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La dama y el verdugo

Por AURELIANO SÁINZ

Cuando uno ha llegado a cierta edad piensa que ya lo conoce todo o casi todo. Imagina que la vida es la eterna rueda de la que, con triste melancolía, nos hablaba nuestro genial poeta Antonio Machado en su hermoso poema La noria, de manera que lo que ha sucedido volvería a acontecer, aunque sea con otros matices. Es algo que inevitablemente tenemos tendencia a creer por las múltiples experiencias vividas.

Pero lo cierto es que la existencia siempre nos depara grandes e inesperadas sorpresas. Es lo que acontece en Alburquerque, lugar donde parece ser que todo es posible. No en vano, en las últimas elecciones municipales y en uno de los programas electorales, se prometían grandes maravillas, que nadie había pensado en ellas con anterioridad. Prodigios dignos de un magnate saudí que se hubiera enamorado de nuestro pueblo en una reciente visita y buscara sacarlo de la postración y el abandono en el que se encontraba.

Pero, en fin, sabíamos que en realidad eran el resultado de las fantasías o delirios productos de los sueños y alucinaciones de una “privilegiada” mente. Creíamos que la cordura volvería a su curso cuando la nueva Corporación municipal se formara y quien, en esta ocasión, asumía la responsabilidad de conducir y administrar el futuro del pueblo lo encauzaría dejando atrás su brumoso pasado. De este modo, el Ayuntamiento estaría protagonizado por primera vez por una mujer que encabezaba la candidatura con más sufragios, al tiempo que la oposición ampliaba el apoyo obtenido en la convocatoria anterior.

Sin embargo, y con gran pesar, seguimos escribiendo un nuevo capítulo de esa Historia de la locura de nuestro pueblo, la misma que puede consultarse si uno acude a los archivos sonoros y las hemerotecas de los últimos años o, si se tiene buena memoria, echando la mirada hacia atrás y recordando paso a paso lo acontecido desde finales de los noventa hasta hoy.

Y es que, según se nos informa, nada más hacer acto de presencia pública, la primera edil informaba que era “Él el verdadero alcalde de Alburquerque”, al tiempo que quien todavía se considera el virrey de los dominios que se divisan desde el Castillo de Luna aclaraba que “la alcaldesa va a hacer lo mismo que yo, porque estaré ahí en cada momento”, apostillando: “yo veré a dónde va y en qué condiciones va, porque tiene que haber mucho respeto”.

No sé por qué en el momento en el que leía estas declaraciones se me vino a la mente la potente imagen de un magnífico cuadro colgado en la National Gallery de Londres. Se trata de La ejecución de Lady Jane Grey, pintado por el artista británico Paul Delaroche y que fue acabado en 1834. Magnífica representación, dentro de la estética del romanticismo artístico, de la ejecución de la reina Juana de Inglaterra, nombre con el que en español denominamos a Lady Jane Grey.

Brevemente, quisiera indicar que el reinado de Juana de Inglaterra, el segundo de una mujer en el trono inglés, solo duró nueve días en el año 1553. Ella había nacido el 12 de octubre de 1537 en la localidad de Bradgate y falleció ejecutada el 12 de febrero de 1554, lo que nos dice que no pudo llegar siquiera a los diecisiete años de vida.

Mujer de gran belleza y amplia cultura, era la nieta de María Tudor y sobrina nieta de Enrique VIII de Inglaterra. Su recuerdo permanece en los libros de historia y en las obras de arte que hoy podemos contemplar.

Sobre tu trágico fin, los historiadores nos dicen que cuando se produce el temprano fallecimiento del rey Eduardo VI, la primera en la línea de sucesión era la princesa María. El problema residía en que María era católica y se temía que se revertieran los cambios que habían producido durante el reinado del rey fallecido hacia el catolicismo. Quienes se oponían a que María fuera coronada, conspiraron apoyando a Lady Jane Grey como reina de Inglaterra. Una vez derrotada la rebelión, se acusó a la joven reina de ser una de las cabecillas de la conspiración; cuestión que no era cierta, pero que le valió perder tempranamente el trono y la cabeza.

Pues bien, el lienzo que pintara Paul Delaroche, de manera premonitoria y con casi dos siglos de anticipación, pienso que expresa metafóricamente la similitud de lo que le aconteció a la reina Juana y de lo que sucede ahora en Alburquerque. Voy a intentar explicar el cuadro trasladándonos a la actualidad.

Así pues, ahí vemos a la primera edil, con los ojos vendados, a punto de que su cabeza sea segada por el joven verdugo que se encuentra próximo a ella, ya que solo esperan que la sentencia sea dictada. A su lado el virrey de Alburquerque le susurra a los oídos: “Ves, querida, lo que te puede suceder si no cumples al pie de la letra lo que yo te dicte. Ten en cuenta, como bien has dicho, que el alcalde de verdad soy yo. No lo olvides nunca”.

Al momento se escucha el profundo suspiro que sale de lo más hondo de la dama; sin embargo, el virrey continúa impasible: “Nada de rebelarte. Nada de contradecirme. Recuerda que yo no dejo títere con cabeza. Soy benévolo con quienes humildemente vinieron a pedirme un trabajo o unas peonadas, por lo que todos al unísono manifiestan que soy una buena persona, que me he dejado la piel por ellos e, incluso, ahora algunos jóvenes dicen que los recibo con una amable sonrisa”.

La venda oculta las lágrimas de quien ve su cuello amenazado. Al virrey esto le da igual, puesto que está convencido que han conspirado contra él para quitarle de su podio. Piensa que tiene muchos enemigos. Tiene que protegerse, por lo que necesita, desesperadamente y por todos los medios, perpetuarse con algún título honorífico, pues buscarse un trabajo a su edad le resulta muy difícil.

“¡Ah! ¡Y no se te olvide que yo tengo una buena red de espionaje que me informa puntualmente de todo lo que se dice en mis territorios y fuera de ellos! ¡Sé dócil, callada y obediente, que así te irá mucho mejor y no te jugarás la cabeza, porque aunque yo no soy machista, ya sabes cómo me las gasto con las mujeres cuando se me suben a las barbas!”, cierra su mentor, alzando la voz para que le escuche bien y no se le olvide que ella está allí porque él la puso para que siguiera sus pasos.

La acongojada primera dama nota premonitoriamente la afilada hoja del hacha que porta el verdugo. Siente el crujir de su dulce cuello cuando los brazos del ejecutor la lance como un vendaval en dirección hacia su cabeza. Un frío estremecimiento recorre todo su cuerpo. Por fin, mueve la cabeza de arriba hacia abajo, asintiendo que será la mujer dócil y sumisa que él espera, por lo que ella no tomará ninguna medida, no firmará nada, no saldrá ninguna palabra de su boca sin su consentimiento, de modo que él sabrá todo lo que pasa por su cabeza, pues es su dueño y señor.

A modo de conclusión de estas historias paralelas: La desdichada reina Juana de Inglaterra no lo logró salvarse. La primera dama lo ha logrado por los pelos. La historia, de momento, no se ha repetido. Solo cabe preguntarse: ¿Qué pasara después…?