otros. Se interesó por todos los avatares que habían acontecido a lo largo de los últimos años. Aguzó el oído hasta los más mínimos detalles. Pero, a medida que pasaba el tiempo, empezaba a pensar que o este rincón de Extremadura estaba encantado fruto de extraños maleficios o que, en sentido contrario, los maleficios que sufría el pueblo eran frutos de una extraña y chusca pareja.

Desalentado, acudió a su arma más poderosa: su ácido sentido del humor. Así, sentado en uno de los bancos del paseo escribió un breve poema en el que retomaba las invectivas que tiempo atrás había dirigido a su archienemigo Luis de Góngora.

Una vez acabado, dejó la hoja encima de uno de los bancos, con la esperanza de que cayera en algunas manos lúcidas, de modo que pudiera leer sus versos que decían así:

Érase un hombre a una alcaldesa pegado

érase una alcaldesa muy superlativa

érase una componenda viva

érase un chanchullo muy descarado.

Era un pueblo desesperado

érase un gandul panza arriba

érase un perdigón y una avefría

érase una caradura y un acucharado.

Érase el espolón de una acemilera

érase un falso faraón de Egipto

constantes tomaduras de pelo eran.

Érase un narcisismo infinito

serpiente pitón alacranera

sabañón garrafal, morado y frito.