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Solo el vergonzante discurso de Murillo empañó un gran acto de homenaje a Pámpano

Ayer se inauguró la estatua que la familia del atleta José María Pámpano ha costeado en su totalidad para que el gran atleta alburquerqueño quede inmortalizado para siempre. Fue un acto al que acudió menos público del esperado, pero muy emocionante y en el que se escucharon hermosas palabras dedicadas a este paisano al que tanto quiere todo el pueblo, pero también algunos improperios indignos de un acto como este.

Ayer, el protagonista era Pámpano y en su rostro se dibujaron siempre las palabras que no puede decir en alto y las emociones que no reprime porque él es así, espontáneo, cariñoso, entregado… Como queriendo agradecer lo que Alburquerque ha hecho por él cuando es todo lo contrario, somos los alburquerqueños los que tenemos mucho que agradecerle porque este grandísimo deportista le ha dado mucho a esta villa nuestra.

Hubo intervenciones redondas, como la de su hermana Rocío, quien habló de la lucha y el sacrificio de Jose y de toda su familia por darle lo mejor y agradeció a su alma mater, a su entrenador Agustín Rubio, el que siempre le haya llevado de la mano. También al ayuntamiento por hacer facilitado que Pámpano haya podido llegar a la cima del atletismo, y a Adifisa que le acogió con los brazos abiertos, y al escultor, Pablo Lapeña, por su obra.

Éste último también trazó un hermoso discurso dedicado al homenajeado y explicó el proceso de su obra.

Pero tuvo que ser la alcaldesa la única que desdibujara un gran acto, con un discurso vergonzoso, impropio de quien ocupa un cargo que le queda muy grande, como volvió a demostrar ayer. Murillo casi se olvida de que el protagonista era José María Pámpano y habló más de su mentor Vadillo que del atleta. Como siempre alabó la gestión del ex alcalde y le pidió que siguiera trabajando por el pueblo. Murillo hizo política barata aprovechando el homenaje y habló de los “mentirosos” para descalificar a quienes no comulgan con ruedas de molino.

Recibió muy pocos aplausos, esperemos que fuera porque la mayoría entendió que aquel no era el lugar ni el momento para hacer política, que allí estábamos para honrar a Pámpano y a nadie más. Ella tiene todos los días para ensalzar a su predecesor, pero no aprovecharse de un atleta que es patrimonio de todo un pueblo para hacer política fácil.

Algunos sentimos vergüenza ajena, que afortunadamente dejamos de lado al volver a ver el rostro sensible de admiración cuando se descubrió la estatua que Pámpano sabía, porque es listo, que se había erigido en su nombre.

En contraste con el protagonismo que tomó Murillo, aplaudimos la sobriedad y el saber estar de quien sí merecía compartir la gloria, Agustín Rubio, pero que decidió permanecer en un segundo plano y solo subió al pedestal para hacerse la foto con Pámpano cuando este medio “maldito”, nosotros, se lo pedimos. Y ni siquiera subía al escenario de los discursos a recoger el regalo que le hizo la familia, sino que permaneció abajo hasta que le pidió Rocío que subiera con su hermano para hacerse la fotografía juntos.

El caso es que hoy debería haberse hablado solo de Pámpano y de su estatua, con la que disfrutó como esos niños a quienes tanto desea agradar y, tal vez afortunadamente, él no pudo escuchar las palabras necias de la alcaldesa. Pero ayer y hoy, mucha gente hablaba del vergonzoso comportamiento de la máxima autoridad de Alburquerque y no del extraordinario acto en sí.

Sabemos que solo este medio nuestro recalcará este comportamiento indigno, pero nuestro compromiso es contar la verdad. Por lo demás, nosotros mismos reconocemos, además del enorme trabajo de Agustín con su pupilo Pampa, la entrega de la familia del atleta durante todos estos años, la del ayuntamiento y la corporación que le dedicó la medalla de oro de la villa (no fue Vadillo, como usted dijo, señorita alcaldesa) y también por supuesto la del ex alcalde, que siempre ha apoyado a José María Pámpano.

El caso es que ahí está un hombre que es todo un ejemplo no solo para el colectivo de personas con discapacidad sino para todo un pueblo, porque ha demostrado que, con trabajo, esfuerzo y dedicación, podemos alcanzar grandes metas. Pámpano es el primer alburquerqueño que puede presumir de gozar de una estatua en vida.

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Portada: Pámpano, con su tía Encarna, en el momento en que se descubrió la estatua.

Foto 2: Rocío Pámpano, con su familia.

Foto 3: Con su alma mater, Agustín Rubio.

Foto 4: Junto a la estatua, con su entrenador de toda la vida.

Foto 5: Abrazando el busto que le regaló el escultor Pablo Lapeña.