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Alburquerque y los comuneros de Castilla

Por AURELIANO SÁINZ

Siempre es una grata noticia saber que ha sido publicado un libro en el que se cita a nuestro pueblo en sus páginas o, también, porque quien lo ha escrito está estrechamente ligado a Alburquerque. En este caso se dan ambas circunstancias, pues en Siete episodios de la rebelión de las Comunidades de Castilla (1520-1521), aparecido recientemente en este año de 2019, y del que es autor el hispanista británico Edward Cooper, se habla de la villa y de personajes que llevan su nombre en sus títulos de nobleza.

Creo que a estas alturas es innecesario presentar en las páginas de Azagala digital al eminente historiador británico, pues, tras su licenciatura de Historia en la Universidad de Cambridge, comenzó su tesis doctoral, bajo la dirección de otro gran hispanista como es John Elliot, viniendo a nuestro país para estudiar las fortificaciones medievales de España, entre las que se encuentra de modo destacado la de Alburquerque.

Para los amantes de la Historia y de la lectura, quisiera apuntar que sus principales obras son: Castillos señoriales en la Corona de Castilla, con cuatro volúmenes publicados por la Junta de Castilla y León en 1991; La mitra y la roca: intereses de Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, en la ribera del Ebro, publicado en 2001 y La fortificación de España en los siglos XIII y XIV, con dos amplios volúmenes, que vieron la luz en 2014, de los que me hice eco en el artículo que publiqué en estas páginas digitales con el título de Recordando a Edward Cooper.

Una vez que la tengo en mis manos, resulta muy difícil realizar un resumen bien ajustado de una obra de investigación como es Siete episodios…, escrita con rigor, precisión y aportando tantos detalles a lo largo de sus casi 300 páginas que no me queda más remedio que dar unas breves pinceladas sobre este magnífico libro.

Pero antes, quisiera recordar que ya hablé del levantamiento de los comuneros de Castilla en el artículo que apareció a mediados del mes de agosto, coincidiendo con los días en los que, por un lado, se celebraba el XXVI Festival Medieval en Alburquerque y, por otro, el bicentenario del Museo del Prado, por lo que tomé como punto de partida el cuadro Los comuneros Padilla, Bravo y Maldonado en el patíbulo, que Antonio Gisbert pintó en 1860 y que se encuentra instalado en el Congreso de los Diputados.

Como aproximación a este trabajo de la Castilla de los años 1520 y 1521, podemos adentrarnos en el prólogo, dado que, con cierto sentido del humor, el propio Edward Cooper nos explica las razones del título:

“En un principio pensé llamar a esta antología Seis episodios…, pero al comentarlo a mi amigo Ignacio Latorre, me contestó que sonaría mejor Siete episodios, como, no solo las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, sino también las Siete Edades del Hombre (y de la Mujer), los siete mares, los siete pecados capitales, Sieteiglesias, los siete enanitos, Siete novias para siete hermanos, los Siete pilares de la sabiduría, Siete velas (desde luego, por las Siete velas del obispo y no por las de la danza del vientre), Siete Aguas (para prestar cierto protagonismo valenciano) o, en Roma, las siete legendarias colinas (inspiración de los siete cerros de Constantinopla), o hasta en Londres: Seven Sisters (hogar de los hinchas de fútbol muy fuertes y dignos de respetar), Seven Kings o Sevenoaks y, si uno llega al final, el Séptimo Cielo. Ese inventor del séptimo episodio me obligó a leer las actas del consistorio roquenense de los años comuneros, de los pocos referentes a estos acontecimientos que han llegado hasta nosotros sin la escisión de contenido comprometedor, y el séptimo episodio fue consumado”.

Quizás, algún lector avezado en el tema pueda preguntarse: “¿Y Alburquerque qué pinta en la rebelión de los Comunidades de Castilla durante esos dos años, si sabemos que la villa, aun perteneciente a la Corona de Castilla, no formó parte de la rebelión contra Carlos I?”.

Ciertamente, Alburquerque no fue una villa que se sumara a las revueltas antiseñoriales que se produjeron en distintos puntos de la Corona de Castilla de los años 1520 y 1521. Sin embargo, como parte de Extremadura, de algún modo u otro estuvo afectada por lo que algunos (quizás con cierto aire grandilocuente) la han llamado ‘la primera revolución popular’ que se produjo en el continente europeo.

Si observamos el plano de la Península, comprobamos que de las tierras extremeñas sería Plasencia la que se sumaría a las revueltas de los comuneros (en violeta las poblaciones que apoyaron la rebelión y en verde algunas de las que se mantuvieron leales a la Corona).

Por otro lado, tenemos que pensar que, antes de que se gestara la rebelión de los comuneros, era necesario que en la obra comentada se aportara una visión previa de lo que acontecía en los territorios que formaban parte de Castilla. Así pues, extraigo algunos párrafos del libro en los que se hace referencia a la villa:

El de 1476 fue un año de otros acontecimientos resolutorios en el arreglo de cuentas entre estas dos casas nobiliarias: Beltrán de la Cueva, el enviudado duque de Alburquerque, antiguo privado de Enrique IV, se casó en segundas nupcias con Mencía Enríquez de Toledo, hija del duque de Alba. Aparte de la presencia que consiguió el de Alba en el obispado de Badajoz, la alianza con el duque de Alburquerque le permitió flanquear los señoríos de Zúñiga en la meseta central. Desgraciadamente para el duque de Alba, su hija murió en 1478, pero habían sido dos años decisivos para el auge de los Álvarez de Toledo; además, la alianza conseguida resultó duradera, pues Alba casó a otra hija con el siguiente duque de Alburquerque” (páginas 23-24).

Así, llegamos a conocer que el primer duque de Alburquerque fue, con nombre completo, Beltrán de la Cueva y Mercado. Y cuando el profesor Cooper habla del segundo y siguiente duque de Alburquerque se refiere a Francisco Fernández de la Cueva y Mendoza. De igual modo, en el libro aparece también citado Beltrán de la Cueva y Toledo, tercer duque de Alburquerque… Conviene, pues, acercarse a las páginas de este magnífico libro para disfrutar de su brillante prosa (algo no muy frecuente en los historiadores), así como de unos hechos históricos que, de un modo u otro, nos concierne a los alburquerqueños.

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La imagen que he elegido para esta ocasión es el lienzo titulado La batalla de Villalar del pintor murciano Manuel Picolo López (1855-1912) que se encuentra en el Palacio del Marqués de Salamanca y que aparece en la contraportada del libro.

Desde el punto de vista pictórico, personalmente creo que no alcanza la brillantez ni la creatividad de La ejecución de los comuneros de Antonio Gisbert, que ya comenté en otro artículo. De todos modos, en el cuadro se mantiene el rigor de las vestimentas y las armas que, por los años del levantamiento de las Comunidades de Castilla, llevaban los soldados.

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Mientras escribía este artículo recibí una extensa carta por correo electrónico del profesor Edward Cooper, en la que me exponía las razones de la publicación de este libro, así como su interés por el castillo de Azagala. De ella me permito hacer un breve extracto:

Estimado Aureliano:

Aprecio de verdad tu espíritu de camaradería. Ojalá mi aportación a la ya abultada bibliografía comunera no resulte tediosa. Mi intención al lanzarlo ahora fue que pudiera participar en algún congreso el año que viene. Ahora, dado el resentimiento popular en la Tierra de Campos del «hijack» [expresión inglesa que significa a algo así como ‘secuestro’] del Día de Villalar por la Junta, no es de contar con que se conmemore el quinto centenario, al menos en León. Desde luego, hay otros centros que lo podrían hacer pero, de momento, no se ha propuesto ninguno (…).

En cuanto a mi participación en persona en los Baldíos, en el futuro inmediato no puedo hacer nada. La condición de la rodilla sigue mejorando pero muy lentamente. A finales de enero, y hasta entrado marzo, me he comprometido a tomar parte en una iniciativa del gobierno británico de celebrar una serie de consultas en Birmingham sobre el cambio climático. A partir de eso, creo que voy a estar disponible (…).

Desde estas líneas de Azagala digital, de modo personal y en nombre de mis compañeros y compañeras de Adepa, quisiera agradecer y enviar un abrazo a este gran historiador que tanto ha hecho por la defensa de una parte tan relevante de la Historia de nuestro país, así como su generoso apoyo en la lucha por la conservación del patrimonio de Alburquerque, especialmente en la de nuestro querido Castillo de Luna.