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La rendición de Breda (¿también de Ipal?)

Por AURELIANO SÁINZ

En la actualidad recibo con cierta tardanza la revista Azagala. A mi modo de ver, esto representa uno de los retrocesos que se manifiestan en Correos, compañía de servicio postal español que se ha visto desplazada, en muchos aspectos, por los envíos de urgencia privados que han instalado o formado en nuestro país.

Como creo que todo el mundo suele hacer, al principio, le echo un vistazo general, para pasar a leer la ‘Carta del director’ y las informaciones del pueblo. Más tarde, voy leyendo tranquilamente los artículos, pues merece la pena detenerse en ellos.

Cuando el cartero llamó a mi casa, puesto que me encontraba en ella, bajé a recoger la correspondencia, de modo que, en este último número 107, nada más abrir el sobre me sorprendió que la magnífica y bella fotografía de Sergio Pocostales apareciera en blanco y negro en la portada. Ya dentro, el director explica las razones de este luto por nuestro inolvidable paseo de Las Laderas, las mismas que les han empujado a tomar esta decisión.

Una vez que penetro en sus páginas, me llama la atención el artículo “Medias tintas” firmado por un lector de la revista. Y no es por su propio contenido, ya que su autor expone con claridad los argumentos de su desencanto (“me he sentido traicionado”, dice) por el voto favorable que Ipal dio a la persona que encabezaba la candidatura del partido ganador; sí que lo hizo, en cambio, la imagen que se utilizó como ilustración, ya que fue, nada más y nada menos, que La rendición de Breda, cuadro de uno de los genios más grandes la pintura española como es Diego Velázquez.

Este lapsus (llamémosle así) me sirve para hacer una reflexión sobre distintos puntos: la postura tomada por Ipal, la respuesta de la nueva alcaldesa, el escrito del exalcalde que aparece reproducido en la propia revista y, claro, el significado histórico, ético y artístico de este magnífico cuadro que puede contemplarse en el Museo del Prado.

No voy a extenderme mucho en la vida de Diego Velázquez (Sevilla, 1599 – Madrid, 1660), puesto que junto con Francisco de Goya forman la cumbre de la pintura española. Sin embargo, voy a detenerme en la interpretación de La rendición de Breda, también conocido como Las lanzas, ya que me servirá como puente entre su significado y lo acontecido en la toma de posesión de la nueva alcaldesa.

Si nos acercamos a la obra, comprobamos que recibe esa segunda denominación por el conjunto de lanzas que, en la parte derecha del lienzo, aparecen sostenidas por soldados españoles comandados por Ambrosio de Spínola, que fue nombrado jefe supremo por Felipe IV para tomar la importante ciudad de Breda. Previamente, en 1590, había sido conquistada por Mauricio de Nassau-Orange, cuarto hijo de Guillermo de Orange, el noble más importante de los Países Bajos. Hemos de tener en cuenta que los Países Bajos estaban por entonces bajo el dominio de la corona española.

De este modo, la tregua de doce años mantenida entre 1609 y 1621 se rompe cuando el rey Felipe IV sube al trono y desea recuperar tan importante plaza. Envía allí a 40.000 hombres al mando del gran estratega que era el general Spínola. En esos momentos, la plaza de Breda estaba defendida por Justino de Nassau, miembro de la Casa de Orange.

Los cronistas que describieron la toma de la ciudad sostienen que la resistencia fue heroica, puesto que Spínola, como buen estratega, cercó la ciudad impidiendo que llegaran víveres y municiones, y para ello, puesto que se encontraba en el terreno llano de los Países Bajos, buscó inundar los campos inmediatos para aislar a la ciudad.

A pesar de la resistencia ofrecida, la guarnición tuvo que capitular el 5 de junio de 1625. Ambrosio de Spínola y los generales españoles que le acompañaban reconocieron la heroicidad de los asediados, por lo que ordenaron que los vencidos fueran respetados y tratados con toda dignidad. De este modo se permitió que la guarnición pudiera salir formada en orden militar con sus banderas al frente.

Las crónicas apuntan que Ambrosio de Spínola esperó fuera de la fortificación al general holandés Justino de Nassau. Le recibió de pie y, en la entrega simbólica de las llaves de la ciudad, el general holandés fue tratado por Spínola con todo respeto y caballerosidad, evitando cualquier tipo de humillación.

Pues bien, años más tarde, la corte le encarga a Velázquez un gran lienzo que inmortalizara esa gesta. El pintor sevillano nunca había estado en los Países Bajos, por lo que se tuvo que apoyar en grabados de aquella época para plasmar con corrección la vestimenta y las armas que portaban los distintos ejércitos, así como los espacios inundados que aparecen en la parte superior de la escena del cuadro.

Lo inicia en 1634, con destino a la decoración del denominado Salón de los Reinos del Palacio del Buen Retiro, una villa fuera de la ciudad erigida por orden de Felipe IV al estilo de las existentes en Roma.

Este gran lienzo, de 306 x 367 cm, lo termina un año después, puesto que Velázquez, con pinceladas sueltas, sigue una técnica de pintura rápida con numerosos ‘pentimenti’ (término italiano, que equivale a ‘arrepentimientos’, muy utilizado por entonces para referirse a partes no corregidas, sino cubiertas de pintura para volver a pintar encima).

La parte más significativa de la obra es la que se muestra en el centro, cuando Justino de Nassau intenta inclinarse y Ambrosio de Spínola, extendiendo el brazo hasta posar su mano sobre el hombro del vencido, intenta evitar este gesto del general derrotado, pues ambos son militares que han respondido con el honor que les corresponde a sus cargos.

Dado que posiblemente Velázquez leyera la obra de Calderón de la Barca titulada El sitio de Breda, es probable que le ayudara a encontrar un sentido correcto al encargo que había recibido. Por otro lado, puesto que conocía personalmente al general Spínola, ya que en 1629 habían viajado juntos a Italia, plasmó su retrato con toda fidelidad.

Y esa fidelidad a los detalles queda también reflejada, como podemos ver, dentro del plano que he destacado, en los ropajes de color azul celeste que portan las tropas holandesas, junto al color azul, naranja y blanco de la bandera de la Casa de Orange. (En la actualidad, el color naranja ha sido sustituido por el rojo en la bandera holandesa; no obstante, se mantiene como signo de identidad tradicional, de ahí que la selección holandesa de fútbol porte la camiseta de este color; que el banco holandés ING lo tenga también como referencia cromática…).

El realismo que se plasma en el cuadro da lugar a que los soldados no sean seres anónimos, dado que sus rostros presentan rasgos tan concretos que remiten a personas reales o imaginadas. El propio Diego Velázquez se incluye en el cuadro en una especie de autorretrato formando parte de las fuerzas españolas.

Esta gran obra no solo se encuentra entre las más famosas de Velázquez por sus méritos pictóricos, sino también como símbolo de la caballerosidad, del reconocimiento de los valores de los derrotados, del gesto de erradicar toda humillación en quienes, aún vencidos, han defendido con todo arrojo y valentía sus posiciones, evitándose acumular más daños de los generados en ese largo combate.

Un ejemplo que todos deberíamos seguir, no porque tengamos que formar parte de ninguna fuerza militar o de seguridad, sino porque en nuestra vida cotidiana nos vemos en situaciones de conflictos que pueden resolverse de distintas maneras. Y el modo en el que se resuelvan determinarán salidas con posibilidades de arreglos o de rupturas.

Ahora, retrocedamos a nuestros días y volvamos al punto de partida. Cabe hacerse la pregunta: ¿Tiene algo que ver el gesto de Ipal (supuesta rendición) en la toma de posesión de la nueva alcaldesa de Alburquerque con La rendición de Breda?

A mi modo de entender, ninguno. Y no es porque el cuadro de Velázquez representara, cuatro siglos atrás, la entrega de una ciudad de los Países Bajos a las tropas españolas, que esto es claramente evidente, sino que tampoco el significado moral que podemos extraer de esa obra tiene que ver con el gesto que se mostró al final de acto (y hablo de la información recibida en Azagala, ya que yo no estuve presente).

En primer lugar, tenemos que considerar que cualquiera de las posiciones de Ipal referida a la votación no hubiera modificado el resultado final. Ellos pudieron haber votado en contra o decantarse por la abstención, como sería imaginable; sin embargo, y de manera inesperada, lo hicieron votando a favor. ¿Rendición, cobardía, gesto insano y premeditado con doble intención?

Si no conociera personalmente a varios de quienes han formado esa candidatura estaría tentado a pensar que podía darse algunas de las posturas expuestas como interrogantes. Sin embargo, y puesto que a algunos de sus miembros sí los conozco (Pablo Boza, Manolo Gutiérrez, Raquel del Pozo, Javi Blázquez…), sé que son personas nobles, trabajadoras y generosas, que, en medio de la adversidad, se han entregado a la causa de la renovación de Alburquerque sin buscar ningún beneficio personal.

¿El gesto de la alcaldesa cuando el portavoz de Ipal le tiende la mano? Deplorable, falto de educación y respeto, al no saber que ambos son iguales: ediles que han sido elegidos por una parte de los vecinos del pueblo para ser representados en el Ayuntamiento. Ni más ni menos.

¿Sus palabras posteriores acerca de la mano tendida? Vergonzosas, sin entender que, puesto que Ipal tiene un programa distinto, el deseo de la candidatura unitaria e independiente es que se inicie una forma de trato diferente a la que se ha llevado en los últimos años.

Por último, no entender que todos los elegidos son cargos representativos, y que nadie en las elecciones accede en propiedad a una plaza de funcionario, la cordialidad y el respeto resultan ser un problema en quienes desean ‘profesionalizarse’ en la política, tal como acontece obsesivamente con el último regidor, que bien debería buscarse un trabajo y dejar a la gente en paz.

Con todo, estamos al comienzo de una nueva legislatura, por lo que soy de los que creen que es posible un cambio de rumbo y, a pesar de las enormes dificultades, admiro a quienes buscan honestamente trabajar para el pueblo desde sus propias ideas sociales, por lo que no creo que haya ninguna rendición de Ipal.

***

Posdata: Dada la extensión de este escrito, en otro momento hablaré del tuit del antiguo regidor y que aparece en la revista Azagala, ya que considero que no tiene desperdicio. (Abordaré más adelante un artículo que analice la estructura del odio y su relación con la historia y el arte.)