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Vida y muerte de don Álvaro de Luna (IV). Nombramiento de Condestable

Por AURELIANO SÁINZ

Tal como indiqué, don Álvaro de Luna consideró detenidamente los pros y los contras que suponían rescatar al rey de las manos del infante don Enrique. Habló con este y también con el infante don Juan, así como con los partidarios de ambos. “Consiguió calmar los ánimos de unos y de otros con la misma autoridad que lo había hecho con los amotinados de Tordesillas” (Serrano Belinchón, pág. 35).

El talante del maestresala del rey apuntaba hacia un hombre audaz, por lo que buscó la libertad del monarca con los mínimos riesgos para su figura. Sabía de las grandes ambiciones del infante don Enrique, por lo que se le ocurrió la idea de negociar su matrimonio con la infanta Catalina, la hermana del rey, de modo que con este enlace multiplicaba las ambiciones del Infante de Aragón. Por otro lado, imaginó que en esos días de las mieles matrimoniales bajaría la vigilancia y tardaría en salir de la cama por las mañanas.

Recordemos que el monarca se encontraba encerrado en Talavera, bajo la férrea vigilancia del infante don Enrique. No obstante, Álvaro de Luna había previsto la escapada alegando que saldría con el monarca de caza por los entornos para que tuviera alguna distracción.

Así, el 29 de noviembre de 1420, al despertar el alba, con la compañía de partidarios de Juan II, todos a caballo y portando halcones, salen del castillo de Talavera hacia una supuesta caza.

Una vez fuera de la fortaleza y lejos de las miradas vigías, cabalgaron a galope hasta alcanzar el castillo de Villalba, pero las deficientes condiciones de la fortaleza les desalentaron a permanecer allí. Llegaron posteriormente a Malpica. Allí abandonaron sus cabalgaduras para poder atravesar el Tajo. Cruzado el río, lograron el apoyo de campesinos que reconocieron al monarca, prestándoles caballos hasta que alcanzaron el castillo de Montalbán (Toledo).

Al día siguiente, los soldados de don Enrique pusieron cerco a la fortaleza. Puesto que no era posible entrar en el castillo, recibieron la orden de hacerlo rendir por medio del hambre y la enfermedad, para lo cual elevó a castigo severo a quien entrase comidas o ropas en su interior.

A los cuatro días, dentro de la fortaleza, se acabaron las viandas, y “hubo que acudir a matar a algún caballo, comenzando por el del propio rey, según ordenó él mismo, y después otros dos. Con la piel de los animales sacrificados hicieron albercas para el calzado” (César Silió, p. 47).

Los días transcurrían y, dadas las circunstancias adversas para sitiados y sitiadores, comenzaron las entrevistas y cabildeos entre ambos bandos para encontrar una salida. Como buen diplomático, Álvaro de Luna gestionó el acuerdo entre las partes, de modo que el rey marcharía a Segovia, don Enrique a El Espinar y el infante don Juan, que había venido en apoyo del rey, se desplazaría a Santa María de Nieva.

“Don Álvaro de Luna, que había conducido con acierto y fortuna la escapada del Rey y su liberación en Montalbán, era ya la figura más destacada de la corte. Satisfecho, sin duda, del éxito logrado y de las muestras que el Rey le daba, no se fiaba de don Enrique ni de don Juan (…). En rigor, entre estos dos hermanos no existía más agravio ni más rivalidad que la de pretender para sí la gobernación del reino a través del adolescente don Juan II, tierno aun y criado de manera poco adecuada para fortalecer su voluntad” (César Silió, págs. 51 y 52).

Durante los dos años posteriores a la liberación del rey en la Corona de Castilla hubo una cierta paz en los reinos que la configuraban. Sin embargo, el secuestro de Juan II y de sus seguidores no podía resolverse con una amnistía general para los autores, puesto que debilitaba el poder del rey, al tiempo que era motivo para que en otra ocasión aconteciera algo similar.

Así, a mediados de junio de 1422, el monarca y don Álvaro de Luna convocaron el Consejo de la Corona en Madrid para deliberar acerca de las medidas que la justicia debería aplicar a los rebeldes, comenzando por el infante don Enrique como promotor y primer responsable de lo que había acontecido.

El acuerdo tomado por unanimidad de todos los asistentes fue que el Infante fuese hecho prisionero y encarcelado, con todas las medidas de seguridad.

Lo más probable es que el infante de Aragón desconociese lo que acontecía por aquellos días en Madrid, dado que se presentó horas después en la ciudad para conseguir a toda costa el ansiado marquesado de Villena, asegurando que le pertenecía a su mujer doña Catalina, la hermana de Juan II, como derecho de dote.

En la villa de Madrid fue apresado el Infante, junto con su mayordomo mayor. Sabedores de lo acontecido, el condestable y el adelantado de Castilla (López Dávila y Pedro Manrique de Lara, respectivamente), huyeron rápidamente del reino de Castilla con el fin del castigo que les podría suponer a ambos por sus actuaciones en el secuestro del monarca.

“El rey aprovechó la huida de estos nobles fuera de su reino para repartir sus títulos y posesiones entre otros caballeros, de los que como es fácil suponer, se llevaría la mejor parte don Álvaro de Luna: el título de Condestable de Castilla con algunas fortalezas y lugares más” (Serrano Belinchón, pág. 45).

El nombramiento de Condestable de Castilla se produjo el 10 de diciembre de 1423. Álvaro de Luna, por aquellas fechas, contaba con 38 años y comenzó a ostentar el cargo más relevante de la Corona de Castilla, pues se le otorgaba ser el máximo representante militar en ausencia del rey.

El ascenso sería determinante no solo en sus ambiciones personales, sino también en su idea de centralización del poder en el rey, pues, como podemos apreciar, la Corona de Castilla estaba dividida en ocho reinos (Galicia, León, Castilla, Toledo, Sevilla, Córdoba, Jaén y Murcia) junto con el Principado de Asturias y el Señorío de Vizcaya. En esta labor, lógicamente, tuvo en su contra a una parte importante de los nobles y señores que se disputaban y luchaban por mantener y ampliar el poder que poseían.

El nombramiento de Condestable fue motivo para que don Álvaro de Luna celebrara en honor del monarca y en la villa de Tordesillas grandes festejos, tal como gustaban por aquellas fechas de la Edad Media. Pero todo esto lo describiré en la siguiente entrega.

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Anotaciones:

En la portada aparece el castillo de Montalbán (Toledo), tal como se encuentra en la actualidad, lugar en el que se refugió Juan II, acompañado de don Álvaro de Luna y otros de sus seguidores. Hemos de ser conscientes de que el estado de abandono o semiabandono de las fortalezas medievales españolas es una constante en nuestro país.

En la primera imagen del texto encontramos una interpretación de la figura del infante don Enrique, intentando ajustarse a los rasgos que se describen de él, puesto que no se tienen pinturas de la época que nos dieran una visión más ajustada de sus rasgos físicos (o al menos, yo no las conozco).

El mapa que adjunto se corresponde con la distribución de los reinos que existían en la Península en el siglo XV. Es interesante observarlo con cierto detenimiento, ya que tendemos a identificar a la Castilla medieval con la actual, cuando en realidad se componía de distintos reinos que iban desde el norte al sur del territorio peninsular.