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Vida y muerte de don Álvaro de Luna (XV). Camino del cadalso.

Por AURELIANO SÁINZ

CARTA A LOS LECTORES

Con esta entrega finaliza el recorrido que he realizado por la vida de don Álvaro de Luna, quizás, el personaje más relevante ligado a la historia de Alburquerque.

Desde estas líneas quisiera agradecer a todos los que habéis seguido esta trayectoria, que, por mi parte, ha sido laboriosa y placentera, ya que, por un lado, me he tenido que documentar a fondo, pues he querido hacer un trabajo riguroso al tiempo que fuera accesible a todos. Por otro, ha sido un gran placer ir descubriendo la compleja figura de un personaje que llegó a lo más alto del poder en la Castilla del siglo XV y acabó de la manera más dramática que uno podría imaginar. Además, los estudios realizados a lo largo de los 15 artículos me han permitido profundizar en la arquitectura militar de la Edad Media, aspecto de gran relevancia para quienes hemos nacido y crecido a la sombra de una magnífica fortaleza que siempre debemos defender.

Para cerrar, quisiera apuntar que el hecho de que su vida sea publicada en un medio digital como es Azagala presenta grandes ventajas: acceso abierto para todos los lectores, uso del color, incorporación de fotografías y pinturas, etc. No obstante, entiendo que quienes penetran en su lectura a través de la pequeña pantalla de un móvil presenta dificultades, aparte de que no tiene la continuidad que ofrece una publicación impresa.

Reitero el agradecimiento a los me habéis seguido, al tiempo que os cito para más adelante cuando inicie la trayectoria de otro gran personaje del mismo siglo y muy relacionado con nuestro pueblo: don Beltrán de la Cueva, primer duque de Alburquerque.

CAMINO DEL CADALSO

La agitada vida de don Álvaro de Luna acaba el 2 de junio de 1453 cuando es ejecutado en Valladolid por orden del rey. Sin lugar a duda, el personaje más importante en el reino de Castilla, y me atrevería a decir, en la primera mitad del siglo XV dentro de la península, finaliza su existencia con una muerte atroz. Pero es necesario conocer los acontecimientos que ocurrieron antes de este desenlace.

Una vez que se hace pública la prisión del condestable de Castilla, sus familiares y los escasos amigos que le permanecían leales eran conscientes del riesgo que entrañaba para ellos su encarcelamiento, por lo que procuraron ponerse a salvo. Así, su hijo Juan de Luna salió de Burgos disfrazado con la ayuda de un clérigo y Fernando de Rivadeneira encontró amparo en el obispo de Ávila que lo tuvo escondido y, posteriormente, le facilitó la huida.

Mientras tanto, Juan II desplegaba todo su poder y fuerzas para desvalijar y apropiarse de las enormes propiedades que pertenecían a quien había sido su condestable, completando el saqueo que había iniciado en la ciudad de Burgos. Sin embargo, conquistar todas las villas y fortalezas de Álvaro de Luna que poseía repartidas por la actual Castilla la Nueva y Extremadura no le resultó tarea fácil, pues villas como las de Alburquerque, Escalona, Trujillo o la puebla de Azagala no se entregaron tan fácilmente como pensaba. Incluso, Alburquerque resistió el asedio tras saber que el conde de Alburquerque había sido ejecutado.

Antes de avanzar en el camino hacia el cadalso al que está condenado el condestable, surge como reflexión una pregunta que se hacen distintos historiadores: “¿Hubo un proceso contra don Álvaro de Luna que justificara su sentencia de muerte?”.

La explicación que nos da César Silió es la siguiente: “La respuesta que debe darse a esta pregunta depende del alcance y significación que le concedamos al término ‘proceso’. Si se estima que puede llamarse así a la deliberación de diez o doce caballeros y doctores reunidos con el Rey y el acuerdo de condena, eso es evidente que lo hubo. Si se estima que el proceso es algo más -práctica de actuaciones, con audiencia del inculpado, acusación y defensa según la ley lo tenga establecido- habrá que contestar, sin la menor vacilación, que no existió proceso” (pág. 221).

El propio César Silió nos indica a continuación que “la sentencia contra don Álvaro de Luna fue declarada injusta por el Consejo Supremo de Castilla en el año 1658, en juicio contradictorio con el fiscal de su Majestad” (pág. 224).

Pero continuemos describiendo las últimas horas del condestable de Castilla.

“Con sentencia firme por el Rey, Diego López de Estúñiga salió del campamento de Escalona hacia la villa de Portillo, donde don Álvaro de Luna se encontraba retenido en prisión. (…) Pasó primero por Valladolid donde se proveyó de la guardia precisa para llevar a cabo al día siguiente el traslado del Condestable sin peligro alguno. (…) Antes de salir de Portillo, dejó en el monasterio de San Francisco el encargo a fray Alonso de Espina, amigo de don Álvaro de Luna, que saliera a la mañana siguiente y se hiciese el encontradizo con él y le descubriera el secreto de su traslado a Valladolid y le confortara en los últimos momentos” (Serrano Belinchón, pág. 218).

Así, el día primero de junio de 1453, Álvaro de Luna es escoltado por un grupo de hombres armados que va delante de él, el mismo que erguido y sereno cabalga montado en una mula. En un momento determinado, y tal como estaba previsto, fray Alonso de Espina se apartó discretamente de la guardia y se coloca a su lado. En el trayecto le fue reconfortando con las mejores palabras que podía encontrar.

Al llegar a Valladolid, a petición de Alonso de Espina y de otro fraile franciscano que le acompañaba lo llevaron a la casa del caballero Alonso de Estúñiga, que había sido el lugar en el que el condestable solía parar cuando pasaba por Valladolid.

Durante toda la noche, ambos frailes franciscanos estuvieron acompañándole. De todos modos, “don Álvaro de Luna apenas pudo dormir. Dedicó casi todas las horas de la noche a ordenar su alma, a descargar su conciencia y a dar los retoques postreros a su última voluntad de los bienes que aún poseía. Con los claros de la mañana, oyó misa en la misma casa, y después pidió que le trajesen unas cuantas guindas y algo de pan, que se limitó a probar solamente” (Serrano Belinchón, pág. 219).

Al amanecer del día 2 de junio, se presentó Diego López de Estúñiga en la casa de la calle Francos y ordena que bajase el condestable. Éste baja a la calle cubierto de una capa negra y ropa de chamelote azul y monta en la mula aderezada con un paño enlutado. Le acompañan los dos religiosos franciscanos como parte del cortejo fúnebre que camina hacia la plaza en la que se prepara la ejecución.

López de Estúñiga, consejero del rey y lugarteniente mayor de Justicia, enarbola una caña hendida por arriba. En ella se encuentra el mandamiento de ejecución escrito por el rey que dice así: “Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro Señor, a este cruel tirano, usurpador de la corona real: en pena a sus maldades y de los deservicios que hizo al Rey, mándale degollar por ello”.

Se llega a la plaza cubierta de un gran gentío. El pregonero, que ha ido leyendo durante todo el recorrido el mandamiento de ejecución, se acompaña del verdugo para acercarse al patíbulo. Una vez arriba, el verdugo sacó un cordel para atar las manos del condestable.

A continuación, según César Silió (pág. 232), se produce el siguiente diálogo entre el condenado y el verdugo:

“¿Qué va a hacer?” “Señor -le respondió el verdugo-, voy a ataros las manos, para evitar algunas bascas que hagáis por apartar el cuchillo, con el espanto de la muerte”. El condestable rechazando el cordel, se sacó una agujeta que traía y con aquel cordón de seda le ató ambos pulgares al sayón. A continuación preguntó: “¿Para qué es el gancho que está en ese madero?” Y al enterarse de que allí pondría su cabeza después de ser degollado, dijo con gran conformidad: “Después de muerto yo, el cuerpo y la cabeza no son nada; hagan con ella lo que quieran”.

Tras el impacto del hacha sobre el cuello de Álvaro de Luna, se escuchó un tremendo alarido colectivo que salía de la garganta de quienes se encontraban en la plaza presenciando este cruel espectáculo. Poco después, se cubrió de un denso silencio todo el entorno de la plaza.

El cuerpo del condestable estuvo allí expuesto durante tres días, mientras la cabeza colgada permaneció nueve. Junto al cuerpo se colocó una jofaina de plata para recabar las limosnas de aquellos que quisieran darle un enterramiento a quien fue condestable de Castilla y maestre de la Orden de Santiago.

En la Crónica del Rey, que recoge este cruel ajusticiamiento, brevemente se dice: “y en aquel bacín fue echado asaz dinero”.

Pasados los días, vinieron los frailes de la Misericordia y se llevaron el cuerpo y la cabeza a la iglesia de San Andrés, que era el lugar en el que se enterraban a los ajusticiados. Poco después, y con gran acompañamiento se le trasladó al monasterio de San Francisco. Reinando ya Enrique IV, se le trasladó a la suntuosa capilla de Santiago que el propio don Álvaro había erigido con anterioridad en la catedral de Toledo. Allí reposan sus restos.

A modo de Epílogo:

El rey de Juan II de Castilla sobrevivió algo más de un año a su fiel condestable, pues falleció en Valladolid el 20 de julio de 1454, contando solo con 51 años. Según todos los autores consultados, murió obsesionado con la firma de muerte que había dictado contra quien había sido su leal protector durante más de cuarenta años.

La reina Isabel, segunda esposa de Juan II, logró su objetivo de apartar al condestable del lado de su marido. Vivió cuarenta y dos años de viudez y soledad, retirada en Arévalo y con síntomas de enajenación. Falleció “vieja, perturbada y sin consuelo” (César Silió, pág. 238), como habría de morir su nieta Juana de Castilla, que acabó con el apodo de Juana la Loca.

***

Anotaciones:

El cuadro, Colecta para sepultar el cadáver de don Álvaro de Luna, que he utilizado como ilustración de la ejecución del condestable de Castilla es obra del pintor jerezano José María Rodríguez de Losada (Sevilla, 1826 – Jerez de la Frontera, 1896). Se trata de una pintura histórica de grandes dimensiones (272 x 320 cm.) perteneciente a los fondos históricos que se encuentran actualmente en el Senado.

Rodríguez de Losada, con el fin de dar un rigor a su lienzo, se basó en un fragmento de la Historia General de España, escrita por el padre Mariana. Sin embargo, el cuadro cargado de gran teatralidad, como acontecía con de la Ejecución de los comuneros de Castilla de Antonio Gisbert, presenta un error histórico por el que solo se le concedió una mención honorífica en la Exposición Nacional de 1866: el crucifijo que aparece en pleno centro del lienzo de ningún modo se corresponde con uno del siglo XV; su estética pertenece al barroco, estilo artístico muy posterior a la fecha en la que fue ejecutado don Álvaro de Luna.

El cuadro del interior del texto es un fragmento de la obra El entierro del condestable don Álvaro de Luna, de Eduardo Cano de la Peña (Madrid, 1823 – Sevilla, 1897) que se encuentra en el Museo del Prado. Se le concedió la medalla de oro en la Exposición Nacional de 1857, tras haberla ganado también en el año anterior con su lienzo Cristóbal Colón en el convento de la Rábida. Estos dos premios nos indican que Cano de la Peña era uno de los grandes pintores españoles del siglo XIX dentro de la temática historicista.