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Azagala

Por AURELIANO SÁINZ 

“No estaría mal ver qué se puede hacer para evitar que Azagala desaparezca”, comenta o pregunta una lectora, Antonia Gemio, en el vídeo que protagonizan Víctor Píriz y Francis y en el que se habla del Castillo de Alburquerque, haciendo referencia al proyecto que Adepa logró echar para atrás y que, de haberse consumado, hubiera convertido a la mayor fortaleza medieval de Extremadura en un auténtico adefesio.

Tengo que confesar que cuando leí la palabra Azagala de modo inmediato me vino a la mente el nombre de esta revista. “¿Tal mal se encuentra que hay que acudir en busca de ayuda para que no desaparezca la emblemática publicación de nuestro pueblo?”, me pregunté en el mismo instante en el que leía el comentario.

Lo cierto es que han sido tantos los años desde que planificamos y comenzamos su andadura que este nombre de resonancias árabes lo asocio con esas páginas que mensualmente nos llegan a nuestra casa. Y ahora, tras la pausa de algunos años, me reincorporo a la edición digital, puesto que es un excelente medio en el que puedo publicar artículos en los que las imágenes a color forman parte necesaria para comprender los contenidos que deseo explicar.

Tras ese breve lapsus que tuve en la lectura del comentario, me doy cuenta de que la amable lectora se refiere a ese impresionante castillo que se encuentra a unos kilómetros del pueblo, el mismo castillo cuya imagen se recoge en la bellísima foto de Sergio Pocostales que tomo para la portada. Ahí lo vemos en plano cenital como el guardián vigía del pantano Peña del Águila en su plenitud, acogiendo generosamente las aguas que recibe y que tan necesarias son para nuestras vidas.

Sería, pues, el sonoro nombre de Azagala el que finalmente elegimos Francis y yo para que encabezara la portada de la revista, como reivindicación de una fortaleza a la que es difícil acceder dado que resulta ser de propiedad privada. Y, sin embargo, antes de que saliera el primer número de la revista, varios miembros de los que nos lanzábamos a la aventura de crear una nueva publicación en el pueblo logramos penetrar en la fortaleza cuando finalizaba el año 2007.

En consecuencia, era lógico que en el primer número de la revista apareciera en la portada una de las fotografías que hicimos de esta magnífica fortificación.

Puesto que para mí esa era la primera vez que accedía a Azagala, la impresión que tuve fue imborrable. Esto dio lugar a que en el segundo número de la revista escribiera un extenso artículo titulado Días en Alburquerque, del que extraigo tres párrafos en los que expreso los sentimientos contrapuestos que me generaron esta inolvidable visita:

Una vez que llegamos y logramos entrar, comprobamos el lamentable estado en el que se encontraba el castillo, con total y absoluto abandono, en el que las techumbres derruidas se mezclaban con los arbustos y jaramagos que crecían por doquier. Era incomprensible que esta gran fortaleza estuviera en tan lamentable situación”.

Los sentimientos de pesar y tristeza se amortiguaron con las bellas vistas que podían contemplarse desde sus muros.

La visita se hubiera convertido en un infausto recuerdo si no fuera porque las hermosas e impresionantes vistas que desde allí se contemplaban vinieron a paliar la tristeza que me embargaba. Mirar hacia los barrancos pedregosos orientales para admirar agrupados los cientos de buitres apostados sobre las fuertes pendientes, recibiendo el tibio calor de los últimos rayos del sol, era reconocer el valor del patrimonio natural que posee la Sierra de San Pedro”.

Nunca había visto tantas aves juntas. Parecían formar un insólito espectáculo protegido a la observación de los humanos, ya que el cierre del castillo impedía que fueran molestadas en su hábitat natural.

Y si la contemplación de la colonia de buitres era algo inusual, quedaban aún las vistas desde la torre más elevada de la fortaleza.

Desde la desmochada Torre del Homenaje, cuando el sol se ocultaba tras las leves nubes que coronaban el horizonte, cuando los tonos violáceos que irradiaban los últimos rayos vespertinos y las sombras amenazan con extenderse por los valles, adquiriendo tintes de un azul intenso, me encontraba admirando una de las imágenes más bellas a las que nunca he accedido. En medio de un silencio total, absoluto, sobrecogedor, se desplegaba toda la majestuosidad de los campos de mi tierra…”.

Desde el punto de vista de la historiografía, tengo que apuntar que, a diferencia del Castillo de Luna e, incluso, del castillo de Piedrabuena, no son muy extensas las referencias que se hacen de Azagala en los numerosos libros que tengo sobre la historia de la arquitectura militar española.

Pero no quiero sustraerme a exponer unas breves líneas de este enclave. Así, en el tercer volumen de Castillos de España, extensa obra coordinada por el historiador británico Edward Cooper, sobre sus inicios se nos dice:

En su emplazamiento debió de existir una fortaleza islámica, pero nada de lo existente revela ese origen, pues todos los restos nos hablan de una fortaleza cristiana construida entre los siglos XIII y XIV. Perteneció a don Martín Gil de Pousa, mayordomo de don Alfonso de Portugal, hasta que pasó al concejo de Badajoz y, finalmente, a la orden de Alcántara en el siglo XV, a cuya mesa maestral pertenecerá…” (el texto continúa hasta nuestros días).

Sé que el profesor Cooper tiene una especial predilección por el castillo de Alburquerque y el de Azagala, ya que los conoció en 1963, cuando hace nada menos que cincuenta y seis años visitó nuestro pueblo, siendo por entonces un joven recién licenciado en Historia que comenzaba a realizar su tesis doctoral sobre las fortalezas españolas de aquellos siglos.

No es de extrañar, pues, que en uno de sus correos recientes me indicara, tal como ha sido publicado en esta revista digital, que teme que no vaya a vivir lo suficiente para ver la puesta a salvo del castillo de Azagala. Y es que si alguien repasa las páginas de los tres volúmenes de Castillos de España puede comprobar los cientos de ellos que se extienden por la geografía española, de modo que un número muy significativo se encuentra en mal estado y bastantes en situación ruinosa.

El problema que presenta Azagala proviene de ser propiedad privada, ya que, a pesar del deber de ser conservado, lo cierto es que resulta difícil que los propietarios de estas fortalezas medievales respondan a esa obligación si no reciben ayudas oficiales para su mantenimiento en buen estado.

Así pues, respondo a la pregunta con la que iniciamos este artículo: “No, físicamente el castillo de Azagala no desaparecerá; el problema que tiene es que con el paso del tiempo acabe en estado ruinoso y sea económicamente imposible reconstruir esta bella fortaleza, lo que, a fin de cuentas, es como si desapareciera para siempre de nuestra memoria colectiva”.

De todos modos, durante el próximo mes de diciembre, en Alburquerque tendremos un encuentro los miembros de Adepa, con el fin de abordar, entre otros temas, la situación de Azagala y las posibilidades de recuperación.

Tarea complicada. A pesar de ello, es necesario afrontarla, puesto que el importante Patrimonio de Alburquerque hay que amarlo, hay que cuidarlo, hay defenderlo, aun sabiendo que quienes gobiernan el Consistorio no mueven un dedo en este sentido. Y para prueba, ahí está el puente de Guadarranque como buen ejemplo de lo que acabo de indicar.