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Damocles y su espada en Alburquerque

Por AURELIANO SÁINZ

Tiempo atrás, ya vimos como los filósofos Platón y Aristóteles visitaron nuestra tierra para conocer la singularidad de Alburquerque, pues su caso había traspasado las fronteras. En sus lúcidas mentes no cabía lo que acontecía en el entorno del Castillo de Luna. Tras su estancia, asombrados, comprendieron que la irracionalidad absoluta presidía la mente de quienes gobernaban el consistorio.

Todo ello dio lugar a que, más tarde, Sócrates renunciara a la visita que tenía prevista, pues sus discípulos ya le habían informado de que en esta hermosa villa la razón y el sentido común se habían esfumado como por arte de encanto.

Con esta huida de los sabios griegos podríamos pensar que por aquí no volvería a asomar nada que tuviera que ver con la Roma y la Atenas clásicas. Pareciera, incluso, que en este rincón extremeño, hasta los nombres, las palabras y las expresiones de raíces grecolatinas se hubieran alejado para siempre.

Sin embargo, y a pesar de la insensatez de los que gobiernan o han gobernado, lo cierto es que los nombres y las expresiones que nacen de la mitología grecolatina no han desaparecido del todo, puesto que, de un modo u otro, asoman en las charlas sin que nos demos cuenta.

Esto lo pude confirmar la mañana del último domingo de septiembre, cuando bajo a la cafetería del hotel Machaco para desayunar, antes de que Flora y yo regresemos a Córdoba.

Allí, como en otras ocasiones, se encontraba esperándome un amigo para tomar café juntos. Tras darnos los buenos días, nos sentamos junto al ventanal desde el que se aprecia una de las vistas laterales del castillo, con la Torre Mocha como adelantada de unas murallas bastante descabezadas.

Pedimos café con leche y, en mi caso, media tostada con tomate y jamón (creo que venir a nuestra tierra y no probar el jamón es un verdadero delito). Hablamos del encuentro del día anterior y, cómo no, de la situación laberíntica en la que aún se encuentra el pueblo.

En medio de la conversación, me dice: “Creo que Víctor Píriz es la espada de Damocles que pende sobre las cabezas responsables de la situación del pueblo”.

Cuando oigo la expresión ‘la espada de Damocles’ me detengo en ella, pensando que, efectivamente, ha dado con las palabras exactas que definen el arduo trabajo que está desplegando el diputado popular y que, a buen seguro, pondrá contra las cuerdas a los responsables de tanto atropello.

Al rato se levanta. “¿A dónde vas?”, le pregunto. “Voy a compraros unas empanadas para que os las toméis en Córdoba. Vuelvo pronto”.

Al quedarme solo, comienzo a pensar en el significado de la expresión ‘la espada de Damocles’ que, como bien sabemos, se refiere al grave riesgo que pende sobre una persona o un grupo y que puede caer sobre sus cabezas en cualquier momento.

Alzo de nuevo la vista hacia el castillo. Mientras lo contemplo, asoman a mi mente otras frases cortas que utilizamos en español y cuyos orígenes se remontan a las mitologías de Grecia y de Roma. Así, además de la referencia a Damocles, acuden, por ejemplo, “el talón de Aquiles”, “el hilo de Ariadna” o “la caja de Pandora”. que parecen que encajan perfectamente en la historia reciente que ha vivido y vive el pueblo.

Por otro lado, sigo pensando que es totalmente ajustado el título que este amigo le ha otorgado a Víctor Píriz, pues su compromiso, junto con el trabajo de Ipal, están resultando claves para que en Alburquerque comience a asomar la luz en medio de la densa tiniebla que ha enturbiado las relaciones de una comunidad hundida en una situación ruinosa.

En esos momentos en los que me encuentro solo, voy recordando que la expresión ‘la espada de Damocles’ la conocemos por el uso que hicieron de ella los poetas romanos Cicerón y Horacio, que la tomaron prestada del griego Timeo de Tauromenio.

El relato nos habla de Damocles, un ciudadano de Siracusa que envidiaba al soberano de la ciudad siciliana. El rey, conocedor de este hecho, le propuso ocupar su lugar un día para que conociera los agobios y los riesgos que se asumen cuando se ejerce el poder. Cuando Damocles, tras aceptar la propuesta, se sentó en el trono observó que una espada, sostenida por la crin de un caballo, pendía de punta sobre su cabeza. De este modo, este envidioso ciudadano comprobó que al placer de gobernar lo rodea una atmósfera cargada de amenazas y presiones.

A los diez minutos, aproximadamente, regresa mi amigo. Me entrega la caja de empanadas, gesto que agradezco, pues, aparte de que nos encantan, siempre es grato volver con algo de lo que se hace en el pueblo.

“¿Sabes que he estado pensando en lo que dijiste acerca de Víctor Píriz y de la espada de Damocles?”, le digo mientras voy acabando el café. “Creo que es totalmente cierto. Además”, continúo, “he estado pensando en frases similares y que vienen como anillo al dedo de lo que sucede aquí. ¿No te parece que ‘el talón de Aquiles’ también se puede aplicar a los puntos débiles que acabarán, tarde o temprano, con quien ha gobernado de modo despótico en el pueblo?”

Asiente en lo que digo. Y es que el talón de Aquiles, expresión popular que utilizamos para aludir al punto débil de una persona o de una cosa, en el caso de Alburquerque se concentra en la enorme deuda municipal acumulada, en las nóminas que se deben a los trabajadores municipales y, especialmente, en todas las posibles irregularidades que pudieran haberse cometido y que han quedado sin ver la luz.

Le comento que esta expresión tan extendida proviene de la mitología griega, ya que al nacer Aquiles, hijo del rey Peleo y de Tetis, la diosa del mar, su madre lo intenta hacer inmortal sumergiéndolo en las aguas del río Estigia. Pero su madre no tuvo en cuenta que lo sostenía con la mano por el talón derecho, por lo que acabó siendo vulnerable precisamente en esta zona que quedó sin ser bañada por las aguas.

Llevamos algo más de media hora de charla, cuando vemos que Flora ha bajado y se acerca hacia nosotros. Nos saluda y se sienta frente a nosotros.

“¿Qué quieres tomar?”, le pregunto, sabiendo que pedirá lo mismo que yo, pues para ella, que es de Madrid, venir a Alburquerque y no desayunar una tostada con el jamón de Extremadura es imperdonable. Acudo a la barra para traerle el café a la espera de que le sirvan la tostada.

“¿Te acuerdas de aquella alumna que tuvimos que se llamaba Ariadna?”, le interpelo, comprobando que pone cara de extrañeza, pues desconoce la razón por la que le realizo esta pregunta.

Le comento la charla que hemos mantenido antes de que ella apareciera, indicándole que todo ello proviene de que en los comentarios ha aparecido la expresión ‘la espada de Damocles’; que hemos continuado con ‘el talón de Aquiles’ y que, enlazando con ellas, yo había pensado en las de ‘el hilo de Ariadna’ y ‘la caja de Pandora’.

Una vez que sabe de qué estábamos hablando, y recordando a antigua la alumna, entiende que ‘el hilo de Ariadna’ se utiliza para referirse a una serie de argumentos y explicaciones que conducen hacia la solución de un problema que parece no tener una salida clara.

Recordamos que la expresión nace de Ariadna, personaje mitológico griego e hija del rey Minos de Creta, lugar en el que se encuentra el Minotauro dentro de un laberinto. Cuando llega Teseo para librar a la ciudad del monstruo, al que tenían que entregar anualmente siete hombres jóvenes y siete doncellas como tributo, Ariadna, enamorada del héroe, le facilita una espada y un hilo para encontrar la salida del laberinto, una vez que le hubiera dado muerte al Minotauro.

“¿Creéis que saldrá alguna vez Alburquerque del caos y la tensión en el que se encuentra? ¿Dónde están aquí Teseo, para acabar con el ‘monstruo’, y la bella Ariadna, que le proporcione el hilo, para encontrar la salida del laberinto municipal? ¿Acabará finalmente encendido el pueblo ante el camino hacia la locura en el que se encuentra uno de sus protagonistas?”, les pregunto, sabiendo que aún queda mucho para encontrar la solución al intrincado laberinto en el que se ve envuelto el pueblo.

Quedaba por hablar de ‘la caja de Pandora’, pero empiezo a inquietarme, ya que deseo llegar no muy tarde a Córdoba al tener cuestiones pendientes que resolver.

Nos vamos despidiendo de nuestro amigo, quien me aconseja que no corra. Guardo las maletas en el coche y nos montamos para realizar la ruta que tantas veces he hecho durante estos últimos años en ambos sentidos. Pongo en marcha el coche, bajo hacia la carretera y enfilo en dirección a Badajoz.

Durante el camino voy pensando en la cuarta expresión que a veces utilizamos cuando de pronto salen a la luz todos los problemas y conflictos que han quedado ocultos durante tiempo. Y es que este mito griego, que se expresa con ‘la caja de `Pandora’, tiene su origen en la valentía del titán Prometeo, quien provoca la furia de Zeus, dios del Olimpo, ya que arrebata el fuego de los dioses para entregárselos a los hombres.

Ante semejante osadía, Zeus convoca a los dioses del Olimpo, de modo que cada uno de ellos le entrega una desgracia para ser guardado en la caja que se la entrega a Pandora. Esta, una vez casada con Prometeo, y debido a su ingenuidad, destapa la caja para ver qué contiene, de modo que se esparcen todos los males entre los hombres.

“¿Qué pasará cuando se conozca todo lo que durante años y años se ha ocultado en el Ayuntamiento de Alburquerque y por fin salga a la luz? ¿Se abrirá de manera anticipada ‘la caja de Pandora’ de modo que para que uno pueda salvarse, a pesar de encontrarse en un abierto declive, acuda a ‘incendiar’ las relaciones en el pueblo con todas las acusaciones, insultos y bajezas a su alcance, dejando un enorme rastro de destrucción y desolación?”, me pregunto con inquietud, mientras voy descendiendo la cuesta del Puerto de los Conejeros en dirección a la aún lejana Córdoba.

***

Posdata: Como suele ser habitual en algunos de mis artículos, el relato de este encuentro lo he ilustrado con un cuadro clásico. En este caso, se trata del lienzo La espada de Damocles, realizado por el pintor británico Richard Westall (1765-1836). La obra, de una estética neoclásica, presenta una particularidad: en la escena se han sustituido a los valerosos jóvenes que describe Cicerón y rodean a Damocles, por vírgenes, quizás con el deseo de resaltar el ambiente de lujo y ostentación con los que vivía el monarca de Siracusa.