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Fallece el padre

por AURELIANO SÁINZ

Cuando se aborda el desarrollo psicológico y emocional de niños y niñas se suele acudir a conocidos autores de la psicología evolutiva, caso de Jean Piaget, para comprender las características que presentan en determinadas edades. Esto que en principio es correcto desde el punto de vista teórico, en cambio, hay que ajustarlo ante ciertas situaciones reales dado que sus postulados presentan algunas limitaciones.

Así, en estudios evolutivos como el de Piaget no se aborda el contexto social y ni el familiar en los que viven esos niños o niñas, cuestiones de gran relevancia, pues ambos contextos pueden ser determinantes en sus desarrollos psicológicos y emocionales. Por otro lado, tampoco se tienen en cuenta situaciones inesperadas que truncan el equilibrio familiar en el que se vivía hasta la aparición de ese hecho imprevisto e indeseado.

Una de esas situaciones no esperadas es el fallecimiento del padre o de la madre, circunstancia profundamente dolorosa que marca emocionalmente a todo el grupo familiar, y de modo muy especial a los más pequeños, ya que, por un lado, son los más frágiles y, también, porque están asomando a un mundo complejo en el que necesitan la seguridad y el cariño que le proporcionan los mayores para ir creciendo con una base de autoestima que los afiance a medida que se va creciendo.

Si exceptúo el caso de la psiquiatra estadounidense, de origen suizo, Elisabeth Kübler-Ross quien centró sus investigaciones en el estudio de la muerte en relación con el niño, no tengo conocimiento de publicaciones o estudios rigurosos que se hayan realizado sobre este tema, puesto que se suele evitar hablarle de la muerte por el miedo que puede provocarles. Sin embargo, el propio Jean Piaget sostenía que hacia los 7 o los 8 años el niño comienza a preguntarse por qué se mueren las personas, dado que hasta entonces este tipo de pregunta no entraba en su mente. Pero muy diferente es que se haga esta pregunta y se le dé alguna respuesta que le sea tranquilizadora y otra muy distinta es que viva el fallecimiento de uno de sus progenitores.

La defunción de un familiar y la repercusión que tiene en los escolares lo he abordado en artículos que he ido publicando en distintos medios, puesto que, a pesar de ser un tema muy triste, lo cierto es que hay escolares que sufren esta adversidad, por lo que es necesario saber cómo les afecta y cómo evolucionan psicológicamente con el paso del tiempo.

También quiero tratarlo en Azagala digital a partir de dibujos recientes de escolares cuyos padres ya habían fallecido cuando realizaron el dibujo de la familia que se les había propuesto en el aula. En un próximo artículo trataré el fallecimiento de la madre, para que pueda entenderse en ambos progenitores.

Dada la importancia y la delicadeza con la que hay que tratar el tema, una vez realizado el trabajo en el horario de Plástica, el profesor o la profesora de la clase nos proporcionó privadamente algunos datos de quienes habían hecho el dibujo para que sirviera de ayuda con el fin de comprender con mayor precisión el sentido de la escena que habían plasmado.

Debo apuntar que cada dibujo tiene un sentido individual, pues, como veremos, cada niño o niña interioriza esta situación dramática de forma muy personal, de modo que refleja los sentimientos que le embargan y que dependen del género, del carácter que se tenga, de la edad, del tipo de creencias que haya en la familia, etc.

Este primer trabajo lo hacemos con aquellos dibujos de los escolares en los que aparecía representada también la figura paterna de dos formas: como se fuera un miembro más de la familia y estuviera presente entre ellos o como si se encontrara en el cielo.

Son dos maneras que tienen los pequeños de no admitir la irreversibilidad de la muerte: por un lado, dándole vida a través de sus dibujos o imaginando que hay otro mundo en el que ahora se encuentran y desde el cual pueden seguir viéndolos.

La primera forma la podemos comprobar en el dibujo que ha servido de ilustración del artículo, y que corresponde a una chica de 13 años que se encontraba en sexto curso de Primaria cuando lo realizó. El proceso que siguió fue el siguiente: comenzó dibujando a su madre, para pasar dibujarse a sí misma; en tercer lugar, lo hace con su padre, que ocupa el centro de la lámina, continúa con su hermano mayor, al que llama “tate”, y cierra la escena con los dos pajaritos que tiene como mascotas. Como detalle, indica la edad de cada uno de ellos.

Observando el grupo, se podría pensar que el padre es el personaje vivo más relevante y por el que la autora siente un gran amor; sin embargo, el padre había fallecido hacía cinco años, cuando ella contaba con ocho. La escena nos indica que la imagen paterna pervive tan intensamente en la autora que lo representa como si todavía estuviera presente y al que le es posible mostrar el cariño con el dibujo de un corazón. La autora sabe que su padre ya no existe, pero, tras las explicaciones que había dado su madre, siente que vive en su corazón, que siempre la acompañará porque ha recibido lo mejor de la figura paterna.

Esta respuesta de amor y de deseo de vida hacia el padre fallecido también lo encontramos en otras ocasiones, cuando la familia, en medio del dolor y la tristeza, ha procurado amortiguar ese impacto en los hijos, de modo que se busca que su recuerdo perviva y que sea lo más grato posible. Es lo que deducimos en el de esta niña de 9 años, cuyo padre había fallecido unos años atrás.

Como podemos comprobar, representa a la familia en la playa, disfrutando del sol al lado del mar. En la realización de la escena, comienza con el trazado de sus abuelos, para pasar a su hermana y su madre, cerrando con el de su padre y el de ella misma. Por otro lado, sus dos mascotas corretean por la playa. La imagen del padre pervive de manera tan intensa en la niña que lo dibuja como si todavía formara parte real de la familia. Pero, para que ello se produzca, conviene apuntar que en estos casos los abuelos y otros familiares juegan un papel de gran relevancia en el apoyo emocional que prestan a los más pequeños.

En el caso de dibujos de niños es posible encontrar escenas en las que el padre todavía es representado como si fuera un miembro más de la familia, pero, a diferencia de las niñas, no incorporan corazones o elementos visuales que simbolicen el amor que les pudieran expresar. Ellos interiorizan la pérdida, sin que expresen gráficamente los sentimientos de una manera tan explícita. Esto quizá se deba al hecho cultural de que los varones tienen que mostrarse fuertes en los momentos difíciles, sin que las lágrimas asomen a sus rostros.

Esto lo podemos apreciar en el dibujo anterior, de un chico de 11 años que se encontraba terminando Primaria. Como podemos comprobar, comienza por la izquierda trazando a su madre; pasa a dibujar a su padre, duda y borra el rostro, como si no estuviera seguro de si debía incorporarlo; finalmente, se decide a hacerlo; posteriormente, se traza a sí mismo, con una figura frágil y pequeña; y cierra el grupo familiar con el trazado de su hermano mayor. En conjunto, apreciamos la fuerte soledad que siente el autor por la distancia que ha dejado entre las figuras, así como por el trazado de los brazos de todas ellas hacia abajo y sin proximidad afectiva y por la pequeñez de las mismas, como si no tuvieran importancia.

Tal como he apuntado anteriormente, una forma de sentir que el padre no ha fallecido es creyendo que ha ido a otro sitio superior, que en nuestra cultura de tradición cristiana se asocia con el cielo. Es lo que plasma la autora del dibujo precedente, una niña de 8 años de tercer curso de Primaria. Según nos informó la profesora de la clase, su padre había fallecido hacía un mes, por lo que el recuerdo de la pérdida lo tenía muy presente.

A la hora de realizar el dibujo de la familia, podemos ver que traza a su padre por encima de la figura de su madre, con alas y como si estuviera volando hacia el cielo.

En estas situaciones, tan difíciles de comprender por los más pequeños, es habitual recibir el apoyo de otros miembros de la familia. Es lo que acontece en este caso, puesto que la presencia de su tío, hermano de su madre, se hace frecuente en la casa con sus visitas, así como las de las dos primas de la autora. De este modo, la pérdida del padre se alivia algo con la incorporación de otros personajes, que, posiblemente, en fechas previas al hecho luctuoso no hubieran aparecido en su dibujo.

En este quinto dibujo se vuelve a manifestar la idea de que el padre no ha muerto realmente, puesto que se encuentra en el cielo. La escena se debe a una niña de 11 años, de sexto curso de Primaria. Como podemos observar, la autora representa a su padre fallecido sobre una nube y delante de un gran sol. Alrededor del rostro de la figura paterna le ha trazado un conjunto de líneas, que junto a las manos unidas y la vestimenta que porta, evocan la idea de santidad.

Es, pues, una manifestación de la religiosidad de la familia, que le ayuda a ella y a su hermana a sobrellevar el dolor por la pérdida del padre. Por otro lado, y tal como vemos, todas las figuras femeninas que componen ahora su familia, y en la que ha incluido a su ‘tita’, están cogidas de la mano, como expresión de la unión en la adversidad, al tiempo que incluye corazones que flotan entre las figuras como representación del amor que siente en el grupo.

Cierro con un dibujo realizado por una niña de 7 años que se representa a sí misma muy grande y con una corona, siendo, incluso, de tamaño superior al de su hermana de más edad que aparece a su lado. También su hermano pequeño aparece en la escena, pero no su padre ni su madre.

La autora era una niña muy fantasiosa, bastante egocéntrica y deseosa de protagonismo. La razón de ello es que su padre había fallecido cuando era muy pequeña, y su madre, por entonces embarazada del menor, le contó unas historias fantásticas para explicar la ausencia de su padre. Pasado el tiempo no se le fue aclarando, poco a poco, el fallecimiento del padre.

Por otro lado, como podemos ver, no representa a su madre que se encuentra en tratamiento por depresión desde entonces. Para ayudarla, su hermano vive con ella. La pequeña autora llama ‘papá’ a su tío, lo que es signo de confusión y falta de acercamiento a la realidad.

Esto nos hace concluir que a los niños les hay que dar explicaciones a su nivel de lo que ha acontecido, puesto que, si se les tergiversan los hechos con historias irreales, ellos mismos acaban con explicaciones fantásticas que con el paso del tiempo les serán negativas en sus desarrollos cognitivo y emocional.