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Vida y muerte de don Álvaro de Luna (X). La batalla de Olmedo

Por AURELIANO SÁINZ

La ausencia del condestable de la Corona de Castilla dejaba a Juan II como “un muñeco de feria, una simple marioneta que funcionaba a voluntad de quien moviese los hilos” (Serrano Belinchón, pág. 120), o se demostraba que “Juan II era más bien un juguete que un monarca celoso de sus prerrogativas” (César Silió, pág. 139), o “la situación era oprobiosa y manifestaba que don Juan II era más bien un juguete que un monarca” (Manuel José Quintana, pág. 138).

Las expresiones de los autores consultados prácticamente coinciden en manifestar que Juan II y su hijo primogénito el príncipe Enrique (que en el futuro sería rey de Castilla como Enrique IV) eran incapaces de llevar adelante el gobierno del reino ante los constantes oprobios de los Infantes de Aragón, quienes comandados por don Enrique, buscaban sin tregua la defenestración de don Álvaro de Luna, pues, tal como indica Julio Monleón Baruque, en su obra La dinastía de los Trastámara, “en las tierras de Castilla y León se veía a los infantes de Aragón como si constituyeran un partido extranjero” (pág. 127).

Hubo, no obstante, una cierta tregua coincidiendo con la boda del príncipe Enrique, que se celebró el 15 de septiembre de 1440, al desposarse con la infanta Blanca de Navarra. Por aquella fecha, el príncipe contaba con tan solo quince años. Pero no solo era por la edad, sino que todos los autores consultados coinciden en que fue un auténtico desastre como persona.

Así, “con el príncipe heredero don Enrique entra en escena un nuevo personaje de extraña catadura y funesto influjo, que hará buenos a todos los demás. (…) Ni aún en las fiestas de su boda consintieron los hados la alegría. La boda misma se frustró en la primera noche, en su finalidad esencial, pues como dice la Crónica del Rey, ‘quedó la princesa tal cual nasció’, de lo que todos tuvieron gran enojo” (César Silió, pág. 141).

“Lo que pudiera parecer una simple anécdota, la supuesta impotencia del príncipe don Enrique por causas bien sabidas, aunque más tarde traería para Castilla grandes problemas sucesorios, no fue impedimento para que las bodas se celebraran con todo esplendor, con justas, juegos, banquetes, saraos de todo tipo, a los que no asistió el condestable don Álvaro de Luna después de vivir un año apartado de la Corte” (Serrano Belinchón, pág. 124).

(Según esta suposición tan extendida entre los cronistas, es de pensar que doña Blanca, toda llorosa, iría a contarle a su madre que “aquella noche de bodas salió del tálamo conyugal tan virgen como había entrado en él”. De ahí que, pasados los años, la parte masculina del nacimiento de su hija Juana se le atribuyera, no a su padre el rey Enrique IV, si no a don Beltrán de la Cueva, lo que condujo a que la criatura llevara el apelativo de La Beltraneja. Pero no adelantemos acontecimientos, pues la figura de don Beltrán entrará en juego posteriormente, ya que es el segundo gran personaje del siglo XV que tiene estrecha relación con la villa de Alburquerque, y merece la pena conocerlo bien.)

Conviene anotar que por aquellas fechas falleció un enemigo a ultranza de Álvaro de Luna como era el adelantado Pedro Manrique. A los pocos días le sucedió lo mismo al conde de Benavente, suegro del adelantado. Estas dos muertes cercanas fueron motivo para que surgieran acusaciones contra el condestable, ya que se decía que durante el cautiverio de Pedro Manrique en el castillo de Fuentidueña de Tajo se le dieron a beber hierbas venenosas. Además, corría el rumor por los mentideros nobiliarios que el condestable andaba de trámites para abandonar Castilla y buscar refugio en el reino de Portugal.

La constante confrontación entre el infante don Enrique y don Álvaro de Luna por saber quién mandaría finalmente en Castilla se llegaría a dilucidar en una pequeña villa de la provincia de Guadalajara como es Olmedo. Hasta allí habían llegado las tropas del partido de los confederados, término con el que los historiadores denominaban a las fuerzas opositoras de Juan II y de modo especial de su valido y condestable Álvaro de Luna.

Los prolegómenos de la batalla que se desarrollaría extramuros de esta villa castellana tienen sus antecedentes en la confiscación de las rentas que Juan II de Navarra obtenía de Medina del Campo. Por lo cual, el rey navarro se lanza a invadir Castilla con un fuerte ejército, apoyado por su hermano Alfonso V de Aragón y reforzado por algunos caballeros castellanos afines a la causa de los Infantes.

Por su parte, Juan II de Castilla, con el príncipe Enrique, el condestable y otros nobles castellanos que los acompañaban, salieron de Medina del Campo hasta alcanzar la villa de Arévalo. “Desde Arévalo, con todas las escuadras en perfecto orden y encabezadas por la del condestable, llegaron muy cerca de Olmedo. Una vez allí, mandaron sus emisarios hasta los Infantes haciéndoles algunos requerimientos y rogándoles que saliesen de la muralla para dialogar con ellos a fin de evitar el más seguro enfrentamiento” (Serrano Belinchón, pág. 148).

Nos encontramos en el año 1445. Durante el cerco que se mantenía a la villa de Olmedo sucedió un hecho que consternó a una parte de la nobleza castellana e, indirectamente, al pueblo, puesto que en el plazo de unos días fallecieron la reina Leonor de Portugal y su hermana, la reina María, esposa de Juan II de Castilla, es decir, la segunda y la quinta, por orden cronológico, de los siete Infantes de Aragón.

Según la Crónica del Rey, “parece que murieron envenenadas. La Reina de Castilla estuvo únicamente enferma cuatro días, sin sentir más que dolor de Cabeza, y le salieron por todo el cuerpo y en la cara, brazos y manos manchas cárdenas, como si hubiera sido azotada; y estas mismas ronchas tuvo la Reina de Portugal” (César Silió, pág. 163).

Las causas y las circunstancias de estas muertes repentinas en las mentes populares se suelen atribuir a hechos a cuál más insólito. En algunas crónicas de la época, tal como he apuntado, se dice que se les habían administrado hierbas venenosas, y, cómo no, que había sido don Álvaro de Luna (cosa sorprendente, pues se encontraba al lado del rey y del príncipe Enrique en el cerco que se mantenía a la villa de Olmedo).

Lo cierto es que las inesperadas muertes de ambas hermanas, reinas consortes de Portugal y de Castilla, configuran un misterio que no ha sido resuelto aún por los historiadores.

Si no fuese por las consecuencias que se derivaron de la batalla de Olmedo, ya que fue una rápida victoria de las fuerzas castellanas, esta no habría pasado a los anales de la historia. Lo cierto es que, aparte de los muertos, entre los maltrechos de la batalla se encontraron el condestable de Castilla que recibió un choque de lanza en un muslo y el infante don Enrique con un puntazo de espada en la mano.

El caso del segundo sí revistió gravedad, ya que fue mal curado de su herida en Olmedo y peor si cabe en Calatayud, a donde fue llevado, por lo que falleció en la ciudad aragonesa el 15 de junio de 1445, escasamente a un mes de producirse la batalla.

Había muerto, pues, el gran enemigo del valido del rey de Castilla; pero no se acabaron aquí sus tribulaciones, ya que la nómina de sus enemigos era muy numerosa, por lo que a los pocos años comienza lo que podemos denominar su camino hacia el abismo.

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Anotaciones:

No son frecuentes las pinturas medievales que representen batallas reales de los reinos de la península. Para esta ocasión, y dado que no hay ninguna de la batalla de Olmedo, he acudido a una original de la época: la batalla de Aljubarrota, que se dio el 15 de agosto de 1385 en los alrededores de esta villa portuguesa. La derrota de los castellanos ante las tropas portuguesas e inglesas fue la consolidación de Juan I de Portugal en el trono luso. La paz definitiva entre los reinos de Castilla y Portugal se logra con la firma del Tratado de Ayllón en 1411. Por otro lado, recordemos que Ayllón, pequeña villa segoviana, perteneció a don Álvaro de Luna, lugar en el que llevó a cabo su primer destierro.

La primera fotografía del texto corresponde al castillo de Fuentidueña de Tajo, villa ubicada al sur de Madrid, fortaleza en la que estuvo cautivo el adelantado Pedro Manrique.

En la segunda aparece un fragmento de las murallas de Olmedo (Guadalajara). Se conservan en buen estado, por lo que nos hace pensar que fue un error el que gran parte de las murallas de Alburquerque desaparecieran, fueran por derribo o por adhesión de las nuevas casas a sus lienzos. De haberse conservado en su totalidad, estaríamos en un caso excepcional, pues las murallas de Ávila son de terreno llano.