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Ser abuelo

Por AURELIANO SÁINZ

Cuando se acercaba la fecha en la que aparecería el número 100 de Azagala, envié un artículo titulado La vida es un largo río para conmemorar la edición de ese número tan contundente de la revista.

Quienes leyeron el texto pudieron comprobar que era una visión íntima, muy personal, acerca del devenir de la vida, de esa vida que va pasando y de la que somos, voluntaria o involuntariamente, protagonistas y espectadores, de forma que ese relato propio que vamos archivando en nuestra memoria nos sirve de brújula o guía para caminar hacia adelante, intentando no extraviarnos en la imprecisa senda que nos marcamos cada uno.

De este modo, cuando hemos escalado la alta cima de los años, nos es posible echar una mirada hacia atrás y vernos en cada una de las etapas que hemos ido cubriendo, con sus alegrías y tristezas, con sus aciertos y errores. También, desde esa cumbre, solemos también mirar hacia adelante, sintiendo de modo anticipado lo que puede depararnos ese futuro ya limitado temporalmente. Así, aupados en las puntas de los pies, es posible otear un luminoso horizonte con las nuevas vidas que se van incorporando a ese largo río del que formamos parte.

En esa mirada hacia atrás que ahora realizo se encuentran las publicaciones en las que he ido participando a lo largo de los años. Entre ellas se encuentra la propia Azagala y la red de trece diarios digitales que se publican en Andalucía y de la que formo parte como articulista y como miembro de sus consejos de redacción.

Y puesto que el próximo mes de febrero se cumplen ocho años de mi incorporación a esa red de diarios, en los que he ido publicando semanalmente sobre distintos temas -arte, arquitectura, diseño gráfico, publicidad, pensamiento, dibujo infantil-, me pareció que era un buen momento para que por primera vez hablara de mí mismo y de algo que ha cambiado mi vida para mejor: el nacimiento y la relación con mi nieto.

Así pues, y de forma excepcional, saldrá pronto un artículo que llevará por título “Ser abuelo” en el que describo mis vínculos con ese niño que se llama Abel.

Mientras lo escribía, me preguntaba: “¿Y por qué no publico uno similar para la gente de mi pueblo, la que me conoce desde que soy pequeño o la que lo ha hecho desde mi incorporación en Adepa, asociación de la que formo parte y de la que me siento muy orgulloso por haber parado el atroz proyecto de la hospedería en el Castillo de Luna?”.

Me pareció una buena idea, ya que, siendo un breve paréntesis en la serie del estudio de la familia a través de los dibujos de los escolares, resulta que hablo también de un hecho familiar: de la relación de un abuelo con su nieto, por lo que no me distancio excesivamente del tema.

Así, en esta ocasión, no se trata de escribir sobre otros que son abuelos, tal como veremos en próximos artículos que aparecerán en Azagala digital, ni tampoco de reflexionar sobre las vivencias ajenas, sino la de hacerlo sobre la propia. Es decir, ver cómo se va formando esa pequeña criatura, aprender a tratarla y cuidarla, sabiendo que son sus propios padres los que asumen la importante tarea de guiarla por el largo camino que comienza.

Porque ser abuelo uno lo va aprendiendo paso a paso, aunque emocionalmente lo haya interiorizado antes de que de que se produzca el nacimiento. Es por ello que me llamó la atención cuando un joven profesor, al ponerse en contacto conmigo días después de nacer Abel, me preguntó: “¿Te puedo llamar abuelo?”. “¡Claro que sí! ¡Es que ya soy abuelo!”, le respondí con todo el orgullo de saber que ahora se iniciaba una nueva etapa de mi vida, cargada de la ilusión de ver crecer al pequeño.

Y si hay algo que he aprendido muy pronto en la práctica es que se dan sustanciales diferencias en las relaciones entre abuelos y nietos dependiendo de si viven en el mismo lugar o en sitios diferentes y distanciados. Esto es lo que nos ocurre a nosotros, puesto que Abel y Esther, sus padres, residen en Barcelona y nosotros en Córdoba, por lo que el contacto cotidiano no podemos llevarlo a cabo.

De todos modos, en medio de las habituales idas a la ciudad condal, seguimos el crecimiento del niño a partir de las fotografías y vídeos que con cierta frecuencia nos envían. Es uno de los hechos más favorables que nos proporcionan las nuevas redes sociales, ya que nos permiten establecer un contacto que tiempo atrás no era posible. Así, las fotografías y grabaciones las recibimos con enorme alegría, puesto que vemos los avances que paso a paso va dando.

Pero son las estancias en Barcelona las que nos ayudan disfrutar de su compañía, al tiempo que nos hacen ver los cambios que se producen en el transcurso de los meses. Y puesto que la memoria es algo inconsistente, nada mejor que acudir a las fotografías para comprobar las transformaciones que se han ido dando. Es lo que acontece con las dos que muestro, que corresponden a estaciones distintas: el verano y el invierno.

Así, en la primera, nos encontramos en pleno mes de agosto, cuando él apenas contaba con cinco meses, en la estación de Sants, ya que había venido con su padre a despedirnos en nuestro regreso a Córdoba. Lo sostengo sentado en mi pierna izquierda. Mira de frente, con la sonrisa inocente que todo niño posee a su corta edad. Y por mi parte, no puedo disimular la alegría que me produce sostener su cuerpecito, tan frágil, pero con tanta capacidad de irradiar felicidad en quienes le queremos.

La segunda fotografía corresponde al invierno, unos cinco meses después de la primera. La escena es completamente distinta. Estamos dentro de la casa. Ha estado jugando bajo mi atenta mirada hasta que el cansancio empieza a hacer mella. Lo cojo en mis brazos y me siento en el sofá con la intención de dormirlo.

Comienzo a contarle muy despacio uno de los cuentos que he inventado y en los que él se convierte en el protagonista del pequeño relato. Puesto que todavía no sabe hablar, ya que por estas fechas se comunica con gestos, sílabas y balbuceos, no entiende el significado de lo que le voy narrando, pero escuchar su nombre y ciertos términos que se repiten ayudan a que siga el ritmo de las palabras que escucha.

Cuando acabo, le pregunto: “¿Otra vez?”. Me mira fijamente a los ojos sin decir nada, como asintiendo. Se lo vuelvo a repetir. Así una y otra vez, hasta que los párpados empiezan a cerrárseles y siento que el plácido sueño acude en su ayuda.

Jugar con él, darle la papilla, contarle cuentos, limpiarlo, sacarlo a pasear… son escenas que como abuelo he podido llevar adelante en esas estancias en Barcelona. Y también como abuelo las disfruto sabiendo que todo lo que gira a su alrededor tiene que estar cruzado con el juego, pues su mundo, el mundo de los niños, no se entiende sin el placer que sienten en el despertar a la vida.

Ciertamente: la vida es un largo río al que continuamente se van incorporando otras en su dilatado recorrido, como eterno proceso que nos anima a no desfallecer. Y una de ellas muy cercana a mí ha comenzado dando sus primeros pasos. Y yo la contemplo con el amor y la ternura que todo abuelo profesa a su nieto, de modo que, para mis adentros, hablo conmigo en silencio y le deseo fervientemente que sea lo más dichosa posible.