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Recordando a Carlos Castilla del Pino

Por AURELIANO SÁINZ

Creo que todos sentimos algún tipo de admiración por algunas personas que hemos conocido, sea por experiencia directa o de manera indirecta. Y no me estoy refiriendo a la admiración que se experimenta por gente muy famosa que ha alcanzado la gloria o el reconocimiento social; aunque también puede suceder que, en algunos casos, se rinda tributo emocional hacia personajes cuyos nombres han quedado registrados para siempre en la historia, puesto que los recordamos como modelos a imitar.

En mi caso personal, siento gran admiración por un psiquiatra al que he aludido en algún artículo anterior, no solo por la brillantez de sus estudios sobre la mente humana, que dejó impresos en sus numerosas publicaciones, sino por la franqueza con la que abordó el recuerdo de su vida y que dejó plasmado en dos extraordinarios libros de memorias –Pretérito imperfecto y Casa del olivo- que son un ejemplo de sinceridad y de extraordinaria literatura.

Y al decir ejemplo de sinceridad, me estoy refiriendo a que la vida de Castilla del Pino estuvo cruzada de duras tragedias familiares que no oculta y que explica cómo tuvo que afrontarlas para poder seguir adelante, pues un psiquiatra también es una persona como cualquier otra que puede verse enfrentada a fuertes penalidades.

El hacer un breve semblante de su figura, y de otras que irán apareciendo en Azagala digital, se debe a que el estudio de las emociones y sentimientos de los escolares que llevo a cabo a través de sus dibujos, y que son la base de los que tenemos ya de adultos, nos da una visión más completa de lo que expongo en los primeros años de la vida.

Tengo que apuntar que Carlos Castilla del Pino nació en la localidad gaditana de San Roque en 1922. Una vez que terminó sus estudios de Medicina se instala en Córdoba en 1949, donde vivió y ejerció su profesión de psiquiatra a lo largo de su vida, dejando un amplio número de discípulos que se formaron con él y continuaron su labor en el campo de esta disciplina.

Sin lugar a dudas, fue de los grandes psiquiatras con los que ha contado nuestro país, pero su actividad profesional y su obra escrita no se circunscriben exclusivamente al ámbito de la medicina, sino que en su extensa producción también encontramos ensayos y novelas por lo que su trabajo fue ampliamente reconocido, no solo en vida, ya que fue miembro de la Real Academia de la Lengua Española, sino que, una vez fallecido en 2009, la ciudad de Córdoba puso un nuevo centro de salud a su nombre y creó una fundación para que se pudiera conocer y estudiar su obra.

Como homenaje a su memoria, no citaré ninguna obra de su extensa producción profesional, sino que voy a acudir a un libro de pensamientos que lo he tenido como libro de cabecera durante bastantes años. Se trata del que lleva por título Aflorismos. Pensamientos póstumos, que vio la luz una vez fallecido (entendiendo por aflorismo como palabra derivada de ‘florecer’).

Se trata de un libro construido a partir de breves frases, o aforismos, que el autor iba escribiendo en cualquier lugar cuando se encontraba solo y que eran reflexiones sobre la vida, la sociedad, la naturaleza, el sentido de nuestra existencia, los sentimientos, las pasiones, etc., que anidan en todo ser humano.

Son frases sencillas de leer, pero que reflejan la profundidad de pensamiento de alguien que sabiendo que su vida caminaba hacia el final reflexiona como lo hacían los antiguos filósofos griegos: con total libertad, con sinceridad, sin condicionamientos ni cortapisas. Y como homenaje a este gran maestro, cargado de sabiduría, creo que lo mejor que puedo hacer es realizar una breve selección de esos aforismos, que numeraré, comentando sus significados y haciendo una escueta interpretación por mi parte.

  1. La felicidad –ya me entienden- no se la encuentra; se construye”.

Con esta breve reflexión se inicia el recorrido de 844 aforismos a lo largo del libro, hablándonos de algo tan deseado y difícil de lograr como es la felicidad. Personalmente coincido con la frase, puesto que, efectivamente, ser feliz o, de un modo más cercano, ser dichoso, no es algo que nos venga dado desde fuera, sino que los trozos de felicidad que podemos lograr en nuestra existencia es el resultado de un arduo trabajo. Solamente los niños pequeños son receptores de felicidad por parte de sus padres y de su familia; pero en el momento de crecer, todos tenemos que esforzarnos para recoger algunos frutos de dicha que la existencia nos puede proporcionar.

  1. No hay pecados. Si los hubiera se resumirían en uno: la mentira. Adán –el primero- mintió a Dios al desobedecerle”.
  2. Callar, pero no mentir”.
  3. No ir de sincero; ser simplemente veraz”.

Castilla del Pino, en concordancia con sus convicciones, tiene un pensamiento humanista y laico. Él no cree en el pecado; en cambio, sí en la culpa que se puede derivar de nuestras acciones y de nuestra responsabilidad con los demás. No es de extrañar, pues, que uno de sus libros lleva precisamente por título La culpa, en el que hace un recorrido por el sentimiento que acompaña al sujeto cuando lleva a cabo de modo consciente una acción que supone un quebranto de la norma o de los principios morales que todo ser humano, de un modo u otro, posee.

Y dentro del quebranto de los principios morales, Castilla del Pino sitúa a la mentira como la base de toda deshonestidad, pues sus diferentes modalidades –engaño, ocultamiento, tergiversación, difamación, calumnia, etc.- se encuentran en cualquier forma de corrupción individual o social, con los consiguientes daños hacia terceros.

  1. ¿La vida? Una de dos: o nos la hacemos o nos la hacen”.
  2. Vivir es una cosa: más o menos vegetar. Estar vivo es participar”.
  3. No hay que vivir con miedo. Pero eso no quiere decir que haya que hacerse el valiente”.

Todos tenemos un concepto, más o menos elaborado, más o menos claro, de lo que es la vida. Todos tenemos que enfrentarnos a nuestra propia vida y construir nuestro propio destino: no cabe otra alternativa. Bien es cierto que contamos con muchas limitaciones, ya que no podemos traspasar las fronteras que la propia naturaleza nos ha puesto; pero, como se dice en el aforismo número 5, tenemos la opción de edificar nuestra propia casa, con todas sus virtudes y defectos, puesto que, si no lo hacemos, al final nos encontraremos que lo que hemos logrado es una especie de chabola con los materiales que otros nos han proporcionado.

  1. La compasión no mejora el mundo. La solidaridad, sí”.
  2. La verdadera piedad entrañaría complicidad con el sufrimiento”.
  3. La piedad, en lo íntimo, enriquece; exteriorizada, es una obscenidad”.

Compasión, solidaridad, piedad: tres palabras que forman parte del lenguaje común que, ocasionalmente, pueden confundirse entre sí.

Como podemos comprobar, Castilla del Pino defiende el término de piedad como valor humano; sin embargo, no se muestra favorable con el de compasión, quizás porque en muchas ocasiones las personas insolidarias y que no tienen sentimientos de piedad se justifican con un acto puntual (limosna o donativo) pensando que con ello se resuelven los problemas que acucian a un mundo profundamente injusto. Sin embargo, considero que se distancia de la compasión, que proviene de “padecer con”, por lo que, en su sentido más profundo, la compasión y la piedad básicamente coinciden como valores humanos necesarios.

  1. Se confunde al cobarde con el bueno. ¡Qué bueno es! Hasta deja que los demás hagan el mal”.
  2. El mundo no es tan estúpido como para tolerar que solo triunfen los malvados”.

Magnífico el número 12 de estos aforismos. Cuántas veces escuchamos decir de alguien que es “una buena persona”, cuando lo que se está queriendo manifestar que no quiere comprometerse, que no quiere líos, que esconde la cabeza cuando tiene enfrente un claro ejemplo de injusticia, pero mira para otro lado porque a él o a ella no le afecta directamente. Esto me recuerda a una frase del filósofo Javier Sádaba cuando apuntaba, metafóricamente, que “hay gente que solo protesta cuando cae la bomba al lado de su casa”.

Con mucha frecuencia se confunden triunfo y verdad; poder y legitimidad; dominio y principios. El que se cuente con muchos votos o muchos seguidores no equivale a estar en posesión de la verdad y, menos aún, en ser una persona decente. La maldad humana habitualmente se esconde en la prepotencia; pero, como dice nuestro autor (con otras palabras), también la infamia acaba siendo derrotada por la razón.

  1. La vejez comienza cuando no hay proyecto”.
  2. Envejecer tiene su ventaja: muchas cosas se ven como banales, como lo son en realidad, y se adquiere una ligereza que antes no se poseía”.
  3. No hay muerte si no hay olvido”.

Estos aforismos, tal como he apuntado anteriormente, están escritos cuando su autor entraba en sus últimos años de existencia: tiempo de reflexión, tiempo de sabiduría, tiempo, como él mismo apunta, en el que las cosas adquieren otros matices que no se percibían con anterioridad. Y para comprenderlos, paradójicamente, hay que llegar a ese período en el que no queremos penetrar, pero que nos espera como ciclo último de nuestra existencia.

Y es que, una vez que se ha transitado por la vida, dejamos en los demás como herencia nuestro recuerdo. Y ese recuerdo resulta ser inapelable, no es posible cambiarlo, por lo que conviene que, al menos, en aquellos a los que amamos se deposite lo mejor que hayamos podido ofrecerles como último legado. De este modo, seguiremos vivos en sus memorias y ellos sentirán de algún modo las huellas que hemos marcado en nuestro peregrinaje por la vida.