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Vida y muerte de don Álvaro de Luna (II). En la corte de Castilla

Por AURELIANO SÁINZ

Ascender dentro de la Corte de Castilla era una labor verdaderamente difícil. Pronto comenzaron a aparecer las primeras manifestaciones, aunque veladas, de rechazo por parte de los cortesanos hacia el joven Álvaro de Luna. Cierto que muchos se mostraban ante él obsequiosos, incluso se postraban adivinando la futura grandeza que le esperaba; en cambio, otros evitaban su presencia por todos los medios o buscaban las formas de alejarlo del pequeño monarca, que tanto apego tenía hacia su doncel.

Llevaba ya doce años en su función de maestresala, cuando aconteció un hecho que podemos tomarlo por anecdótico, pero que refleja el predicamento que también tenía entre las damas de la Corte. (Puesto que todos los autores que he consultado citan este acontecimiento, creo que podemos tomarlo como verídico.)

Ya en sus veinticinco años, “las damas de la Corte, prendadas, unas de su gracia y de su trato gentil, otras de su previsible fortuna y poderío, otras del alto rango y honor que le esperaba al lado del rey, todas soñaban con él, bien por desearlo como galán de sus sueños, bien por quererlo como esposo. A unas les correspondía con gentileza, a la vez que se defendía de las otras arguyendo frente a todas ellas que tan joven y sin fortuna, no era aquella la mejor situación para que un muchacho pensara en el matrimonio” (Serrano Belinchón, pág. 23).

Tuvo, no obstante, que salvar un escollo en el que se vio envuelta la reina madre, Catalina de Lancáster. Se trataba de una de las damas de palacio, favorita de la reina, con el nombre de doña Inés de Torres, se volcaba en todo tipo de atenciones hacia don Álvaro. Sabedor de ello su prometido, don Juan Álvarez de Osoro, se apañó todo tipo de ardides para alejarlo de la presencia del joven rey, que por entonces era un chiquillo de diez años.

Álvarez de Osoro fue, tiempo atrás, el promotor del viaje al reino de Aragón de don Álvaro de Luna a los esponsales de la infanta doña María para casarse con su primo, el príncipe Alfonso, heredero del trono de Aragón.

Tal como apunté en el artículo anterior, aquel viaje no alcanzó el resultado apetecido, puesto que el pequeño monarca se deshacía en llanto al ver que su protector estaba lejos de él. Tuvo, pues, Álvarez de Osoro que buscar otra estratagema, y no se le ocurrió otra cosa que persuadir a la reina de que el ahora maestresala del rey estaba enamoradamente perdido de la dama de palacio Costanza Barba, camarera de la infanta doña Catalina, y que ella, a su vez, de igual modo sentía lo mismo por don Álvaro, por lo que era necesario que la boda se celebrase con la mayor rapidez posible.

La reina llamó en privado a la tal doña Constanza y a su madre, para indicarles que era necesario que, para evitar los problemas que generan las pasiones de los grandes enamorados, la boda se preparara lo más pronto posible. Por su parte, don Álvaro, que ya fue informado a tiempo de lo que se gestaba, pudo escuchar, escondido, de lo que se estaba ‘cocinando’ a sus espaldas.

“El doncel que entreoyó lo que se trataba y estaba convencido de cuán poco le convenía, tomó al instante partido con resolución, se salió de la cámara y del palacio, dejando así plantada a la novia, el casamiento y la casamentera. Se mantuvo en su casa sin presentarse en la Corte, quejándose altamente a todo el mundo de la violencia de la reina, que así quería atropellar y perder a un joven desvalido” (Quintana, pág. 13).

En 1416, falleció Fernando I de Aragón, tío de Juan II de Castilla, y que había sido corregente con la reina Catalina, durante la minoría de edad de su sobrino. Dos años después, el 1 de junio de 1418, también fallecería la reina regente, por lo que era necesario que una vez cumplida la mayoría de edad, que por entonces era a los catorce años, se le entregara la corona con todas las prerrogativas, derechos y obligaciones del gobierno de Castilla.

Estas responsabilidades desbordaban al nuevo monarca, ya que “se fue criando, y así creció don Juan, sin más contacto con el mundo que el de los intrigantes palaciegos; sin otro trato abierto y amistoso que el que le procuraba la frecuente y alegre compañía de don Álvaro” (César Silió, pág. 27).

La muerte de la reina Catalina fue aprovechada por los Infantes de Aragón para que, por medio del arzobispo de Toledo, se concertara el matrimonio de la infanta María, perteneciente a su familia, con el rey Juan II de Castilla. Efectivamente, los eternos intrigantes lograron que finalmente la ceremonia se llevara a cabo el 20 de octubre de 1418 en Medina del Campo.

No obstante, los grandes festejos llegarían unos meses después, el 7 de marzo de 1419, cuando fue proclamada la mayoría de edad del monarca que, tal como he apuntado, se producía por entonces cuando se cumplía catorce años.

En ese día, con la Corte en la ciudad de Valladolid, se llevaron a cabo todo tipo de festejos, centrados en torneos, justas y carreras en las que se manifestaban las destrezas de los caballeros más cercanos a palacio y a la amistad del rey.

Uno de los caballeros más diestros en este tipo de lizas era don Álvaro, que siempre estaba presto para ser admirado, no solo por las enamoradizas damas de la Corte, sino también por el joven monarca.

Sin embargo, en medio de los enfrentamientos, tuvo la fatalidad de que el roquete de la lanza de su adversario se rompiera el casco que cubría su cabeza y le hiriera gravemente. Don Álvaro no se cayó del caballo que montaba; sin embargo, la sangre corría abundantemente sobre su armadura, por lo que fue necesario ayudarlo a descabalgar. Se le montó sobre unas parihuelas para que fuera curado de sus graves heridas.

El joven rey, temeroso por la vida de su querido y fiel maestresala, convocó a los mejores cirujanos de la Corte para que lo salvaran de una muerte casi previsible. Lo cierto es que la herida era tan grande que los médicos le extrajeron hasta veinticuatro pequeños trozos de hueso de la cabeza. Pero la enorme fortaleza de don Álvaro, que por entonces contaba con veintinueve años, dio lugar al milagro de la supervivencia.

Mientras tanto, y según nos cuenta Serrano Belinchón, “muchas damas de la Corte lloraron su desgracia, rezaron clamando por su salud, y algunas ofrecieron votos tan originales como absurdos, tales como no probar en sus comidas carne de la cabeza de cualquier animal en tanto que don Álvaro no se recuperase del grave percance” (pág. 26).

Durante su convalecencia, la Corte, que había estado en las últimas fechas en Madrid, se trasladó a Segovia, de modo que los caballeros cercanos al monarca resolvieran los asuntos de palacio sin su presencia. Esto dio lugar a que, cuando logró recuperarse y pudo viajar a Segovia junto al rey, encontrara en total desorden y la Corte totalmente dividida. Comprobó que el joven monarca, un adolescente de catorce años, se mostraba incapaz de dominar a sus adversarios, que, sin cortarse un ápice, festejaban esta situación.

El problema se agravaba cuando comprobó que el condestable Ruy López Dávalos y otros caballeros habían intentado anular la influencia que don Álvaro ejercía sobre el rey. Este, desbordado, le pidió a su maestresala que durmiera en su habitación para controlar las maquinaciones que se producían contra él.

Me imagino que este fue uno de los argumentos que utilizó el médico e historiador Gregorio Marañón (1887-1960) para sostener que ambos habían mantenido relaciones homosexuales. (Cuestión esta que ha sido tema de especulación, pero sin aportación de datos concluyentes, dado que todos los autores que he consultado no hacen mención a ello, aparte de esto que sería un arma poderosísima en manos de los adversarios de don Álvaro para acabar con él. Por otro lado, en la próxima entrega comprobaremos cómo era necesario vigilar el sueño del joven rey ante las insidias del infante Enrique de Aragón.)

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Anotaciones:

En la ilustración de la portada se muestra una pintura medieval en la que se representa un banquete en la Corte de Castilla. En la escena, podemos comprobar que la comida estaba basada en la carne, servida con abundancia de vinos, al tiempo que un conjunto de músicos amenizaba el convite.

En la primera imagen del texto aparece la representación de la conformidad de una boda de miembros de la nobleza ante la presencia de un obispo.

La segunda imagen del interior se corresponde con una pintura miniaturista de un torneo medieval contemplado por las damas de la Corte.