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Platón y Aristóteles visitan Alburquerque

Por AURELIANO SÁINZ

Tras un largo trayecto, habían llegado a un bello rincón de Extremadura, atraídos por el perfil que se recortaba en el horizonte de una singular fortaleza medieval. Su sereno deambular por los entornos de Alburquerque no había encontrado ningún problema, dado que al ser los espíritus de los dos más grandes filósofos de la antigua Grecia, no tenían dificultad para observar tranquilamente a las gentes, las casas, las calles, las plazas o los vetustos rincones de la villa medieval. De igual modo, podían escuchar lo que los vecinos hablaban o lo que se decía en los plenos que se celebraban en el consistorio.

Nadie notaba su presencia. Sin embargo, quienes los echaron en falta fueron los vigilantes de las estancias del Palacio Apostólico de la ciudad del Vaticano, puesto que no daban crédito a lo que veían sus ojos. Se encontraban totalmente sorprendidos, ya que las figuras de Platón y Aristóteles que ocupaban el centro del fresco titulado ‘La escuela de Atenas’ y que, entre 1510 y 1512, había realizado Rafael Sanzio a instancias del papa Julio II, aparecían totalmente en blanco, como si las efigies de los dos grandes filósofos atenienses se hubieran volatizado, sin que quienes se muestran junto a ellos les hubiera afectado esta ausencia.

Dieron conocimiento al Papa de semejante hallazgo, quien, prudentemente mandó guardar silencio, pues la prensa y los medios de comunicación son muy alarmistas y era posible que elaboraran cualquier conjetura, dado que todo lo relacionado con el Vaticano siempre se convertía en motivo de interpretaciones, cual más apocalíptica.

A pesar de llevar allí estáticos más de cinco siglos, sus vigilantes no podían imaginar que los dos protagonistas del fresco eran espíritus libres que escuchaban e interpretaban las informaciones que les llegaban de cualquier rincón del mundo. Es la razón por lo que un día decidieron salir de esa pintura para trasladarse a un pequeño rincón de Extremadura, pues no daban crédito a todo lo que en Alburquerque acontecía, ya que rompía cualquier criterio de lógica y de sentido común.

No en vano, Platón, el creador de la escuela filosófica que denominó la Academia, y Aristóteles, su discípulo, que fundó el Liceo, también en Atenas, eran eso: espíritus libres que no se arredraban ante la búsqueda incondicional de la verdad, por lo que, en un acto difícil de comprender para los humanos, un día decidieron salir de esa escena en la que aparecían los grandes pensadores de la antigüedad y rodar  por el mundo para comprender cómo era después de veinticuatro siglos de sus existencias terrenales.

No habían elegido ninguna de las grandes urbes que se expandían por la Tierra, es decir, aquellas que eran los centros de las noticias por sus increíbles avances tecnológicos, ni tampoco las que contaban con las universidades más prestigiosas, como Oxford, Cambridge, Harvard o Yale, en las que se encuentran los más afamados pensadores. Visitarían un rincón de la antigua Hispania, puesto que allí había un consistorio que rompía toda la lógica que había predominado en Occidente en los últimos siglos.

Puesto que eran también espíritus intemporales, se desplazaron con sus túnicas roja y azul, las mismas que tenían en la escena en la que se ven acompañados de Sócrates, Heráclito, Parménides, Pitágoras, Epicuro e, incluso, de Diógenes de Sinope, que, como siempre, desdeñando todas las convenciones y deseos de poder aparecía sentado en la escalinata de cualquier manera, semicubierto con una tela azul celeste y leyendo un papel, sin importarle nada de lo que ocurría a su alrededor.

Guiados por la bella silueta del castillo que se recorta en el horizonte montañoso, arriban a la falda sur del cerro que lo encumbra. Allí, asombrados, contemplan con horror el estrago que se ha llevado a cabo con los centenarios árboles que embellecían el paseo que había sido el pequeño Edén y punto de felicidad de las generaciones que en el último siglo habían vivido en la villa.

Empiezan a no entender que la belleza y la paz que se desprendían de este hermoso lugar fueran atacados con tanta impunidad, sin que nadie se responsabilizara de tamaña atrocidad. En esos momentos, Aristóteles desea conocer qué piensa su maestro de la felicidad, que con tanto ahínco defendía su coetáneo Epicuro, en la escuela filosófica que había creado en las afueras de Atenas y que la había denominado El Jardín.

“Amigo y maestro Platón, tras contemplar con enorme tristeza la tala de los árboles centenarios que se ha producido en este lugar, recordaba que yo había escrito en nuestra querida Atenas que la felicidad es el significado y propósito de la vida, la meta general y la finalidad de la existencia humana. Sin embargo, me siento confuso, pues imagino el inmenso dolor que habrá provocado en aquellas gentes que amaron este paseo, habiéndoseles roto los recuerdos que almacenaban en sus almas. ¿No sientes tú también el desconcierto contemplando todo esto?”

Sin expresar ninguna palabra, Platón asiente a lo que ha expresado su discípulo. Su rostro serio refleja el desconcierto, dado que considera que el amor y la belleza son dos elementos fundamentales que forman parte de la felicidad en los hombres.

Empiezan a ser conscientes de que la sinrazón habita en la mente de quienes han gobernado y gobiernan en el pueblo. Deciden, pues, permanecer unos días, para escuchar lo que comentan los vecinos en sus charlas y tener más elementos de comprensión.

Al día siguiente, se sitúan frente a la Puerta de Valencia con el fin de ascender por la escalinata y penetrar en la Villa Adentro. Van despacio. En un momento determinado, el discípulo interroga al maestro acerca de lo que han detectado en los comentarios.

“Hemos prestado atención a lo que comentan los vecinos. Siento que hay un malestar generado por quienes han gobernado la villa. Me parece que consideran enemigos a los que dicen la verdad. Esta postura es de una enorme gravedad, pues solo si buscamos el bien de nuestros semejantes encontraremos el nuestro, es decir, el bien de todos. Se ha gobernado dividiendo al pueblo entre buenos y malos; siendo los buenos los que se muestran serviles y halagadores y los malos quienes no siguen las directrices marcadas desde el poder. Esto es enormemente peligroso para el bienestar común, tal como manifesté en mi libro La República”, le responde Platón muy pensativo.

Caminan despacio por las estrechas calles de la Villa Adentro. Contemplan las casas con sus pequeñas ventanas y sus sólidas puertas, algunas de arco apuntado. Las comparaciones con los hogares de la antigua Atenas son inevitables para ambos. Dado que ellos no son vistos por los vecinos, pueden observar sus gestos, sus charlas y sus comentarios espontáneos, que se suelen producir cuando no son observados.

Aristóteles de nuevo rompe el silencio que los dos ha mantenido mientras observaban con atención y escuchaban a las pocas personas que pasaban por sus lados sin ser conscientes de sus presencias.

“Como hemos podido saber, hay gente que desea marcar un nuevo rumbo en la política que se ha ejercido en esta villa. De ti, amado maestro, que escribiste un bello libro precisamente titulado La República, me gustaría saber qué piensas de quienes no quieren participar en ella, que se desentienden de cualquier compromiso, pues esto ya ocurría en nuestra ciudad hace muchos siglos atrás”.

“Es cierto”, le responde Platón alzando el dedo índice, gesto que es habitual en él, “que a lo largo de los siglos, en los pueblos que han adoptado la democracia como forma de gobierno, lamentablemente, se produce este hecho. En el libro al que aludes, yo había escrito que un hombre que no arriesga nada por sus ideas, o no valen nada sus ideas, o no vale nada el hombre. A esto le añadía otra frase que creo que compartes: Uno de los castigos por rehusar a participar en política, es que terminarás siendo gobernado por hombres inferiores a ti. ¿Es así?”

Aristóteles asiente con un ligero movimiento de cabeza. Ya se encuentran cerca de la Puerta de la Villa, pues su recorrido por la calle Derecha finaliza. Se paran para contemplar la arcada desde el lado interior. Enfrente asoma la iglesia de San Mateo que se alza con su enorme fachada a modo de pequeña catedral. Giran hacia su izquierda y bajan en dirección a la Plaza de España para mezclarse con la gente y seguir los principios que marcara Sócrates de escuchar atentamente a los demás.

Los dos sabios permanecen en la villa unos días. Asisten atónitos al nombramiento de la nueva alcaldesa. No entienden que se apruebe que quien ha sido sentenciado por la justicia se le proponga como “asesor portavoz” de una institución pública. Cierto que celebran el que sea una mujer la primera edil de la villa; aunque la propuesta aprobada rompe toda la lógica que existe en las actuales democracias.

En ambos asoma el recuerdo del conjunto de los sabios que les rodean en la escena de ‘La escuela de Atenas’. Tienen presente el hecho de que solo aparezca una mujer: Hipatia de Alejandría. La comparación se hace casi inevitable.

“Maestro”, pregunta Aristóteles, “¿crees que se puede establecer algún paralelismo entre la nueva alcaldesa y la gran Hipatia, que fue continuadora de la filosofía de nuestra antigua Grecia, dado que ambas son mujeres?”

Platón dirige la mirada a su discípulo y con gesto firme le responde: “En absoluto. Hipatia fue un auténtico ejemplo de libertad. Siempre buscó la verdad. No deseó ningún asesor ni tampoco ningún portavoz. Quien está a su lado hablando con ella, como bien sabes, es Parménides, el que le muestra un escrito con sus teorías. Además, Hipatia fue vilmente asesinada por los fanáticos seguidores del obispo Cirilo, pues para ellos era una auténtica blasfemia que una mujer se dedicara a la filosofía y al conocimiento de la ciencia”.

“Además”, continuó Platón, “recuerda que tú mismo escribiste en tu libro Política que el objeto y fin del gobierno popular es la libertad, y, tristemente, hemos comprobado que aquí la libertad es perseguida. Además, seguías diciendo que ayuda mucho a la libertad todo aquello que conduce a la igualdad, pero aquí apenas existe la igualdad. Quienes no se doblegan ante quien tiene el cargo de dirigir los destinos de la villa acaban siendo despreciados, marginados e, incluso, insultados. Creo que ese bien que nosotros llamamos libertad se podrá conseguir con mucho esfuerzo por parte de aquellos que tienen el suficiente coraje y valor para no rendirse ante tanto despotismo e intolerancia como hemos visto”.

Maestro y discípulo permanecieron un tiempo más en la villa y sus alrededores. Comprobaron que eran ciertas las informaciones que les habían llegado. Poco a poco sus imágenes, no visibles para los mortales, se iban diluyendo, hasta que acabaron por desaparecer.

Días después, los vigilantes de las estancias del Palacio Apostólico del Vaticano, atónitos, volvían a asombrarse cuando comprobaron que de nuevo, y sin ningún tipo de mácula, las figuras de Platón y Aristóteles se encontraban visibles en el fresco de Rafael Sanzio. Aliviados, corrieron veloces a comunicar la buena noticia.

***

Notas: Las frases que aparecen destacadas en cursiva las he extraído de La República y Diálogos de Platón y de Política y Ética a Nicómaco de Aristóteles.

Por último, agradezco a Juan Ángel Santos el acertado comentario que realizó recientemente, incluyendo una cita en latín aludiendo a Platón, ya que me ha servido de inspiración para elaborar este artículo.