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Encuentro en Barcelona

Por AURELIANO SÁINZ

Nuestras raíces más profundas se encuentran en la infancia, en aquellos lejanos años en los que despertamos a la vida, en aquellos territorios por lo que transitamos y que nos marcaron indeleblemente, en los tiempos en los que forjamos nuestras primeras amistades, en los días presididos por los juegos y las aventuras que nos hacían sentir la eternidad del presente, puesto que el presente era nuestro y lo abarcaba todo.

Quizás este fuera el sentimiento que emergía en José Manuel Leal cuando le hice retroceder a su infancia en Alburquerque al realizarle la pregunta: “Me puedes decir, José Manuel, qué edad tenías cuando tuviste que dejar el pueblo para salir con tus padres para Barcelona”.

“Del pueblo salí a los doce años”, me respondió sin titubear. Y es que nunca se puede olvidar el momento en el que se abandona el lugar que a uno le vio nacer para ir con los padres a otro lejano e ignoto como era la ciudad de Barcelona.

“Si no me equivoco, aproximadamente era la misma que tenía Luis Landero cuando de forma similar tuvo que dejar la calle Calzada en la que vivía para penetrar en ese vasto territorio que es Madrid”, le indico, recordando los bellos escritos que este inmenso escritor nos ha ido legando y en los que se pueden rastrear sus recuerdos que de un modo u otro ha plasmado en sus páginas, y que los lectores nacidos en un mítico lugar llamado Alburquerque y enamorados de su escritura somos capaces de descifrar.

Recuerdos, impresiones y sentimientos difíciles de olvidar, ya que las generaciones que crecimos en los espacios abiertos del pueblo en los años cincuenta o sesenta solíamos formar grupos de amigos o pandillas de juegos según la escuela a la que fuéramos o la calle en la que viviéramos. José Manuel me apunta que la suya era la de San Pedro, justo al lado del Rincón y cercana al Llano Monjas, y que su familia vivía por encima de “la escuela de Nicolasa”, el lugar en el que aprendió sus primeras letras.

Y entre los amigos de su infancia me nombra a Juan Calderón y a Manolo Cerro. De igual modo, me dice que uno de sus grandes recuerdos de entonces fue pertenecer a los grupos de acólitos que formó don Miguel, uno de los curas jóvenes de por aquellos años, ya que a través de ellos te relacionabas con otros muchachos que no conocías. No olvida que esos grupos, como signo de identidad, llevaban capuchas azules o rojas en aquellas imborrables primeras excursiones que este cura joven organizaba.

Tengo que indicar que José Manuel y yo no nos conocíamos personalmente antes del encuentro que el domingo pasado, 27 de octubre, tuvimos en Barcelona, la ciudad en la que él ha vivido desde entonces, nada menos que cincuenta y cinco años.

El conocimiento mutuo indirecto partía de la revista Azagala, ya que él se había incorporado a la misma como presidente del Colectivo Cultural Tres Castillos, tras la invitación que le habían realizado Francis y Viti Píriz, una vez que, hace un par de años, comienza a asistir a los encuentros anuales que lleva adelante la revista.

Puesto que yo tenía previsto asistir al II Congreso internacional de Neuroeducación, que la Universidad de Barcelona iba a celebrar a finales de octubre, nos pusimos en contacto, de modo que la cita se concretó para ese domingo, junto al multicentro de Las Arenas que está en la Plaza de España.

Tengo que apuntar que este enorme complejo lúdico y comercial tiene un singular valor para mí, ya que fue proyectado por dos grandes arquitectos a los que admiro: el español Luis Alonso y el británico Richard Rogers, por lo que lo he visitado numerosas veces para ver la singular estructura con la que está realizado.

Una vez que nos encontramos y nos saludamos, acordamos acudir a una cafetería cercana, bastante tranquila, para poder desayunar juntos y hablar de manera distendida, puesto que ambos pertenecemos a una generación que salimos de Alburquerque para dos ciudades distintas geográficamente: en su caso, Barcelona, tal como he apuntado, y, en el mío, Sevilla, lugar al que me trasladé con mis padres y hermanos.

“¿Has pensado alguna vez en la cantidad de alburquerqueños que residimos fuera de nuestro pueblo, teniendo en cuenta que cuando nosotros éramos niños la población de Alburquerque superaba ampliamente los doce mil habitantes y ahora el censo se encuentra alrededor de los 5.300 vecinos?”, le indico, recordando a todos aquellos que pudimos conocer cuando éramos unos críos y que se han esparcido por el territorio nacional, desde los que residen cercanos, caso de San Vicente, Badajoz, Cáceres o Mérida a los que se encuentran en grandes ciudades como Madrid. Barcelona o Sevilla, e, incluso, los que traspasaron las fronteras y han formado familias lejos de nosotros.

Alburquerqueños con raíces profundas en el pueblo y alburquerqueños que nos resistimos a olvidarlas, a pesar de residir en otras partes. En nuestro caso, compruebo que ambos pertenecemos a ese segundo grupo, es decir, los que han mantenido, de un modo u otro, lazos con el pueblo. En el caso de José Manuel, tal como me explica, formando parte de ese numeroso grupo de residentes en Cataluña y que, como si fuera un ritual establecido, se reúnen en La Llagosta cada cierto tiempo para disfrutar de la compañía de los paisanos alrededor de una buena mesa.

La charla continúa sin apenas pausa. Son muchos y diversos los temas que vamos desgranando. Debido a que nos encontramos cercanos al ventanal de la cafetería, en un momento dado nos percatamos que por la Gran Vía se ve a una marcha de gente, especialmente jóvenes, que caminan con banderas españolas y catalanas para unirse a la manifestación en apoyo a la unidad nacional.

Resulta ser una de las tres que hay convocadas en esa mañana del domingo en la convulsa Cataluña y la muy agitada Barcelona de los últimos tiempos.

Sobre este tema quería recabar su opinión, por lo que mirando al numeroso grupo le pregunto: “¿Te has sentido alguna vez discriminado o incomodado al ser extremeño de nacimiento?”. La respuesta fue clara y tajante: “No. Nunca me he sentido incómodo por mis orígenes extremeños”.

Hablamos un poco también de este tema. “En mi caso”, continúa, “me encuentro dentro de la mayoría silenciosa. Ante todo, soy un demócrata, y con estos criterios analizo mi situación dentro de este panorama político”. Cuestión que básicamente comparto con él.

Sin darnos cuenta han pasado casi volando tres horas desde que acudimos a la cita. Nuestros relojes ya marcan la una y media. Se acerca, pues, la hora de irse preparando para ir a comer, por lo que nos levantamos para despedirnos.

De nuevo caminamos hacia la Plaza de España. Allí se producen las últimas palabras de este cruce entre dos alburquerqueños que, habiendo partido de ese bello rincón de Extremadura cinco décadas atrás, se han conocido como si fueran viejos amigos. Es por ello que nos despedimos con un abrazo, con el deseo de que este encuentro en Barcelona vuelva a repetirse en el pueblo que nos vio nacer.

Cuando regreso con Flora, que ha asistido de modo silencioso a nuestra charla, a la casa de Abel y Esther que nos están esperando con nuestro nieto, le pregunto: “¿Qué te ha parecido José Manuel?”.

“Creo que es una persona afable, tranquila y que sabe escuchar”, me responde, al tiempo que me pasa la cámara con la que nos ha realizado unas cuantas fotografías para que pueda verlas cómo han quedado.

Como si me hubiera leído el pensamiento, coincido plenamente en lo que me dice, al tiempo que yo añadiría otra cualidad más: José Manuel Leal es una buena persona, de esas buenas personas nacidas en Alburquerque y que, por suerte, tengo la fortuna de conocer a algunas de ellas. Y, con toda convicción, siento que también ellas forman parte de esas raíces que te unen a una tierra que siempre la llevas en el alma allá a donde vayas.