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El Síndrome de Rasputín (cuento no apto para tristes o pesimistas)

Por AURELIANO SÁINZ

– Buenos días, don Luis. ¿Puedo pasar?

– Sí, sí. Entra, Ramón. Siéntate aquí y ahora me cuentas qué te trae de nuevo a la consulta.

– Quisiera decirle, don Luis, aunque no sé cómo hacerlo, pero desde hace algún tiempo estoy apático, me siento muy triste y sin ganas de hacer nada. Es como si las ilusiones que tiempo atrás tenía se me hubieran marchitado para siempre. La vida la encuentro sin esperanzas. Me levanto por las mañanas y todo lo veo sin color, como si ya nada me ilusionara. Vamos, que no me reconozco en la persona que ahora soy…

– Bueno, no te preocupes. Yo creo que esto le pasa ahora a la mayoría de los españoles. Ten en cuenta que desde que apareció lo que llamamos la Covid-19 ha afectado a una parte importante de la población, de modo que el desánimo y la angustia se han apoderado de ella. Pero creo que esto lo superaremos, y cuando dispongamos de una buena vacuna lo más probable es que volvamos a tiempos de cierta normalidad. Hay que ser optimista y no dejarnos vencer por el desánimo.

– Pero lo que a mí me pasa es de mucho antes de que viniera ese dichoso coronavirus. No sé lo que me sucede, pero lo que me temo es que no logre desprenderme de esta tristeza que la llevo como una pesada mochila que cargo a las espaldas.

– Vamos a ver, ¿tienes problemas en casa? ¿Han aparecido algunas desavenencias con tu mujer? ¿Son cuestiones de trabajo de tus hijos? ¿O es que ha surgido algún conflicto familiar que no te lo esperabas?

– No, no. Con mi mujer me llevo muy bien; ella ya me conoce, tiene paciencia y me aguanta mis manías. Tampoco con mis hijos hay problemas, pues aunque los tiempos están muy jodidos para los jóvenes, ellos van tirando hacia adelante. Ni tampoco son temas de familia… Es, cómo decirlo, que a veces siento ganas de llorar y de marcharme del pueblo para siempre y así olvidarme de todo lo que pasa en él. Aunque también el pensar en esto me da una enorme tristeza.

– Por cierto, Ramón, ¿de qué pueblo me dijiste que eras?

– De Alburquerque… ¿Lo conoce usted?

– Sí, claro. Es un pueblo muy bonito al que he ido en algunas ocasiones ya que allí tengo buenos amigos. Pero por lo que me cuentan, y por lo que yo veo desde hace unos años, tengo que decirte que lamentablemente está irreconocible. Una verdadera pena. ¡Qué lástima!… Y ahora que me has hablado de Alburquerque, estoy pensando que, quizás, no sé, tu caso se deba a que estés sufriendo el ‘síndrome de alienación psicopatológica’.

– ¿El quééé…? ¡Por Dios, no me asuste, don Luis!… ¿Cree usted que me estoy volviendo loco? ¡Por favor, dígamelo de verdad, pues es lo que ya me faltaba!

– ¡Tranquilo Ramón, no te preocupes! ¡Tranquilízate! Coge si quieres un par de kleenex por si los necesitas… ¿Estás ya más tranquilo? ¿Sí?… Bien, voy a intentar explicártelo de la manera más sencilla para que lo entiendas, pues esas palabras que te acabo de decir asustan mucho… Vamos a ver, aunque este síndrome no está todavía recogido en el vademécum de psiquiatría, entre nosotros lo llamamos el Síndrome de Rasputín… Por cierto, ¿sabes quién era Rasputín?

– Me parece, si no me equivoco, que era un monje ruso que tenía una barba negra muy larga, que estaba bastante chiflado y que tenía a la mujer del zar embaucada y que al final lo mataron… ¡¿No me diga que yo estoy como el Rasputín ese?!

– ¡No, hombre, qué va! Atiende despacio… Rasputín era un monje ruso que se quería parecer a Jesucristo, de modo que se hacía pasar por un sanador mediante el rezo y la imposición de las manos. Así, logró entrar en el palacio de los zares, puesto que la zarina Alejandra lo llamó para ver si podía cortar las hemorragias de su primogénito que padecía hemofilia. Lo cierto es que se asentó en el Palacio de Invierno y llegó a apoderarse de la voluntad de la zarina, de modo que todo lo que ella hacía se lo consultaba… ¿Me sigues?… Bueno, ya sabes cómo acabó la historia, cuando el pueblo harto de sufrir hambre y penurias se alzó contra los zares… Bien, a partir de la relación malsana que se estableció entre Rasputín y Alejandra los psiquiatras hablamos de ese síndrome cuando nos referimos a la gente que padece las consecuencias de las arbitrariedades de una mujer que accede a un cargo de poder y se encuentra obnubilada por alguien que le ha sustraído su voluntad y sigue sus directrices sin rechistar… ¿Entiendes ahora, más o menos, a lo que me refiero cuando hablo del Síndrome de Rasputín?

– Creo que sí. Me parece que ahora le estoy entendiendo… Pero yo me pregunto por qué no lo habíamos escuchado antes en el pueblo, ni nadie nos había dicho que se estaba sufriendo ese síndrome del que usted me habla… Y esto, don Luis, ¿tiene cura o hay alguna medicina o un tratamiento que sea eficaz?

– No, qué va, para este síndrome no hay ninguna vacuna, como la que esperamos para el coronavirus, ni tampoco pastillas. Como decimos popularmente, esto se cura “cogiendo al toro por los cuernos”. Ya sabes lo que quiero decir…  Por cierto, ¿está el mal muy extendido por Alburquerque?

– Creo que sí, ya que llevamos años viendo cómo la zarina del pueblo y, anteriormente, su Rasputín, por llamarlos como usted dice, hacen de las suyas a su antojo y solamente alguna gente alza la voz ante los atropellos que sufrimos en el pueblo. ¡No se puede imaginar el ambiente que han creado!… Si le soy sincero, ya que mi mujer me dice que no me meta en líos, debo admitir que en mi casa solo es mi hija la que no traga con todo esto y la que no se corta… La verdad, hay que reconocer que las chicas de ahora tienen muchas agallas.

– Bien, bien, amigo Ramón. No es que te estés volviendo loco ni nada por el estilo. Además, esto no lo vas a solucionar tomando pastillas ni marchándote de tu pueblo que tanto te apena como lo ves… Bueno, antes de despedirnos, te aconsejo que escuches a tu hija. Es posible que ella no padezca este síndrome, ya que la rabia que tenemos dentro hay que expulsarla hacia fuera, pues si no lo hacemos y nos la tragamos acabaremos sintiéndonos fatal… No te receto nada, solamente te aconsejo que pienses en lo que te he dicho y que tú mismo entiendas que callando y callando se acaba padeciendo ese síndrome que parece se ha instalado en Alburquerque. La verdad es que lo siento mucho, porque a tu pueblo lo conozco desde hace mucho y de ningún modo se merece todo lo que me cuentas… ¡Ah! Y te sugiero que no hables en el pueblo de la zarina y de Rasputín… ya sabes cómo es la gente.