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Infancia y suicidio

AURELIANO SÁINZ

Recientemente hemos tenido noticia de un hecho luctuoso que ha conmovido a la sociedad española. Como ya sabemos, se trata del suicidio de una mujer de 32 años, madre de dos niños, que tomó esa drástica medida tras saber que un vídeo de contenido sexual en el que ella participaba fue divulgado entre algunos de los trabajadores de la empresa en la que estaba contratada.

Como era de esperar, en los medios de comunicación (radio, televisión, prensa, redes sociales) es un tema del que no solo se informa, sino que también se abren debates, de modo que se dan distintas valoraciones de este hecho dramático.

En mi caso, cuando escuché la noticia, pronto vino a mi mente el recuerdo de dos niños mellizos, María y Pedro (así les denominaré, cambiando sus nombres para preservar su intimidad), puesto que fueron las víctimas inocentes de una tragedia familiar que tiene bastante paralelismo con el suceso al que ahora hago referencia.

Puesto que el caso de Verónica judicialmente está abierto, no voy a hacer ninguna interpretación personal de lo que hasta ahora se conoce, sino que deseo centrarme, por mi experiencia en el estudio de las situaciones familiares a través del dibujo de los escolares, en lo que imagino será el futuro de dos pequeñas criaturas que han perdido a la madre.

Tengo que apuntar que esta línea de investigación comencé a trabajarla cuando accedí a la Universidad de Córdoba, por lo que el archivo de dibujos que tengo es enorme y en el que hay todo tipo de situaciones, entre las que se encuentran los dibujos de niños o niñas que tempranamente han conocido el drama del suicidio en alguno de sus padres, abuelos, hermanos u otros familiares.

También quisiera decir que he conocido hechos en los que psiquiatras que atendían a pequeños víctimas, y que se encontraban en casos judicializados, me consultaban para que yo les diera mi interpretación de los dibujos que habían realizado de sus familias para incorporarla  como parte del informe.

Volviendo al de María y Pedro, quisiera explicarlo para que veamos que el futuro de estos niños, psíquica y emocionalmente, se volvió terrible por la incapacidad que han tenido para comprender y asumir la pérdida de un padre que voluntariamente se quitó la vida, dejándoles a ellos en la más absoluta orfandad emocional.

Hace cinco años, acudí a un centro en el que una de mis alumnas, y en la hora de Plástica, llevaba a cabo la investigación del dibujo que todos los años propongo en una asignatura que imparto en la Facultad. Niños y niñas muy contentos se entregaron a la tarea de imaginar a sus familias y plasmarlas en sus dibujos. Cuando me entregaron lo realizado, la profesora de primer curso de Primaria me llamó aparte ya que quería comentarme el caso de María y Pedro.

En tono confidencial, me indicó que había sido un suceso muy dramático, ya que tras venir con su madre muy felices a la fiesta del colegio que se celebraba en un día previo a las vacaciones de la Navidad, cuando regresaron a su casa, su madre y María, que iban delante, al entrar y abrir la puerta del salón de la casa se encontraron a su padre que se había quitado la vida colgándose del techo.

“Ninguna nota, ningún escrito apareció en el que se expresaran las razones por las cuales el padre de estos dos pequeños de seis años, que eran los que tenían entonces, tomara tan terrible decisión y les dejara solos con el incomprensible dolor de avanzar por la vida huérfanos y sin argumentos para entender por qué su padre había decidido abandonarles de este modo”, apuntaló la profesora ante mi presencia, de modo que yo escuchaba atónito y conmovido por  relato que me hacía.

Quisiera indicar que las razones que la profesora tuvo al explicarme la situación de María y Pedro se debían a que quería saber cómo yo interpretaba los dibujos que ambos hermanos habían realizado.

Ahora, después de cinco años, brevemente paso a comentarlos para que comprendamos sus significados.

El primer dibujo corresponde María. En él vemos que comienza trazando a su madre; después a su hermano mellizo; a una primita; en cuarto lugar a su padre; cerrando con sus abuelos paternos. Como aspectos significativos apuntaría: por un lado, su padre sigue presente en la mente de la niña como si continuara viviendo; otro aspecto a considerar es que ella no se dibuja a sí misma, lo que resulta ser un indicio claro de la situación de soledad y sufrimiento que está padeciendo, ya que el mundo se le ha roto y la seguridad que les daban sus padres se ha hecho añicos.

A diferencia de su hermana, Pedro sí se representa dentro de la escena familiar. Él se ha dibujado en segundo lugar, pero un tanto alejado de la figura paterna, como si la ligazón con su padre se debilitara, ya que no lo tiene presente. En cambio, aparece muy próximo a su hermana María, con quien se encuentra unido y comparte el dolor de la pérdida. A su madre la presenta la última y distante de él y de su hermana, como si la tragedia la hubiera alejado de ambos. Incorpora también a su pequeña prima, ya que habitualmente juega con ellos.

Para comprender las huellas de un conflicto emocional, suelo volver un curso o dos después para ver cómo han evolucionado aquellos niños y niñas por los cuales estoy interesado. Así, dos años más tarde, volví al colegio y a la clase en la que se encontraban María y Pedro para pedirles, a todos y en la hora de Plástica, que de nuevo  dibujaran a la familia. Me interesé de modo especial por los dibujos de estos dos hermanos, ya que quería saber cómo nos contaban a través de las escenas que plasmaban sus estados emocionales y el modo el que entendían la vida y la familia después de la tragedia.

Comienzo, otra vez, por el dibujo de María que es el que me ha servido como ilustración del artículo, manifestando que los dibujos se realizaron tras las vacaciones de Navidad de hace tres años.

Si observamos la escena, vemos que en el interior de una sala de color amarillo aparecen su madre, una mesa en la que ella y su hermano se encuentran soplando unas tartas con tres velas y, a la derecha, el féretro con su padre dentro, tal como ella lo presenció en el tanatorio.

Interpreto que las tres velas expresan que habían entrado en el tercer año de la muerte de su padre, y la niña para simbolizarlo acude a algo que se realiza habitualmente en los cumpleaños, pero que ella lo adapta en recuerdo de su padre fallecido. Por otro lado, en el suelo de la sala se muestran cajas con cintas correspondientes a los regalos navideños.

Otro elemento que llama la atención es el atril que se ve frente al ataúd, encima del cual aparece una carta y una especie de corona con tres puntos rojos. Pude comprobar que con ello María quería expresar que, en vez de escribirle una carta a los Reyes Magos, se la dedicaba a su padre. Para la niña, el recuerdo de su padre difunto sigue vivo y presente, al tiempo que piensa que se encuentra en el cielo, tal como le han manifestado reiteradamente. Este último punto puede interpretarse así debido a que el techo de la sala no es una cubierta del espacio cerrado, sino que la niña lo presenta curvado, abriéndose a un cielo en el que aparece un radiante sol en un fondo azul claro y con una nube.

Junto a los elementos descritos, hay algo que llama poderosamente la atención y que paso a dar una interpretación del mismo. Se trata de que a su madre y a su hermano no les traza una de las manos. En los estudios de psicología y psicopatología se ha llegado a la conclusión de que la ausencia en el dibujo de las manos evoca el sentido de culpabilidad. Esto me hace pensar que María, de algún modo, culpabiliza inconscientemente a su madre y a su hermano de la dramática muerte de su padre; ya que ella, sin embargo, aparece con ambas.

El dibujo que me entregó Pedro, que por entonces ya tiene ocho años al igual que su hermana, es bastante sorprendente, dado que en la parte superior de la lámina, dentro de un rectángulo, aparecen tres personajes pequeños, que interpreto como su madre y ellos mismos, con un perrito, y que van escalando una montaña negra en medio de la noche. Detrás de ellos se ve a una especie de robot que les sigue. En la cima de la montaña, ha trazado una bandera.

En el lateral izquierdo de la lámina aparecen unos focos como indicándonos que nos encontramos en una sala de proyecciones. Esto se ratifica con las butacas que aparecen en la parte inferior, en la que encuentran las cabezas de espectadores, vistos por detrás, que contemplan una escena cinematográfica.

Es sorprendente la representación que hace este niño de su familia, ya que pareciera que son los protagonistas de una película que, perdidos en medio de la noche en un paisaje de un film de ciencia-ficción, son observados detenidamente por la gente que hay a su alrededor. Manifiesta que no vive en un mundo real, sino que su vida es una especie fantasía similar a las del cine.

Tal como apunté al principio, han transcurrido cinco años desde que realicé la primera prueba con ellos en la clase. Por aquellas fechas, todavía representaban a los miembros de la familia tal como lo hacen los niños de su edad, incluso incorporando a su padre como si todavía viviera. Dada sus edades, no eran capaces de asimilar el significado de la muerte de una persona y, menos aún, de alguien tan cercano como era la figura paterna.

Dos años después, ambos hermanos realizaron unas interpretaciones bastante singulares de su familia, ya que no eran capaces de integrar en sus desarrollos cognitivos y emocionales el suicidio de su padre. Creo que, de un modo u otro, este terrible suceso siempre les acompañará como la sombra que se proyecta sobre ellos de un mundo que, dolorosamente, les resulta incomprensible. Posiblemente, esto sea lo que les ocurra más adelante a esas dos criaturas que recientemente han perdido a su madre de forma abrupta, dramática y socialmente tan escabrosa.