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Carta a Esteban Santos

Por AURELIANO SÁINZ

Querido Esteban:

Desde hace algún tiempo quería también escribirte una carta en este medio como es Azagala y, mira por dónde, un acontecimiento reciente me ha impulsado a hacerlo en estos momentos, dado que has sido insultado y difamado por una persona que, en su proceso de abierto declive hacia la nada, intenta prender fuego a todo lo que representa la dignidad y la entereza en nuestro pueblo, ya que espera que se le responda con esas mismas armas tóxicas que él emplea, creyendo que con el griterío que pretende pueda seguir estando en el centro de una realidad que le arrincona hacia el desastre.

Nada más saber de esta cuestión, inmediatamente te llamé por teléfono para que tú mismo me explicaras qué había sucedido y mostrar todo mi apoyo, tanto a ti como a Antonia, tu mujer, y a tus hijas, que estarían sufriendo al ver cómo habías sido ultrajado públicamente sin que hubieras dado ningún motivo para ello.

Al hablar, te encontré tranquilo; aunque yo sabía que cuando se ataca impunemente a la dignidad de la persona no es algo fácil de dejar de lado, ya que, por un lado, la herida es muy dolorosa y, por otro, se desea responder por unos medios similares a los insultos y las acusaciones recibidos.

Al día siguiente te volví a llamar. Charlamos poco dado que te encontrabas ayudando a un familiar en un tema importante de salud.

Hoy, miércoles, desde el despacho de la Facultad lo he vuelto a hacer. Después de que conversáramos detenidamente, te recomendé que de ningún modo respondieras públicamente a las acusaciones e insultos recibidos, pues es lo que ese personaje desea, esperando que tú cometas algún desliz para volver otra vez a la carga y con ello reafirmarse en sus difamaciones.

Una vez que me encuentro en casa, y mientras te escribo, me vienen a la mente un par de frases muy adecuadas a esta desagradable situación. Una de ellas es del gran escritor y dramaturgo francés Molière en la que nos dice: “Esforcémonos en vivir con decencia y dejemos a los murmuradores que digan lo que les plazca”; la otra pertenece al filósofo griego Epicteto quien apunta lo siguiente: “La verdad triunfa por sí misma, mientras que la mentira necesita complicidad”.

¡Qué razón tienen ambos! Y es que el honor, la dignidad y la decencia, que te los has ganado a pulso a lo largo de tu vida, no los va a manchar alguien que no sabe lo que significan estos valores, ya que no entiende que no se consiguen con votos, ni que los da un partido, por mucho renombre que tenga, ni siquiera los aduladores que le rodean, esos, que según Epicteto, necesitan aquellos que utilizan la mentira para sentirse seguros.

Claro que toda esa cohorte de lisonjeros existe mientras el adulado se mantiene en el cargo, ya que cuando pierde el poder acaban desapareciendo como por arte de magia. Esto, a no muy tardar, lo iremos viendo en el pueblo.

Y ahora, amigo Esteban, quisiera que echáramos una mirada hacia atrás, puesto que ambos dos tenemos la misma edad, aunque yo esté delante de ti por unos pocos meses.

Es lógico, pues, que desde pequeños de algún modo nos conociéramos, ya que por entonces los críos jugábamos a cielo abierto, es decir, por las calles y las plazas del pueblo. Bien es cierto que las pandillas de amigos se establecían por las zonas en las que vivíamos y por las escuelas a las que íbamos. En tu caso, era la de don Pablo Lapeña y, en el mío, en la de José Sánchez, por lo que nuestros territorios de juegos y aventuras no solían coincidir.

Pero la vida no se para en la infancia y la adolescencia. Es por ello, que cuando crecemos la ruta nos la marca el trabajo. De este modo, ambos tuvimos que salir de nuestro pueblo para afrontar nuestra madurez. Tal como me contaste, el destino te condujo a Getafe, cerca de Madrid; en mi caso fue, inicialmente, hacia Sevilla y, posteriormente, a Córdoba, donde ahora resido.

Regresaste al pueblo con tiempo suficiente para llegar a ser concejal en el ayuntamiento de Alburquerque. Es una historia que me has contado y, en cierto modo, ha aparecido en la revista Azagala. Con todo, siempre has sido fiel a tus ideas, pero con unos principios muy claros: el respeto a las ideas de los demás y que la consideración hacia las personas está por delante de las consignas que puedan recibirse.

Si a ello le añadimos tu carácter afable y tu campechanía no es de extrañar que te relaciones con todo tipo de gente e, incluso, tengas amistades sinceras con algunos que tienen ideas políticas distintas a las tuyas. Esto, para ciertos individuos, es un verdadero escándalo, ya que consideran que quienes piensan de modo diferente son ‘enemigos’, rompiendo un principio fundamental de una comunidad como es el respeto y la concordia entre sus miembros.

En lo que a mí respecta, empecé a venir de forma más regular al pueblo cuando se abrió Las Alcabalas, pues el ambiente acogedor que se respiraba en el hotel era propicio para permanecer algunos días.

Por entonces, cuando nos vimos, nos saludamos y tuvimos algunas charlas. Sin embargo, nos empezamos a conocer de verdad cuando se creó inicialmente la Plataforma para la Defensa del Patrimonio, antecedente de Adepa, y formamos parte de ella.

El enorme despliegue de trabajo (bastante horizontal, ya que de lo que se trataba era de defender nuestro Patrimonio) que llevamos adelante dio lugar a que, poco a poco, nos fuéramos entendiendo cada vez mejor, puesto que en la asociación estábamos gente de distintas generaciones. De este modo, y tras doce años, no es de extrañar que las relaciones sean tan fraternales que a veces parece que formamos una especie de familia.

Y en ella, amigo Esteban, nos encontramos, sabiendo que los dos somos ‘los abuelos’ de esta amplia familia, no solo por nuestra edad, sino que somos abuelos de verdad ya que tenemos nietos.

Es por ello, que cuando te han lanzado todas esas invectivas, inmediatamente has recibido el cariño y el apoyo de todos tus compañeros y compañeras de múltiples luchas. Tantas que solamente voy a detenerme en la de la fotografía que ilustra esta carta.

Es del año 2008, y se corresponde con el momento en que nos situamos con una pancarta en la cuesta que sube a la entrada del Castillo, con el fin de hacer una manifestación en contra del vaciado de los Baluartes. El acto consistía en parar los camiones, en uno y en otro sentido, con el fin de protestar por los inicios de la horrenda hospedería.

Al rato de hacerlo, vinieron los medios de comunicación con el fin de recabar información de nuestras reivindicaciones. Más tarde, acudió un policía municipal para comunicarnos que teníamos que disolvernos y dejar trabajar a los camioneros.

Cuando el municipal pidió que le enseñáramos nuestros carnés de identidad, le dijiste: “¡Pero hombre, cómo te vamos a enseñar los carnés si ya nos conoces a todos!”. Tras la sonrisa que despliega el agente, le aseguraste: “No te preocupes, dentro de un rato cerramos la pancarta y dejamos trabajar a esta gente, pues ya han venido los medios de comunicación y podrán informar de todo esto”.

Ese era y es el compañero campechano y buena persona que siempre hemos tenido, el mismo que continúa bregando sin importarle la edad, pues hay mucha tarea por delante que hacer.

Para cerrar, amigo Esteban, quisiera decirte que eres una de las buenas personas que he conocido a lo largo de mi ya dilatada vida. Buen marido, buen padre y entrañable abuelo, del que se sienten orgullosas tanto tu mujer como tus tres hijas. Así, no es de extrañar que tu hija Eva venga en algunas ocasiones a los encuentros de Adepa, como si fuera una más dentro de esta familia empeñada en defender nuestro Patrimonio.

De igual modo, me siento muy orgulloso de tu amistad, porque eres sincero, respetuoso y generoso, y estas cualidades por mucho que alguno se empeñe en mancharlas no lo podrá lograr. Y es que las páginas que llevas escritas del libro de tu vida lo has hecho con toda brillantez, como corresponde a una persona de enorme nobleza, y que con todo orgullo puedes mostrar a quien quiera conocerlas.

Desde Córdoba, recibe un fuerte abrazo.

Aureliano