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Recordando a El Capitán Trueno

Por AURELIANO SÁINZ

A lo largo de estos últimos años he dirigido a los alumnos que están a las puertas de acabar sus estudios numerosos trabajos de fin de carrera, todos ellos lógicamente relacionados con las líneas de investigación que desarrollo en la Universidad. En el actual curso, un estudiante que lo tuve como alumno me preguntó, dado que es un gran aficionado a los cómics, si yo podía dirigirle uno relacionado con el análisis de los protagonistas masculinos de los cómics tradicionales españoles.

La propuesta me pareció una excelente idea, ya que dos años antes, a petición de una alumna, había dirigido uno similar, pero con los personajes femeninos que protagonizaban los cómics dirigidos a las chicas de décadas atrás.

Para que el trabajo no fuera excesivamente largo, acordamos comenzar por los cuentos gráficos que aparecieron a partir de la posguerra española y cerrar en los años finales de los sesenta, de modo que nos centraríamos en los más famosos, es decir, en aquellos que dejaron huella en quienes eran niños o adolescentes por entonces.

Salieron, cómo no, a relucir las primeras series de Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz, El Capitán Trueno y El Jabato.

A Fran, apelativo familiar de este alumno y con el que yo también le llamo, le indiqué que conocía bastante bien a los personajes de estos cuentos, que es como les llamábamos entonces, dado que el término de cómic es muy posterior. Además, le manifesté que, dentro de los cuatro citados, por quien sentía una especial devoción era por El Capitán Trueno, personaje creado literariamente por Víctor Mora y gráficamente por Ambrós (seudónimo de Miguel Ambrosio), cuyos dibujos me parecían magníficos.

“Nunca podré olvidar que allá por el año 1956 y en mi pueblo, Alburquerque, siendo yo muy pequeño, vi colgado en el puesto de la ‘señá’ María, que tenía debajo del quiosco de la música, un ejemplar colgado de una cuerda con unas pinzas a modo de pequeña ropa tendida. El flechazo fue inmediato, pero como lo que yo por entonces recibía semanalmente no me alcanzaba a las 1,25 pesetas que costaba, tuve que pedir algo prestado para hacerme con un ejemplar de ¡A sangre y fuego!, que era el título del primero de los ejemplares”, le manifesté con una mezcla de nostalgia y entusiasmo, al recordar los años en los que uno despertaba a la vida.

Lógicamente, han transcurrido muchos años desde entonces; de todos modos, en la biblioteca que tengo en casa conservo los primeros ejemplares de ese personaje que formó parte de mi infancia y supongo que también la de muchos de mi generación. Para mí son inolvidables las aventuras del Capitán Trueno que, en su formato original apaisado, se desarrollaron a lo largo de 618 cuadernos semanales, desde 1956 hasta 1968. Bien es cierto, que continuó apareciendo en otras publicaciones con otros formatos e, incluso, a color y que, de igual modo, a Ambrós le sustituyó una numerosa lista de dibujantes.

Como viajero infatigable, el Capitán Trueno siempre estaba acompañado de sus inseparables Crispín y Goliath, y constantemente esperándole su eterna prometida Sigrid, reina de Thule. Sus aventuras aparecían en los más diversos e insólitos escenarios: África, China, el Egipto de los faraones, las islas escandinavas o luchando en tierras árabes.

¿Y quién era en realidad El Capitán Trueno? La mejor respuesta la podemos encontrar en su propio autor, Víctor Mora, que lo definió como “un caballero andante, contemporáneo de Ricardo Corazón de León y de Gengis Khan, que se movía por una Edad Media hacia la que me habían atraído irresistiblemente los maravillosos relatos del Ciclo Artúrico”.

El Ciclo Artúrico, al que se refería Víctor Mora, lo tenemos que interpretar como referencia al mítico Rey Arturo, personaje de la literatura inglesa y francesa, al que se le presenta en esos relatos como el monarca ideal tanto en la guerra como en la paz.

Pero la visión que se adopta en este trabajo fin de carrera, y en el caso concreto del Capitán Trueno, es la de un estudio crítico y reflexivo acerca de los valores y de las ideas que se transmitían en el conjunto de los relatos de ese trío, que, cuando combatía, más bien parecía que disfrutaban dando mamporros a diestro y siniestro, puesto que en sus aventuras se excluía toda la carga de violencia y agresividad que, por ejemplo, aparecen en los mangas o cómics japoneses.

Una vez que hemos avanzado en el significado de los héroes que poblaron los cómics de aquella época, un par de las ideas que podríamos adelantar serían:

  1. a) En ellos se expresan valores del mundo occidental, a partir de figuras como pueden ser el guerrero conquistador y el misionero que, con la espada y la cruz, se adentran en territorios desconocidos con el fin de descubrirlos y, tal vez, de cristianizarlos, de modo que aparecerán en esos relatos otras culturas con habitantes que entran en contradicción con la de los protagonistas por sus diferentes maneras de ver el mundo.
  2. b) Los valores occidentales de superioridad implican un liderazgo que lleva aparejado el sacrificio, la disciplina y una moral férrea que caracterizan a los héroes del cómic, dado que son estoicos, reservados y puros. Por ejemplo, nunca aparece que el Capitán Trueno le diera un simple beso a su amada Sigrid. Por otro lado, están entregados a la alta misión de salvar a la humanidad de la incultura y la barbarie de los otros pueblos.

Resulta curioso que, aunque en la historia del cómic occidental predominan personajes contrapuestos, de modo que por un lado se encuentra el héroe y por el otro el villano, se produce una singular excepción en el caso de la figura de Saladino que en la serie del Capitán Trueno aparece a partir del cuaderno número 41.

Lo más llamativo de la inclusión de este gobernante musulmán se debe al hecho de que se trata de un personaje real, no de ficción, ya que Saladino había nacido en Tikrit (Iraq) en 1138, falleciendo en Damasco (Siria) en 1193. Y no solo es conocido por el hecho de ser quien inició la dinastía ayubí en amplios territorios de Oriente Medio, sino por haber vencido en la batalla de Hattin a los cruzados cristianos, volviendo a tomar Jerusalén y las Tierras Santas.

Sin embargo, su nobleza fue reconocida incluso por sus enemigos, por lo que acabó convirtiéndose en un símbolo de la caballerosidad medieval.

Tanto es así que esta excepcionalidad queda reflejada en la viñeta que he extraído del cuaderno 41, ya que en el texto de la cartela se dice: “El Capitán Trueno aprecia toda la delicadeza de aquel parlamento de Saladino, que sabe que sus fuerzas infinitamente superiores podrían tomar Agar al día siguiente… Y los dos guerreros se despiden con un apretón de manos…”. A lo que hay que añadir lo que dice el Capitán Trueno: “¡Hasta que el destino vuelva a unirnos, Saladino!”; con la respuesta del líder musulmán: “¡Que Alá te proteja, para el bien de tu causa!”.

No deja de ser sorprendente que en unos cuentos en los que aparecían nítidamente diferenciados ‘los buenos’ de ‘los malos’, al tiempo que los primeros siempre triunfaban tras las muchas peripecias atravesadas, aparecieran dos rivales que finalmente se apreciaban y sin que ninguno de ellos quedara derrotado… ¡Pero es que hubiera sido un hecho de lo más sorprendente que el Capitán Trueno hubiera vencido a un personaje real del mundo musulmán del siglo XII!

***

Dedicatoria:

Este artículo hace el número 100 de los que he escrito para Azagala digital desde que inicié la aventura de publicar en este medio. Quiero, pues, dedicárselo a quienes en aquellos lejanos años de nuestra niñez y adolescencia despertábamos al mundo con la compañía impagable de los cuentos y tebeos que alimentaron la imaginación de unos críos que, con pocas monedas en los bolsillos, eran felices en el inigualable territorio que rodeaba a Alburquerque.

Y de modo especial, quiero hacerlo a mis amigos de la infancia: Diego Bas, Emiliano Roa y Pedro Moreno, con quienes compartí no solo los grandes sueños de aventuras a la sombra de un majestuoso castillo, sino también porque los personajes de los cuentos eran nuestros héroes junto a los que aparecían en las películas de caballeros medievales o en las que se desarrollaban en los escenarios del Lejano Oeste, y que, con gran impaciencia, esperábamos disfrutar en el inolvidable Cine La Torre.