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Vida y muerte de don Álvaro de Luna (III). El asalto de Tordesillas

Por AURELIANO SÁINZ

Antes de avanzar en la historia de don Álvaro de Luna y de Juan II de Castilla, conviene conocer los nombres de quienes fueron los Infantes de Aragón, puesto que uno de ellos, Enrique de Trastámara, sería el eterno enemigo de don Álvaro, al que pertinazmente buscaría su aniquilación por todos los medios posibles.

La Historia nos dice que los Infantes de Aragón fueron los siete hijos nacidos del matrimonio formado por el rey Fernando I de Aragón (1380-1416) y su tía Leonor de Alburquerque (1374-1435).

Indico sus nombres por orden de nacimiento: Alfonso, María (futura reina consorte de Castilla por su matrimonio con su primo Juan II), Juan, Enrique (futuro conde de Alburquerque), Leonor, Pedro (también futuro conde de Alburquerque) y Sancho.

Una vez que he nombrado a los siete Infantes de Aragón como miembros de la Casa de Trastámara, podemos continuar con la singular historia del que sería condestable de Castilla abordando el denominado ‘Asalto de Tordesillas’ en el que se haría prisionero al rey de Castilla.

Una vez que fallece Catalina, la reina regente, el joven monarca se encuentra ante la difícil tarea de llevar adelante las responsabilidades de la Corona de Castilla, un extenso territorio de la península en el que los nobles habían llegado a conseguir un nivel de poder enorme, en algunos aspectos comparables a los del rey. Sobre este punto, Serrano Belinchón refiriéndose a dos de sus primos: Juan y Enrique, Infantes de Aragón, nos dice lo siguiente:

“Sus propios primos, don Juan y don Enrique, Infantes de Aragón (…) hubieran podido ayudar al Rey a salvar los primeros escollos; pero no lo hicieron, sino más bien todo lo contrario; pues ellos, siguiendo en primer lugar los caminos de la ambición y del enriquecimiento que habían visto en los gobernantes, no se detuvieron en comportamientos éticos, sino que prefirieron dar satisfacción a sus instintos de poder y de riquezas, aun estando divididos entre ellos y en completo desacuerdo” (pág. 28).

Para protegerse de las intrigas de los señores y de los nobles castellanos, el joven rey confiaba en las dos personas más cercanas a él: el condestable de entonces Juan Hurtado de Mendoza y Álvaro de Luna, que siempre mostraron una lealtad inquebrantable con el monarca.

Un acontecimiento significativo en la vida de Juan II fue que, en el año 1420 y con solo quince años, contrajo matrimonio con su prima María de Aragón, la segunda de los siete Infantes, concertándose el compromiso en la villa vallisoletana de Tordesillas, si bien el matrimonio se celebró en Ávila días después.

Pero los bandos enfrentados de los infantes don Juan y don Enrique no cejaban. Este segundo, obsesionado con la obtención del marquesado de Villena, desconfiaba de su hermano pensando que finalmente se aliaría con Juan II. Tan cegado se encontraba que pensó que el mejor modo de obtener esta plaza y su título de marquesado, uno de los más codiciados del reino, lo alcanzaría mediante el matrimonio con su prima doña Catalina, la hermana soltera del rey.

Pero la vía por la que finalmente optó el infante don Enrique fue por la del secuestro del joven monarca. Así, la ocasión se le presentó el 14 de julio de 1420, cuando el rey se encontraba en el palacio de Tordesillas acompañado de su reciente esposa María de Aragón, de su hermana Catalina y de algunos caballeros de su confianza, aunque con pocas fuerzas que le sirvieran de protección.

Esta situación de debilidad defensiva fue conocida por el Infante de Aragón, quien no tuvo mejor ocurrencia que apoderarse de su primo el rey por la fuerza.

Así, a la medianoche de ese día del mes de julio, don Enrique con toda la plana mayor de los cabecillas de su partido penetraron en el palacio-fortaleza amparados por la oscuridad. “Llegaron a la cámara en la que dormía el monarca, que tenía acostado a sus pies a don Álvaro de Luna. Al oír aquel estrépito, don Álvaro se despertó enseguida y se imaginó de qué se trataba. No obstante, hizo lo posible por no alterarse y por reprimir cualquier gesto o movimiento que pudiera incitar contra su persona o contra el rey” (Serrano Belinchón, pág. 30).

Al amanecer, la noticia del secuestro del rey por parte de los asaltantes al palacio se fue extendiendo por la población de Tordesillas. Poco a poco, la histeria y el nerviosismo se agrandan por las calles y las plazas de la villa.

Temeroso de lo que estaba ocurriendo en la población de la plaza vallisoletana, el Infante sale de Tordesillas llevándose consigo a Juan II y a su maestresala Álvaro de Luna, que prefiere estar al lado del rey antes de aceptar las ofertas que le ofrecía el Infante si se pasaba a su bando.

Buscó distintos destinos como el alcázar de Segovia, pero ante la negativa del alcaide del alcázar, inicialmente lo encierra en Ávila, para trasladarlo, posteriormente a la villa de Talavera (Toledo), bajo una férrea vigilancia.

Recordemos, por otro lado, que por aquellas fechas Álvaro de Luna se hacía de rogar ante las damas de la corte que pululaban alrededor de él. Como buen mozo, con altas aspiraciones, acabó cediendo ante las pretensiones de Elvira de Portocarrero, hija de don Martín Fernández de Portocarrero, perteneciente al bando del infante don Enrique. Se casa, pues, a los treinta años, edad bastante avanzada para la media de entonces.

Como regalo de bodas, recibe por parte del joven rey varias villas, entre las que se encontraban las de Juvera y Cornago. Paso a paso, aparte de los cargos, irá acumulando propiedades que reforzarán su poder político y económico al lado del monarca.

Además, según nos cuenta César Silió, “don Álvaro de Luna hervía en deseos de alzarse frente a aquella situación vergonzosa, pero consideraba al propio tiempo la escasez de medios en que estaba; sorteaba, reprimiéndose, el temporal, sin entregarse a don Enrique ni resistirse abiertamente, y rumiaba entretanto la manera de libertar al Rey sin la intervención bélica del Infante don Juan contra su hermano, de la que recelaba, si era vencido, aun mayor sujeción, y si vencía, odio más enconado entre los bandos rivales, y como resultado probable de la guerra civil y fratricida, un simple cambio de carcelero” (pág. 40).

La solución que encontró Álvaro de Luna para liberar al rey fue verdaderamente ingeniosa. Pero esto lo veremos en la siguiente entrega.

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Anotaciones:

En la ilustración de la portada de este tercer capítulo aparece el rostro de Juan II de Castilla en una pintura que recrea su figura en su madurez. Con pelo largo, vestimenta de terciopelo rojo y mirada lateral hacia la izquierda, el rey aparece con rostro sereno y concentrado.

En la primera imagen del interior del texto, extraída de una miniatura, se muestra de perfil a doña Leonor de Alburquerque, a la que también se la denominó la Rica Hembra. Reina consorte por su matrimonio con Fernando I de Aragón, tras la formalización del Compromiso de Caspe de 1412. Era dueña de pleno derecho de Alburquerque, La Codosera y Azagala, junto con otras villas de la Corona de Castilla.

La segunda imagen del interior del texto es una fotografía que nos muestra el palacio fortificado de Tordesillas (Valladolid) en el que fue secuestrado Juan II por el infante Enrique de Aragón. La villa de Tordesillas carecía de castillo, puesto que muy cerca de esta plaza se encontraba el magnífico castillo de La Mota de Medina del Campo, espléndida fortaleza que se ha conservado y restaurado de modo que es uno mejores de los bienes culturales de la arquitectura militar de la Edad Media de nuestro país.