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Vida y muerte de don Álvaro de Luna (IX). Vuelven las conjuras

Por AURELIANO SÁINZ

Una vez acabado el cerco de Alburquerque, de momento se cierran los enfrentamientos entre tres de los reinos cristianos peninsulares -Castilla, Aragón y Navarra-. Debemos tener en cuenta que Castilla en el siglo XV era el mayor de todos, puesto que los otros de la península -Aragón, Navarra, Portugal y el reino nazarí de Granada- juntos no llegaban a igualarle ni en extensión ni en población. Por otro lado, se daba la circunstancia de que los monarcas de los reinos cristianos, aparte de sus eternas pugnas, estaban relacionados por vínculos familiares. Quedaba, pues, el reino musulmán de Granada como territorio a conquistar para homogeneizar por religión los territorios peninsulares.

Así, la batalla de La Higueruela que el 1 de julio de 1431 llevó adelante Juan II de Castilla contra Mohamed VIII pudo ser el fin del último reino musulmán que quedaba de la península. Sin embargo, los conflictos dentro de su propio reino impidieron forzar al rey nazarí de Granada a abandonar la ciudad.

(Como bien sabemos, sería la quinta hija de Juan II -Isabel I de Castilla, conocida como Isabel la Católica- nacida de su segundo matrimonio con Isabel de Portugal, la que llevaría adelante la conquista del último territorio musulmán de la península. Por otro lado, recordemos que por sucesión dinástica tendría que haber heredado el trono de Castilla la hija de Enrique IV, primogénito de Juan II; pero Juana de Castilla, apodada como La Beltraneja, fue víctima de las acusaciones de sus enemigos de ser hija de don Beltrán de la Cueva, otro personaje relacionado con Alburquerque que estudiaremos.)

Volviendo al relato de la vida de don Álvaro de Luna, conviene apuntar que sus poderosos enemigos no cejaban en su empeño de hundirlo. Tanto es así que un grupo liderado por don Pedro Velasco, conde de Haro, junto con el obispo de Toledo y el marqués de Santillana, don Íñigo López de Mendoza, había mantenido reuniones secretas para estudiar la forma de quitárselo de encima, aun dándole muerte por engaño o traición si fuera necesario.

Esta conjura llegó a oídos tanto del rey como del condestable que estaban por aquellas fechas en Córdoba. Una vez que regresan a Zamora, el monarca manda detener a los dos primeros, al tiempo que el Marqués de Santillana, que se encontraba en Guadalajara, se refugia en su villa de Hita, acumulando alimentos, hombres y armas por si pudiese necesitarlos en algún momento.

Consciente de que sus enemigos se multiplican, y deseoso de no agravar la situación, a instancias de Álvaro de Luna los conjurados detenidos fueron puestos en libertad, al tiempo que el rey le escribe al marqués de Santillana indicándole que no tomaría represalias contra él.

Tres años después de la batalla de Higueruela, en la primavera de 1434, fallece uno de los personajes claves de la Corte de Castilla: el arzobispo de Toledo. Se abrió entonces la lucha entre los aspirantes a tan codiciada plaza; sin embargo, como era previsible, la ocupó Juan de Cerezuela, hijo del alcaide de Cañete y de María Fernández Jaraba, conocida, tal como apunté, como La Cañeta, madre de Álvaro de Luna. Así pues, el hermanastro del condestable logra un puesto clave dentro del esquema de poder del reino.

Otro importante acontecimiento en la vida del condestable se produce en el año siguiente, es decir, en 1435, puesto que su segunda mujer, Juana Pimentel, dio a luz a un niño. (De todos modos, y como era bastante frecuente por aquella época, los hijos extramatrimoniales -los antiguamente denominados bastardos- eran muy frecuentes. Así, don Álvaro de Luna con su primera mujer, Elvira de Portocarrero, no tuvo descendencia; sin embargo fue padre de una niña que llegaría a ser María de Luna. Tras el fallecimiento de Elvira, tuvo como hijo natural a Pedro de Luna.)

El niño nacido de su segundo matrimonio con Juana Pimentel recibió el nombre de Juan, en homenaje al rey de Castilla. Los cronistas dicen que su venida al mundo fue recibida con enorme gozo tanto por el rey como por la reina, ofreciéndose ambos a ser los padrinos del pequeño.

(Y hablando de descendencia, conviene saber que diez años antes Juan II, contando con veinte años, había sido padre de quien más tarde heredaría la corona como Enrique IV; un verdadero desastre de monarca, según los historiadores.)

“Al niño de don Álvaro lo bautizó el obispo de Osma, y la fiesta rayó al nivel que merecían los anfitriones, es decir, los reyes de Castilla. Acabado el banquete, hubo danzas, juegos, recitales poéticos y música. No solo se invitó a los caballeros de la Corte, sino también a ciertas gentes de la calle que quisieron aceptar. Juan II obsequió a la condesa, madre del niño, de un rubí y un diamante valorados en mil doblas” (Serrano Belinchón, pág. 114).

La acumulación de poder y bienes del condestable iba en aumento, ya que por aquellas fechas el rey le hizo donación de la villa y la fortaleza de Montalbán, que eran propiedad de su esposa la reina María, quien a su vez lo había heredado de su madre doña Leonor de Alburquerque.

Mientras tanto, la paz de cinco años que se había establecido entre los reinos de Castilla, Aragón y Navarra ya se había cumplido y las tensiones volvían a aparecer, pues el partido aragonés, comandado por el infante don Enrique no cejaba en su empeño de echar de la Corte de Castilla al condestable.

Así, estando el Infante en Medina del Campo, villa de su propiedad heredada de su madre, intentó de nuevo secuestrar al monarca. Pero el descaro con el que actuaba el infante de Aragón dio pie a que el propio rey se diera cuenta e inmediatamente llamara al conde de Haro, quien acudió desde Tordesillas, villa cercana, con una fuerza de mil hombres de armas, desbaratando la nueva intentona.

“El equilibrio entre los dos bandos se mantuvo mientras que el rey de Navarra permaneció unido al grupo del rey de Castilla, pero pronto se vio que la suya no había sido una unión real, sino fingida, ya que su intención no era más suave que la de su hermano don Enrique de arruinar y hundir en la desgracia al condestable, pues parecía tener muy claro que una vez, por buenas o por malas artes, expulsado de la Corte don Álvaro de Luna, sería él quien a la sombra del Rey podría disponer a su antojo los asuntos del reino” (Serrano Belinchón, pág. 117).

Las conjuras, los nuevos intentos de secuestro del rey, las acusaciones y calumnias, etc., comenzaron a hacer mella en el condestable, que cada vez se veía más aislado en la Corte.  Así, “a la vista del grave aspecto que habían tomado las cosas, y cansado de una vida tan azarosa con el solo reconocimiento del Rey y el odio irreprimible de tantos cortesanos, se creyó obligado a aceptar la petición de sus adversarios, por lo que decidió salir de la Corte. (…) De este modo, el 29 de octubre de 1439 se despidió del Rey y abandonó la corte” (Serrano Belinchón, pág. 118).

En esa fecha Álvaro de Luna cuenta ya con 49 años. Cansado, se aleja durante seis meses del lado de Juan II, con quien había compartido treinta y un años de su vida como protector de un monarca inseguro, ya que la pérdida del padre a los tres años marcó el rumbo de su existencia.

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Anotaciones:

En la ilustración de la portada se muestra un banquete medieval en la Corte. Gran parte de la comida de aquella época, correspondiente al siglo XV, y dentro las clases poderosas -los señores feudales, la nobleza y el alto clero- se basaba en la carne de caza, por lo que eran muy frecuente en ellas las enfermedades de gota.

La primera fotografía del texto pertenece a la puerta de Santa María de Hita, una pequeña villa de la comarca de la Alcarria de Guadalajara. Fue mandada a construir por el primer marqués de Santillana en 1441. El arco apuntado nos indica que nos encontramos ante una arquitectura militar de tipo gótico. Ha sido restaurada recientemente en el año 2005, siguiendo los criterios lógicos de protección del Patrimonio.

La segunda imagen del interior es un plano detalle de una pintura de la Edad Media. En ella, podemos observar que unos bailarines danzan de modo festivo delante de un grupo de señores feudales.