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EL HABLA ALBURQUERQUEÑA

VOCABLOS Y USOS ALBURQUERQUEÑOS

POR EUGENIO LÓPEZ CANO

No hay identidad sin memoria

 

INTRODUCCIÓN PRIMERA

CONSIDERACIONES PRELIMINARES

Al comienzo de esta obra, fusionados los dos volúmenes (Depósitos Legales: BA-438/1982 y BA-98/2011), recuerdo que redacté entonces una pequeña introducción que, con diferentes correcciones, se volvería a reproducir en otras revistas locales, entre ellas La Glorieta, editada por el Ayuntamiento de Alburquerque, y posteriormente en Azagala. Por un motivo u otro se fue postergando entonces y después hasta suspenderse definitivamente, sin que en el horizonte viera la más mínima posibilidad de conseguir la continuidad que se merece la publicación de una parte, creo que importante, de nuestro léxico, considerado, al menos para mí, como nuestro más importante patrimonio cultural. Ahora parece ser que, siguiendo las directrices de la propia Redacción de Azagala, se publicará en su totalidad en esta revista digital al objeto de, quien lo desee, pueda consultarlo o rescatarlo para su interés.

En aquel preámbulo inicial discurría muy por encima sobre la ternura de nuestra forma de hablar y de la importancia de la misma respecto a su recuperación, al tiempo que mostraba la pesadumbre que sentía y siento cada vez que observo su depreciación y olvido. He preferido, no obstante, reemplazarla por los artículos, en este caso refundidos y modificados, que en su día publiqué en esta Revista, dirigidos a mi buen amigo Florentino Sánchez, que en paz descanse, o lo que es lo mismo, a cualquiera de vosotros, titulados “Carta a Florentino Sánchez, maestro de escuela de Alburquerque” y “Carta a Florentino Sánchez, paisano y amigo“, puesto que en ellos, de modo coloquial, y por tanto más comprensivo, reivindico los mismos conceptos en relación con el respeto que debemos a nuestro modesto dialecto y el deber que tenemos, todos y cada uno de nosotros, de recuperarlo y transmitirlo a las generaciones venideras.

El trabajo, en sí, comienza, como digo, con una introducción que encabezo con el título “Carta abierta”, una bibliografía después de obras consultadas de cuyos autores haré mención a lo largo de la obra, un apunte para una gramática alburquerqueña, una metodología de trabajo y dos relaciones, una de vulgarismos y otra de abreviaturas empleadas.

 

CARTA ABIERTA

Espero, Florentino, Maestro con mayúscula que fuiste, que allá donde te encuentres estés de acuerdo conmigo –qué voy yo a decirte- cuando afirmo que no existe, ni ha existido en nuestro pueblo, sobre todo en épocas pasadas, patrimonio más acosado, degradado, vilipendiado, perseguido y vituperado hasta el ridículo más humillante, que NUESTRO QUERIDO LENGUAJE -el mismo que padeciste en tus propias carnes a través de la enseñanza- precisamente, ya ves, el más genuino de nuestros bienes, con la bendición de políticos y profesionales de la enseñanza, y el beneplácito de vecinos, amigos y familiares.

Frente a las clases más dominantes, más duras, más influyentes -incluso desde la más tierna infancia, tan fácil de manipular-, frente a este estado de sitio permanente, digo, se han encontrado sin esperarlo con el pueblo llano, tozudo y culto, depositario único de nuestra cultura tradicional; a él, a ese pueblo olvidado al que hemos ido tan sólo unos cuantos a recabar su sabiduría, o lo que es lo mismo, a conocer la otra parte de nuestra historia, iniciada por los primeros folcloristas del siglo XIX, y continuada a través del tiempo, entre otros, por los autores que señalo, para concluir en la actualidad con algunos de los catedráticos del departamento de Filología Hispánica de la Universidad de Extremadura, bajo la supervisión en este caso del mejor especialista nacional el académico Manuel Alvar, y de María Ángeles Álvarez, profesora del Departamento, quienes han ultimado recientemente el primer Atlas Lingüístico de Extremadura, documento en el que se han recogido las PECULIARIDADES DEL HABLA de nuestra Región, es decir, un estudio dialectal o del uso que del idioma hacemos los extremeños, con claras influencias portuguesas, leonesas, andaluzas…, conservadas “milagrosamente” durante siglos, llegando a la feliz conclusión de que gozamos de una excelente riqueza lingüística, con variantes incluso muy superiores a las de muchas regiones en cuanto a conservación y variedad se refiere. Como para no sentirnos orgullosos a pesar del descrédito de algunos.

Y no es ya por la forma genuina de hablar, propia de cada sitio, que siempre hay que respetar, sino porque lo que se expresa es el propio carácter de un pueblo; en definitiva, su alma, la misma que han querido violentar, sin conseguirlo, años tras año, decenio tras decenio, machaconamente inútil.

Más: A propósito de la creación de la Asociación Cultural “Estudio y Divulgación del Patrimonio lingüístico Extremeño” (APLEx), que tiene como meta preservar y revitalizar las hablas extremeñas que según la Ley de Patrimonio Histórico y Cultural de Extremadura de 1999 se deben proteger, Antonio Viudas Camarasa, escritor y profesor de Lengua Española de la Universidad de Extremadura y miembro de número de la Real Academia de Extremadura, destaca la riqueza lingüística de Extremadura, agregando que “Nebrija, por ejemplo, estuvo 17 años viviendo en Extremadura y eso se nota en su Gramática de la Lengua Castellana en la que figuran palabras como ‘pega’ para hablar de la urraca, o la palabra ‘candela’“.

Más: Entre la treintena de conclusiones planteadas en el congreso sobre el habla extremeña celebrado a principios del mes de octubre del pasado año en San Pedro de Mérida, cito como la más importante, la siguiente: “Se buscará una fórmula para evitar que se corrija como mal castellano al que hable bien el extremeño. La escuela no debe reprimir, sino encauzar el uso del extremeño“.

Más: En esta misma línea se expresa el Sr. Viudas Camarasa con motivo de la celebración del Congreso Internacional APLEx 2004 “Patrimonio Lingüístico Extremeño“,  al que asistieron, entre otros, ponentes de Francia, Portugal, Canadá, México, Estados Unidos, así como de las universidades Autónoma de Madrid, Complutense, de Barcelona y de Extremadura, cuando señala que el extremeño “siempre se ha sentido en inferioridad frente al habla de Madrid“, y que ello ha tenido mucho que ver “la escuela, que ha impuesto mucho“.

Y cito a propósito las opiniones de estos intelectuales porque a través de su sabiduría acreditan y valoran LO NUESTRO a los ojos de quienes piensan que estas “cosas”, como algunos las definen despectivamente, son antojos o modas de unos pocos, sin pensar que lo que unos cuantos han ido conservando, sin querer -nuestros paisanos-, a otros -antropólogos, filólogos, etc.- se nos reconoce al fin la importantísima contribución a la historia de nuestra Región.

Sabemos que hay quienes piensan -como pensaban y piensan todavía del poco valor de nuestras casas, plazas y calles- que no es correcto hablar como hablamos, ni expresar como nos expresamos, y sí como hablan y se expresan, por ejemplo, en Castilla, en cuyo espejo nos miramos a diario en los distintos medios audiovisuales mientras nos torpedean con mensajes torpes y equivocados. Y así vamos “aprendiendo” -¡oh, milagros del lenguaje!- cómo la -d final de una palabra se convierte misteriosamente en una ‘zeta’ arrastrada, tal es el caso de Madrizzz y Valladolizzz, y cómo las jotas se tornan en forzados sonidos guturales, y cómo la -d- intervocálica de algunas palabras desaparece por birlibirloque arrastrando la -s del plural (“…en el Congreso de losss Diputaosss…”, “…en Bosssnia lossssoldaosssessspañolesss…”), sin olvidarnos, claro, de aquellas otras, cada vez más en boga, en las que se enlazan unas palabras con otras, arrastrando la última sílaba, o consonante en su caso, para unirse con la siguiente (“…dosssdeclaracionessesss…”), y a veces ni eso, quedando entonces milagrosamente suspendida en el espacio (“…en la cadena Serrrrr…”).

Y claro, si a esto le añadimos nuestros propios medios de comunicación que vemos cómo se mofan a menudo de nuestra forma de hablar -doblemente triste por la cultura y responsabilidad que se les supone a tales profesionales-, sin darse cuenta del daño que cometen al desvirtuar e infravalorar nuestro propio lenguaje, ¿cómo vamos a pretender que nos sintamos orgullosos de nosotros mismos y se nos respete ahí afuera, dispuestos siempre a desacreditarnos?

Y no es eso lo peor. No. Lo peor es cuando hablando en correcto castellano alguien, investido de magister, sin conocimiento de la lengua madre, sin saber el daño que está causando a una mente infantil, te sueltan aquello de ‘así no se habla’, ‘eso no se dice’, ‘aquello ya pasó de moda”… Y así nos encontramos, por poner mil y un ejemplos, vocablos como sacho y sachar, obligándonos a aprender a convertir la s- inicial en una estúpida ‘zeta’ (zacho y zachar, cuando ni siquiera existen en castellano); por cierto, ¿cómo se dice, doceava o dozava, dentrífico o dentífrico, influir o influenciar, significación o significancia?), sin hablarnos de aquellos otros que se han conservado durante siglos, y que en menos de cincuenta años han dejado prácticamente de utilizarse porque a alguien se le debió ocurrir que eran mal sonoros, o podrían ser incorrectos, o vaya usted a saber qué otras extrañas ocurrencias, cuando lo que se pretende es nada menos que conservar nuestro patrimonio lingüístico, y de paso “dar esplendor“, que también tiene gracia, a nuestro idioma castellano, espléndido y abierto, máxime cuando ahora, según encuesta reciente, tan pobre se les quedó el vocabulario a nuestros bachilleres.

Menos mal, amigo Florentino -la esperanza es lo último que se pierde- que en la América latina, lugar en el que, como tú sabes, se mira desde hace tiempo la Real Academia de la Lengua -ya ves, ¡quién lo diría!-, se siguen expresando como hablábamos hasta hace bien poco, con sus vocablos antiguos y esas ‘eses’ tan nuestras, por poner otros ejemplos, de sonido sordo y arrastrado, dulces donde las haya, y no las ‘otrassssesesss’, arrastradas y silvantes, con las que nos regalan a diario, sin contar, por supuesto, “lah patáh que de contino leh pegan al disionario“.

Quién sabe, me pregunto a veces, oyendo hablar a nuestros hermanos de Hispanoamérica –los mismos que conservan como un tesoro nuestra antigua forma de hablar-, si algunos de nuestros antepasados no sembrarían allí nuestro lenguaje para que después, ahora, recogiésemos el fruto que un día, llevados por la ignorancia, despreciamos sin sentido. Quién sabe, Florentino. El mundo da tantas y tantas vueltas…para luego a lo mejor regresar al mismo lugar desde donde partió.

“¿Sabéis dónde se conserva mejor el castellano?, nos preguntaba un profesor de lenguaje en el Instituto Fray Luis de León, en Salamanca, ante las sonrisas maliciosas de mis compañeros de curso cada vez que intentaba expresarme en la lengua de mis mayores. “En Las Hurdes“, contestaba aquel maestro, porque maestro por su magisterio era. “Y sabéis por qué. Porque su aislamiento les ha permitido conservar el castellano antiguo, prácticamente en su pureza“. Y ante el asombro de todos, se extendía en ejemplos y más ejemplos de académicos, profesores y demás amantes de la lengua -ya sé que hay y habrá gustos y tendencias para todos, lo mismo que existen, ante mi asombro, historiadores que desprecian las historias locales-, desde la lejana atención por los temas relativos a la Etnografía y el Folklore español iniciados en 1881 por el padre de los Machado, hasta los recientes estudios de la Universidad de Extremadura que hemos citado. Creo que fue entonces, sólo entonces, cuando aprendí a amar y respetar a mi tierra como algo hermoso, inherente a mí.

Y aun así, todavía hay detractores de nuestra forma de hablar, incluso entre nuestros mismos paisanos, pretextando que es sinónimo de ignorancia, propia de gente inculta. Y me pregunto, ¿qué entenderán por CULTURA? Hablando precisamente de ello, espero dedicarles en fechas próximas unas líneas de gratitud y reconocimiento público a aquellos alburquerqueños, supuestamente analfabetos -ocasiones tendremos para darnos cuenta de nuestro craso error-, en especial a aquellos otros, trabajadores infatigables del campo que, bajo el epíteto doloroso de catetos, marinos o campusinos, entre otros calificativos hirientes con los que solemos zaherirlos -la verdad es que cada vez menos-, han sido en cambio, para colmo de nuestro estúpido orgullo de ‘seres privilegiados’, depositarios anónimos de una parte importantísima de nuestro patrimonio cultural, recogido y transmitido de generación en generación hasta conformar lo que hoy es, a pesar de muchos, nuestra propia intrahistoria tan vilipendiada como siempre.

Que qué pretendo con tal exposición. Simplemente constatar que en todos los sitios se cuecen habas, y lo que hoy se habla, a lo mejor ya lo hablábamos antes, y lo que ahora es nefasto, mañana no lo es, claro está que según en qué lugares o tribunas se diga y durante cuánto tiempo se repita en dichas zonas, llamémoslas de “influencia”, para que a algún académico de la lengua se le encienda una mañana la bombilla y exclame ¡eureka!…, y adiós, así, a “o(b)stáculo”, “se(p)tiembre”, “o(b)scuro”… ¿Y por qué no, digo yo, a (p)sicología, a o(b)stinación, a o(b)strucción…? ¿Por qué no? ¿No ha conseguido más de un docto académico, sirviéndose de su privilegiada influencia, incluir en el diccionario de la Real Academia de la Lengua un sinfín de vocablos de la “prov. Sal.” o “ú. en León y Salamanca“, excluyendo olímpicamente a Extremadura cuando en esta Región también se acostumbra a decir lo mismo?

Claro que, oh, maravilla de las maravillas, a partir de entonces, como en tantas ocasiones, ya puede darse por bueno lo que antes era deprimente, y así sentirnos orgullosos de que, por fin, a nuestros antepasados  se les haya reconocido no sólo parte de su habla sino que además -quién lo diría- implícitamente se les declare nada menos que “pioneros” de la lengua moderna, con reconocimiento, por supuesto, universal. Y lo irónico de todo esto es que los pobres míos se murieron pensando que “hablaban mal“, según las directrices políticas y académicas de entonces.

Y digo yo, Florentino, siguiendo con la ironía de siempre, que si hay comunidades autónomas que “escamotean” vocales a diestro y siniestro -permítaseme la expresión, cuando disimuladamente algunos desprecian nuestro matices verbales-, además de otros “libertinajes” lingüísticos -en muchísimos casos como nosotros-, y que incluso la misma Real Academia de la Lengua incurre, entre otras lindezas -porque mira que ha cambiado la gramática desde la escuela de don Pedro Márquez, nuestro maestro de la infancia, p’acá– que se le puedan quitar, como digo, la “pe” de “parra” a septiembre y la “be” de “bachillerato” a obscuro. Y puestos a ello, ¿por qué no animarles a que borren, por ejemplo, la ‘equis’ y la ‘pe’ de ‘expresivo’ y ‘excepción’ cuando ya a casi nadie las oyes, y como nosotros, desde tiempo inmemorial, convertimos la ‘equis’ en simple ‘ese’, sin que nada ocurra? Y me pregunto, ¿cuánto tiempo tendremos que esperar para que suceda, siendo, como somos -que hay que jorobarse-, “pioneros” de la lengua?

En nuestra “antigüedad”, no sé si recuerdas, había casas, siguiendo las directrices de la sociedad de entonces, en las que se decía al muchachuelo de turno: “Tu no hableh’j’así, c’aluego vah p’ahí fuera y se ríen de ti“… Y así nos fuimos olvidando -nos fueron obligando a olvidar- nuestra forma de expresarnos y con ella el riquísimo vocabulario que heredamos de nuestros mayores.

¿Ejemplos? A millares. Ahí van algunas frases en las que se incluyen palabras que te subrayo, por cierto recogidas de la Real Academia de la Lengua, desconocidas por muchos:

*Cuando barruntó lo qu’iba’currí, se puso com’un basilihco, lió loh bártuloh y

*Mira, muchacha, que m’han dicho qu’ese muchacho eh’j’un candongo como su agüelo

*Chacho, si llegah a ve la ehcarapela (también, la’hcarapela) c’allí se formó

En fin, ¿y si tanto nos avergüenza nuestro modo de hablar -hasta hay quien lo detesta-, a qué viene emocionarse entonces con los versos de Luis Chamizo o de Gabriel y Galán, por poner dos ejemplos, a pesar de que la mayoría de sus giros y palabras ni siquiera se hablan en el resto de la Región, y sí en un espacio reducido de Extremadura, elevado por muchos a la categoría de ‘castúo’, una ‘lengua’ que jamás existió y que en el imaginativo popular se tiene como habla extremeña?

Por ello me apetece, como final de esta última carta, ofrecerte los siguientes regalinos que a menudo en la dialéctica diaria se nos olvidan -¡qué hermosura, por otro lado, de diminutivos, y qué pena que se nos pierdan, ¿verdad?!-, cuando, entre bromas, los reproduces a quien los dijo, y después de escucharlos, te miran sorprendidos y contestan incrédulos: “Anda ya, ¿y yo hablo así…?”. Y es que ahí está, Florentino, lo maravilloso del lenguaje, que lo aprendiste de chiquinino en la calle -la otra escuela de la vida- y al final te das cuenta que terminas por hablar como siempre hablaste y hablaron tus mayores. Y si por casualidad -menos mal que cada vez ocurre menos, a Dios gracia- se te ocurre ponerte fino… -me sé de algunos que lo consiguieron nada más llegar a Badajoz-, ay, amigo, entonces el diablo te enreda la lengua confundiendo las ‘ces’ con las ‘eses’ y ‘zetas’, y otros correctivos más. Por cierto, ¡qué distintas las ‘eses’ canarias -¿también a ellos les dirán cómo pronunciarlas?- a esas otras tan insoportablemente silbantes con las que los medios de comunicación sonoros nos castigan a diario! ¿Y las de Alburquerque? ¿A dónde irán, Florentino, las de Alburquerque? A lo mejor, por qué no, hasta existe un cielo para las cosas perdidas y robadas. ¿Y para los diminutivos? ¿Habrá también un lugar para nuestros diminutivos como cachino, cachinino, cachirrinino, o chiquinino y chiquirrinino, o mijina, mijinina y mijirrinina, de infinitas ternuras y de significados muy específicos, tan difíciles de encontrar en otros dialectos y lenguas foráneas?

A propósito, por qué ese afán desmedido por lo de afuera, y no me refiero al castellano, idioma que por supuesto se ha de enseñar como base de nuestra cultura, aunque ello no deba significar que por sistema se ignore, o en el peor de los casos se menosprecie el habla del lugar –”respeto cultural“, que se dice- sino que por el contrario debiera enseñarse en la escuela, e incluso utilizarse por quien lo estime oportuno; por qué no, cuando existen idiomas en España que puestos a arrastrar ‘eses’ , a ‘quitar’ vocales y a unir unas palabras con otras, lo hacen desde luego mucho mejor que nosotros -claro, que para eso en su momento se elevó a la categoría de idioma-, y cuando además, y he aquí lo maravilloso de la vida, amigo Florentino, después de la enseñanza académica de turno, terminamos siempre por expresarnos de la misma forma que nos transmitieron nuestros mayores.

Por eso tenemos que ser nosotros -sólo nosotros, porque nadie vendrá de afuera a echarnos una mano en tan hermosa tarea- quienes hemos de respetar nuestra bendita forma de hablar, empeño en el que, como pueblo, debiéramos estar involucrados cada uno de los alburquerqueños, sin excepción alguna, con la máxima autoridad local a la cabeza, a fin de conservar el que es sin duda, o al menos así lo creo, el bien más preciado de nuestro patrimonio: el lenguaje, o lo que es lo mismo, el “conjunto de sonidos articulados con que el hombre manifiesta lo que piensa o siente“. Nada más y nada menos.

Y así en libertad, sin nadie para corregirnos, al calor de la tradición y los sentimientos, te regalo, como decía, este manojillo de frases que a mucha honra seguimos, y seguiremos diciendo, le pese a quien le pese:

*”Que te paj’a ti…” o “Que te paje a ti…”.

*”Poco máh’j’o menoh“.

*”Lo c’hay c’oí” o “Lo que hay c’oí“.

*”¿No’rdá?” o “¿No verdá?“.

*”¿Pi por que?“, “Cucha, ¿pi’tonse?“, “Poh’j’eso“, “Poh’j’anda“.

*”En ca de…”, “En cata de…”,

Y también por eso, con igual honra, utilizamos sin saberlo -ni falta que nos hace- palabras castellanas que nos han obligado a rechazar por inusuales o incorrectas, como chafallón, légamo, camellón, espetar, disloque, galbana, jubileo, julepe…, sin contar aquellas otras que, por poner varios ejemplos, hablan en Salamanca, en Zamora o en Ávila, como abangar, ruche, recencio, lamber, regüetro…, o las que proceden de la lejana Hispanoamérica, como agilar (Cuba), algotro (Colombia y Guatemala), rente (Uruguay), embrocar (Honduras, México y El Salvador), hocicudo (Puerto Rico), meneón (Colombia y Puerto Rico), refalar (Chile), pringar (México y El Salvador)…, o del mismo Portugal como fechar o fechadura, ajeitarse, rabeón, rola, alaván, esmorecido, revirivuelta…, o sencillamente otras que, para alegría del alma, son nuestras –ahí na, amigo Florentino-, como aluego, drento, rahjuño, jumarera, ehplotío, resensio, endihpuéh, cudiao, emprehtá

A propósito de ello, te envío, con el permiso de la autora que me arrogo, un artículo de tu compañera de enseñanza, la escritora Marina Mayoral (Suplemento EL SEMANAL, de 26-9-99) que, con el título “Acento gallego“, me acaba de caer oportunamente en las manos cuando estaba a punto de cerrar esta última carta. Por la coincidencia de criterios, lejos por supuesto del valor idiomático, aunque eso sí muy cercano en el espíritu, he creído conveniente reproducírtelo a continuación para que, al menos, te sirva de calor y de apoyo en estas horas de posibles incomprensiones -que sé que estás pasando- entre tus propios compañeros juntamente con la incomprensión de los padres, y lo que es peor con las habladurías inevitables del pueblo y las interesadas decisiones del político de turno (Perdona si me he permitido marcarte en negrilla algunos de sus párrafos). Dice así:

“A mí me gusta que la gente tenga acento, que cuando hablan un idioma que no es el suyo se les note de dónde son: las raíces, el origen. Y me fastidia la prepotencia que en un país como España, rico en lengua y dialectos, tienen determinados acentos sobre otros.

Hasta los ocho años yo no me enteré de que tenía acento gallego. Donde yo vivía todo el mundo tenía acento gallego, eso era lo normal, así que todos pensábamos que no teníamos acento, que el acento lo tenían los otros, por ejemplo, la gente que salía en las películas, o los de las novelas de la radio, y también mi padre, que es de un pueblo de Toledo y se le notaba que hablaba distinto. De lo que sí me daba cuenta ya entonces era que el acento no le gustaba a la gente. Cuando mi padre, que siempre ha sido muy ‘niñero’, cogía al hijo de unos amigos en brazos, le decían: ‘háblale, háblale, a ver si coge el acento’. Era una broma, pero se notaba que les gustaba. Y lo mismo sucedía con Juanita, una niña andaluza que vivía allí, y con las madrileñas que aparecían en vacaciones; todo el mundo celebraba tanto su forma de hablar, y las niñas las escuchábamos encandiladas. O sea, que el prestigio, la gracia y el encanto lo tenían los de fuera, cosa que no suele suceder en otras comunidades lingüísticas donde se valora lo propio y se margina al extranjero, que por la cuenta que le tiene procura adquirir cuanto antes ‘el acento’ del país.

Hasta los ocho años yo estaba convencida de que el acento de mi padre y el del cine era un don especial que el destino deparaba a algunas personas, como el ser rubia, o tener los ojos claros. Pero yo me sentía casi normal. No por completo normal porque era mucho más alta y más flaca que todas las otras niñas de mi entorno, pero, en cuanto a la forma de hablar, ningún problema. Hasta que un día mi padre decidió que ya era hora de que conociese su pueblo y su familia.

La primera parada fue en Madrid, para visitar a una hermana suya, que en cuanto le oyó hablar le dijo ¡vaya acento gallego! A mí me dijo que era muy guapa, pero yo noté que no le gustaba, o sea, que no se quedaba encandilada como nosotras cuando aparecían las niñas madrileñas. En su casa vivían dos chicas de su pueblo, estudiantes, que leían montones de tebeos que después me regalaban. Deberían caerme bien, pero notaba que tampoco a ellas les gustaba, y un día, cuando ya me iba con los tebeos, las oía reírse y decir: ¡qué mona, pero con ese acento horrible, qué pena, verdad…!

Fue una dolorosa revelación. Yo sabía, porque lo había oído mil veces, que hablar gallego no era ‘fino’. El gallego lo hablan los aldeanos. Ninguna señora fina hablaba gallego, por Dios, qué ordinariez. Mi madre y mi abuela lo hablaban entre sí y con la criada, pero a mi padre y a mí nos hablaban en castellano, o sea, que en casa éramos gente fina, pero ahora resulta que no, que teníamos un acento ‘horrible’. ¿Qué iban a pensar de mí y de mi madre la familia de mi padre? Lo mismo que aquellas mozas, estaba claro. ¿Y qué podía hacer? Como no sabía en qué consistía mi acento no podía hacer nada por evitarlo. Podía fingir que estaba afónica y no soltar palabra, pero decidí que lo mejor sería imitar a las artistas de cine, igual que hacía cuando jugábamos a las comedias. Alguien comentó: ¡qué graciosa: habla como en las películas de Cantinflas! Pero yo mantuve mi acento hasta que el tren enfiló, camino de casa, los túneles de Ponferrada.

No volví a tener problemas hasta que me fui a Madrid para hacer la especialidad. Pero entonces ya habían pasado dos años inolvidables en Santiago de Compostela donde gentes magníficas como Ramón Piñeiro me enseñaron lo que significaba ser gallega. Y también me ayudaron a darme cuenta de que mi acento encajaba a la perfección en el idioma que hablaban mi madre y mi abuela entre ellas y que yo me puse a hablar sin ningún esfuerzo, y que era un acento musical, sonoro, dulce; hermosísimo. En la España de la meseta y del sur tardaron aún muchos años en darse cuenta, pero a mí ya no me molestaba, al contrario, me gusta que se note de dónde soy.

Y de pronto, desde hace unos cuantos años, más o menos desde que empezó esto de las autonomías, la gente ha dado en alabar mi acento. Puede ser que se les haya espabilado el sentido del oído. Pero prefiero creer que al fin vamos aprendiendo a respetarnos y estimarnos unos a otros, aunque seamos distintos, y a no pensar que sólo algunos tienen el monopolio del bien hablar español. Ojalá sea así”.

 

INTRODUCCIÓN SEGUNDA

 

Hace treinta años que daba por concluido el primer volumen de “Vocablos y usos alburquerqueños” (Depósito Legal: BA-438/1982). A partir de aquel instante, sin la dedicación de entonces pero con el mismo empeño de siempre, he ido a salto de mata recogiendo palabras sueltas de aquí y de allá, como dictadas al voleo, al tiempo que seguía recabando datos sobre nuestra querida intrahistoria, o lo que es lo mismo, profundizando en las tradiciones populares de nuestra Villa, tan a menudo denostadas.

Ahora, esta vez desde el apacible rincón de una carpeta envejecida por el uso, le ha llegado el turno, por fin, a este segundo volumen (Depósito Legal BA-98/2011) que espero sea lo más fructífero posible para compartirlo con vosotros, mis paisanos, y cuantos conmigo queráis disfrutarlo, aunque a tenor de la poca atención que, como digo, le dediqué hasta ahora, será una sorpresa, siempre agradable, averiguar cuánto de profundo es el pozo donde guardé cada trocito de papel dictado –nunca mejor dicho que a salto de mata-, o por el contrario qué desilusionante puede llegar a ser la esperanza cuando después de poner todo el empeño posible, compruebas que cuanto soñaste se queda sólo en eso, en un sueño imperfecto, aunque bello en su condición. Aun así, sin que todavía haya escudriñado nada en su interior, espero que no defraude las expectativas que tengo puestas en esta, seguramente, última obra sobre Alburquerque; y si así fuera, que no creo, me daré por satisfecho si consigo añadir una palabra más a lo que considero el primer patrimonio alburquerqueño, en este caso vivo, puesto que en base al mismo se ha construido en gran parte nuestra historia local.

Una vez transcurrido el tiempo –largo y corto a la vez-, a pesar como siempre de la influencia, para mí lamentable de los políticos, que no quisieron o supieron respetar nuestro patrimonio lingüístico, y de los profesionales de la educación – honrados por un lado a la vez que obligados por las circunstancias-, entre unos y otros, en fin, nos fueron obligando a olvidar parte de nuestras costumbres, obligados como estaban a conocer, conservar y transmitir, en este caso, la riqueza del habla de nuestra tierra, sin olvidar la fuerza nociva de los medios de comunicación, en especial los audiovisuales, que tan perniciosos han sido para nuestra cultura.

Me atrevería a decir, no obstante, como digo, que a pesar de un caso y otro –dentro de la ignorancia que me asiste- el léxico de Alburquerque no se ha degradado lo suficiente como para temer que al menos a corto plazo se pierda, aunque si no se toman las medidas oportunas, y en este caso responsabilizo igualmente a esta y a las Corporaciones locales que nos precedieron por no haber sabido, o querido –repito- valorar la riqueza de nuestra habla, es muy posible, como digo, que, a la vista de la experiencia de estos años, en poco tiempo desaparecerán muchas de las palabras que, como francotiradores de la historia, hemos ido recogiendo a lo largo de estos años.

Sí es verdad que, como hecho natural, están en desuso muchos de los giros y vocablos que escuchábamos de nuestros mayores e incluso otros que incorporamos en nuestras conversaciones diarias, algo que sin embargo en otras regiones no sólo no los desprecian sino que por todos los medios los conservan y los trasmiten.

Hablo sólo de sesenta y cinco años, que son los que tengo, pero me da la sensación que, de no ponerle remedio (1), a este ritmo en menos de medio siglo se nos habrá ido en gran parte lo que probablemente sea, según mi opinión, el patrimonio más importante de un pueblo: nuestra habla, aquella que nos hizo ser como somos, la misma que utilizamos para hablar, para escribir, para construir…, para enseñar, para relacionarnos, para dictar bandos  y ordenanzas…, para enamorarnos, para procrear, para asociarnos…, o lo que es lo mismo, la historia de un pueblo.

Aun así atesoramos -no sólo en personas de edad sino incluso en chicos y jóvenes que no tienen por qué avergonzarse por su forma de hablar- un sin número de rasgos fonéticos y morfológicos que desde siempre nos han caracterizados, como el seseo de la ‘c’ y la ‘z’ a principio de palabra, entre otras, los diminutivos –ino/-inino/-irrinino, el sonido expirado de la ‘j’ y la ‘g’…

Decía entonces a propósito que “Podría contaros de personas de otras regiones, de aquellas de quienes precisamente envidiamos su forma de hablar, que les gustaría expresarse tal y como nosotros lo hacemos, porque aseguran que nuestra habla es dulce y poética. Y, aunque no lo apreciamos, así es en realidad”.

En aquella obra se recogieron 3.058 vocablos, acompañados de varios apartados preliminares: una “Introducción” en defensa -cómo si no- del habla alburquerqueña a la que con posterioridad le añadí dos cartas que escribí a un buen amigo, maestro de escuela, amante como yo de nuestro léxico (revista “La Glorieta” números 35 y 36/ 1999, editada por el Ayuntamiento de esta Villa); unos modestos “Apuntes para una gramática”; algunos ejemplos de “Vulgarismos”; “Abreviaturas empleadas”; “Bibliografía y obras consultadas” y por último una escueta y sencilla “Metodología”.

Respecto a este último punto, para que sirva igualmente de recordatorio, recogeré exactamente lo que entonces exponía: “Cada palabra que relaciono alfabéticamente, según cada caso, irá precedida, entre paréntesis, de su forma correcta de pronunciarse (la ‘h’ corresponde a la ‘s’ muda, la ‘r’ final desaparece, etc.), así como de una o varias abreviaturas (adj., prep., v., f., etc.), de un asterisco (*) para, llegado el caso, indicar con ello que fue recogida del Diccionario de la Real Academia de la Lengua, su acepción o acepciones correspondientes y por último, entre paréntesis, de existir, el autor de quién ha sido tomada”.

En aquellos casos coincidentes con vocablos ya recogidos en el primer volumen, pero con acepciones diferentes, se reproducirán de nuevo a fin de darles una unidad más concreta en su concepto general.

Llegado a este punto no tengo más remedio que agradecer, como siempre hice en otras cuestiones relacionadas con nuestro pueblo, a todas aquellas personas que me ayudaron en esta laboriosa tarea, en especial, por no enumerarlas a todas, a quienes comparten conmigo sus mismas inquietudes, que no son otras que el amor por nuestra tierra, proporcionándome sus vocabularios personales para incluirlos en este trabajo, como son Jacinta Bravo Mayo y Juan Toledano Domínguez.

Al igual que hice en el primer volumen, recogiendo igualmente los vocablos de otros autores que coincidían con los de Alburquerque, esta vez, por falta de tiempo, sólo he podido acercarme al trabajo que, con el título “Vocabulario doméstico de la Alta Extremadura”, publica en 1985 Fernando Flores del Manzano en la Revista de Estudios Extremeños (Tomo XLI, pp. 325-351), dependiente de la Diputación Provincial de Badajoz.

Después de algunos intentos en revistas locales en cuyos espacios se fueron vertiendo parte de sus páginas, sin que en ningún caso llegara a feliz término, en la actualidad, desde febrero de 2008, se viene publicando en “Azagala” (revista independiente de información y cultura del Colectivo “Tres castillos”, de Alburquerque) un fascículo por cada número, concebido así para facilitar su encuadernación.

 

NOTAS

-(1)-Recientemente se acaba de editar un libro titulado Ecopunto Lingüístico. Ayúdanos a recuperar palabras en peligro de extinción, dentro del programa “Nuestros Mayores Activos”. Para llevar a cabo dicho proyecto “se instalaron unas urnas en las Universidades Populares de Extremadura, además de en dieciocho centros de mayores de la región, en las que los mayores introdujeron, mediante unas fichas de Extremadura”. No obstante, es ya un paso importantísimo que exista una concienciación por la recuperación de las tradiciones populares, sobre todo del léxico extremeño en sus distintas poblaciones.

Desconozco –además de lo dicho- qué sistema se ha utilizado para recopilarlas, qué equipo de profesionales se ha preocupado de llevarlo a cabo y si sólo es fruto de unos días y no de una continuidad como se debiera. Sólo sé, si me atengo al susodicho diario, que todo ello “es por tanto fruto del trabajo conjunto de numerosos profesionales que trabajan en las Universidades Populares y centros de mayores.

-(2)-En referencia a los vocablos facilitados por Juan Toledano Domínguez, he de hacer constar que los mismos, según me cuenta por escrito, han sido extraídos de “voces extremeñas, copiadas de un libro de 1963, que se titula “Vocabulario de voces extremeñas contenidas en el “Miajón de los Castúos” de Luis Chamizo.

APUNTES PARA UNA GRAMÁTICA

-Los vocablos que lleven ‘s’ se representarán con una “hache”, para indicar que ha de leerse con sonido sordo.

La jota y la ge se convierten de gutural en expirada, con sonido sordo (jota árabe).

En algunas palabras con -h- intercalada o a principio de la misma, tiene un sonido de jota aspirada, con sonido débil (ahondar: ajondá; hincar: jincá, etc.).

Conservación del pronombre personal “vos” en algunas palabras (sentaros: sentavoh; iros: divoh o dirvoh, etc.).

Es frecuente en el posesivo, anteponer el artículo (El mi niño, la mi casa, etc.).

Desaparición de la -y en el vocablo muy (Eh’j’un niño mu güeno).

En el plural de las palabras, la -s final se convierte en muda; esto es, se pronuncia pero con sonido sordo.

Transformación de la raíz fl- en fr-, a comienzo de palabra (flauta: frauta; flecha: frecha, etc.).

Hay ciertos vocablos a los que se le añaden la raíz es- (tijeras: ehtijerah; tenaza: ehtenasa, etc.).

Aparición de la consonante “de” en algunas palabras (querrás: quedráh; ir: dí, etc.).

Desaparición de la vocal intermedia -i- en aquellos vocablos como experiencia, por ehperensia, o conciencia, por consensia.

Igualmente ocurre en ciertas frases con la preposición “de”, en mitad de la oración (“Dame un poco de leche”: “Dame una poca leche”).

Existen palabras en castellano que pertenecen al género femenino y sin embargo en Alburquerque se toma como masculino (una cerilla: un serillo; un poco de agua: una poca d’agua, etc.).

Se suele utilizar el nombre de la profesión del marido para referirse a su esposa (l’albañila, la notaria, etc.).

La consonante f- a principio de palabra, se convierte en jota sorda (fuerte: juerte; fuera: juera; en este caso, a principio, se refuerza a veces, con la vocal a-: ajuera, etc.).

-La s- a principio de palabra es sonora (sapo). Sin embargo cuando la -s- va intervocálica, tiene un sonido sordo y arrastrado (alassena).

-Las palabras que comienzan por c- y z- (también en aquellos casos en que se hayan entre vocales), excepto por ca-, co- y cu-, se convierten en ese (cine: sine; zalamero: salamero; cacería: casería; cazuela: casuela, etc.).

A principio de palabra, la raíz an- se convierte en -en (antipático: entipático; anteojeras: entojerah, etc.). En cambio en otras que se inician con em- o en-, lo hacen en am- o an- (embozo: amboso; entrar: antrá, etc.).

Los vocablos cuya raíz comience por des-, seguida de las consonantes -v- o -b-, desaparecen éstas, convirtiéndose en -f- (desbaratar: dehfaratá; desván: dehfán, etc.).

Las palabras que empiezan por ins-, desaparece la consonante intermedia, o la raíz -ins, convirtiéndose en es-, o las consonantes intermedias -ns- (instrumento: intrumento, ehtrumento o itrumento; instancia: intansia, ehtansia o itansia, etc.).

Aparición de la vocal a- o la raíz ar- o des- a principio de palabra, con el fin de reforzar aún más la acción (huir: ajuí; registrar: arregistrá; seguro: deseguro, etc.)

-Sin embargo, en ciertas ocasiones, desaparecen la a- o d- inicial (ahorrar: jorrá; destripar: ehtripá, etc.).

Las consonantes -s-, -j- y -z- en mitad de palabra, expiran y desaparecen, con sonido sordo (trastero: trahtero; mujer: mujé; bizcocho: bihcocho, etc.).

Hay casos en los que la -c- en mitad de palabra, desaparece (víctima: vítima; doctrina: dotrina, etc.).

Lo mismo ocurre con la -i- en ciertas palabras como conciencia (consensia), paciencia (pasensia), etc..

-Existen vocablos donde la -r- y la -n- intermedias se convierten en ele (reserva: reselva; por dentro: pol’drento; abandonar: abaldoná; panero: panelo, etc.). Incluso, sin tenerlas, se le añade la misma ele (abundante: albundante; podrido: poldrío, etc.).

La -g- intervocálica suele convertirse en -b-, o incluso desaparecer (agujero: abujero; aguja: abuja, auja o uja, etc.).

-Las consonantes -l, -z, -r, -j  al final de palabras, desaparecen, acentuándose la vocal última y haciéndose más abierta (corral: corrá; capataz: capatá; pedir: pedí; reloj: reló), excepto en palabras llanas (lápiz: lapi; ángel: ange, etc.).

Si en el plural va el nombre acompañado del artículo correspondiente, éste último indicará el número, y la vocal del final del nombre, desaparecida la -s (ésta se pronuncia, aunque con sonido sordo), se hará más abierta de lo normal (los campos: loh campoh; las mesas: lah mesah, etc.).

Cuando el artículo va en plural y la palabra siguiente empieza por vocal, la -s del primero se aspira, apareciendo entre ambas una -j- expirada (los árboles: loh’j’arboleh; las avispas: lah’j’avihpah, etc.).

-Las terminaciones de diminutivos más frecuentes son en -ino / -ina (suave: suavino) y -ecito / -ecita (traje: trajecito), y ya menos usual, en -inino / -inina y -irrinino / -irrinina  (chico: chiquinino y chiquirrinino) y -ecino / -ecina (pie: pie(c)sino).

Los verbos que acaban en -arse, -erse e -irse pierden la consonante erre, arrastrándose la ese intermedia, con sonido sordo (quejarse: quejase; caerse: caese; venirse: venise, etc.).

Las palabras que terminan en -adero, -edero, etc., desaparece la -d- intervocálica (madero: maero; comedero: comeero, etc.). Lo mismo ocurre con los vocablos que acaban en -udir; en este caso además, por ser aguda, se acentuá la vocal final (acudir: acuí; empercudir: empercuí, etc.).

-Sin embargo cuando terminan en -ada, -edo, etc., desaparece dicha sílaba, acentuándose la vocal anterior (trastada: trahtá; dedo: deo, etc.), excepto en -ido, que se acentúa en la penúltima (herido: jerío; podrido: podrío o poldrío, etc.).

 

Creo que debemos estar de acuerdo en señalar que si hay un hecho diferencial que caracterice las distintas hablas extremeñas son sin duda su entonación y pronunciación, las mismas que determinan, más que ninguna otra, la personalidad de cada pueblo. Así vemos cómo en tan sólo veinte kilómetros a la redonda de Alburquerque existen localidades como La Codosera, Villar del Rey y San Vicente de Alcántara donde el habla de cada una es completamente distinta a las otras, a pesar de que por lógica tengamos rasgos comunes que nos diferencian.

Por tanto, aunque me considero lego en la materia, soy más que consciente de su importancia. Por ello, mientras llega ese alguien que tome el relevo -ojalá que sea pronto-, a pesar de que se repitan conceptos, recogeré no obstante algunos de los rasgos fonéticos del habla alburquerqueña entresacados de los trabajos aparecidos en la Revista de Estudios Extremeños de 1936 y nº 2 (Agosto, 2003), elaborados respectivamente por Francisco Santos Coco y por José Antonio González Salgado, con los títulos “Particularidades lingüísticas de Extremadura” y “La fonética de las hablas extremeñas“.

Entre las particularidades fonéticas, el primero de ellos apunta, por ejemplo, que “en algunos pueblos, especialmente de la frontera, como Alburquerque, la ‘o’ se cierra hasta parecer una ‘u’“.

La ‘a’ “se omite con mucha frecuencia en principio de dicción: butarda, por abutarda; brazaera y bujero, por abrazadera y agujero. Con la misma asiduidad se da el fenómeno contrario: aluego, por luego“.

La ‘e’ “se sustituye por ‘a’ muchas veces: calandario. Más frecuentemente por ‘i’ y esto es más típico del habla extremeña, como se ha dicho: intierro”. Sin embargo “en medio de palabra con frecuencia se pierde: esprimento, por experimento“.

La ‘i’ se “usa como ‘e’ en muchas palabras: creminá, defunto, por criminal y difunto. Se pierde algunas veces en los diptongos ‘ie’, ‘iu’: deciseis, trunfo“.

La ‘b’ “además de perderse en sílaba cerrada y en posición intervocálica, en el habla vulgar, como en otra regiones (adicar y ostáculo, por abdicar y obstáculo), muchas veces se encuentra sustituida por ‘f’ (desfaratar, por desbaratar)“.

Con referencia a las palabras que comienzan, como hemos dicho, por c- y z-, excepto por ca-, co- y cu- (también en aquellos casos en que se hayan entre vocales), y se convierten en ese, nos cuenta que el seseo se extiende “en una faja que va desde Alburquerque por todo el occidente de la provincia, hasta Huelva, internándose en algunos pueblos de la comarca de los Barros, como Fuente del Maestre“, etc.

José Antonio González Salgado trata otras particularidades morfológicas y sintácticas participando que la “s apico-alveolar de tipo castellano domina la mayor parte de la provincia de Badajoz: la variante coronal se advierte principalmente al oeste, junto a la frontera, en San Vicente de Alcántara, Alburquerque, La Codosera, Villar del Rey, Talavera la Real y Badajoz” (Navarro Tomás, T. Espinosa, A. y Rodriguez-Castellano, L.: “La frontera del andaluz“. Revista de Filología Española, XX, págs. 225-277. 1933).

Continúa contando que “desde el siglo XIV se conoce en toda Castilla la conversión de -s (se refiere a la ese final) implosiva en una articulación palatal, casi siempre ante ca, co, cu, que, qui (se escribía, pues, con la x propia antiguamente de sonido palatal: caxco, máxcara, moxca, coxquilla (…) Pero en algunos lugares es posible que siguieran a la vieja palatal en su camino hacia la garganta: es decir, cuando páxaro pasó a pronunciarse con ‘jota’ eso mismo pudo ocurrir en caxco o en moxca (hechos algo así como cajco o mojca (…) y esa velarización pudo generalizarse y realizarse como sonido aspirado” (Narbona, A., Cano, R. y Morillo-Velarde, R.: “El español hablado en Andalucía”. Barcelona, 1998).

Para no alargar el tema, teniendo en cuenta que existen multitud de autores a los que acudir para este y otros aspectos relacionados con la importancia de nuestro léxico, entresacaré para finalizar algunas anotaciones más del mismo trabajo.

La -d no se conserva en ningún caso, como la -r (pared: paré).

La -z es aspirada, como en la -s.

Como hechos aislados, la neutralización de la ele y la erre en los grupos consonánticos ‘gl’ (iglesia: ilesia), ‘pl’ (plástico: práhtico) y ‘bl’ (ombligo: ombrigo).

Aparición de la ele en -rr- intervocálica (cagarruta: cagaluta) y la be en -m- intervocálica (lamer: lamber).

Desaparición de la -g- intervocálica en migaja (miaja) y aguja (auja), así como la -r- en la preposición ‘para’ (pa).

EJEMPLOS DE VULGARISMOS

EXPRESIONES:

* “Poh’anda” o “Poh’j’anda” por “Pues anda”.

* “Qué te p’aje a ti” por “Qué te parece a ti”.

* “De que pasen unoh díah” por “Cuando pasen unos días”.

* “Echa’l bofe” por “Echar el bofe”.

* “En ca de” por “En casa de”.

* “En cata de” por “En busca de”.

* “Vel’ahí” por “Ve ahí”.

* “Cucha, ¿pitonse?” por “Anda, ¿y entonces?”.

SUSTANTIVOS Y NOMBRES:

Penícula o pinícula por película; gómito por vómito; biñuelo por buñuelo; machucón por machucadura; paso por pedazo; albejaruco por abejaruco; desámen por exámen; ivierno por invierno; alabansia por alabanza; rajuño o rajón por rasguño o rasgón; cudiao por cuidado; comenensia por conveniencia; jumarera por humareda; ilesia por iglesia y ehplotío por explosión.

ADVERBIOS:

Drento por dentro; juera por fuera; aluego por luego; antié por anteayer; onde o endi por donde; de contino por de continuo; así o asina por así; antavia, entavía o entovía por todavía y endihpuéh por después.

ADJETIVOS:

Ehcuro por obscuro; defise por difícil; ehtuto por astuto; mehmo por mismo; damboh por ambos; algotro por otro; redículo o redícalo por ridículo y anguno por alguno.

VERBOS:

Enfuhcase por ofuscarse; sentavoh por sentaos; reyendo por riendo; hadré por haré; comévohlo por coméroslo; dí por ir; trujo por trajo; diendo por yendo y emprehtá por prestar.

OTROS:

Naide por nadie; dende, ende o endi por desde, etc.

METODOLOGÍA

Cada palabra relacionada alfabéticamente irá precedida, entre paréntesis, de su forma correcta de hablarse (la hache corresponde a la ‘ese’ muda; abreviaturas (‘m’, masculino; ‘adj.’, adjetivo…); el signo * indica que fue recogida directamente del Diccionario de la Real Academia de la Lengua con su acepción o acepciones correspondientes. Por último, igualmente entre paréntesis, el autor de quién se tomó el vocablo respectivo de igual significado en Alburquerque.

ABREVIATURAS EMPLEADAS

* Recogida de la Real Academia de la Lengua.

Adj. – Adjetivo.

Adv. – Adverbio.

Amér. – América.

And. – Andalucía.

Ant. – Anticuado, antiguo.

Ar. – Arabe.

Art. – Artículo.

Aum. – Aumentativo.

Bot. – Botánica.

Despect. – Despectivamente.

Dim. – Diminutivo.

  1. – Femenino.

Fam. – Familiarmente.

Fig. – Figurado o figurada.

Germ. – Germanía.

Interj. – Interjección.

  1. – Masculino.
  2. – Plural.

Prep. – Preposición.

Prov. – Provincia.

P.us. – Poco usado.

Sal. – Salamanca.

Sup. – Superlativo.

  1. – Verbo.

Vulg. – Vulgarismo.

 

A

 

ABAJAR (abajá): v. Por bajar.

ABAJOTE: Muy abajo (Antonio Murga Bohiga) / * adv. vulg. aum. de abajo (en lugar, o parte inferior).

ABALORIOS (abalorioh): (se utiliza en plural) m. Joyería de poco o ningún valor / * Conjunto de cuentecillas de vidrio agujereadas, con las que, ensartándolas, se hacen adornos y labores.

ABANGAO – GÁ: adj. Se dice del árbol cuyas ramas se tuercen o inclinan hacia el suelo por el peso del fruto / Cualquier material que ha cedido por el peso y está combado (Aurelio Cabrera Gallardo).

ABANGAR (abangá): v. Curvarse o hundirse el tejado de una casa / * v. prov. Sal. Torcer, encorvar la madera / Alabearse.

ABANZARSE (abansase): Por abalanzarse (Antonio Viudas Camarasa).

ABARRANCAO – CÁ: adj. Dícese de la persona llena de deudas, abatida, enferma, sin fuerzas para valerse (Aurelio Cabrera Gallardo).

ABARRANCAR (abarrancá): * v. Meterse en lance o negocio del que no se puede salir con facilidad.

ABATANARSE (abatanase): v. Encogerse los tejidos, sobre todo los de lana / Dícese de los tejidos de punto que al lavarlos quedan encogidos y con mal aspecto.

ABATE: adv. Por poco (Antonio Viudas Camarasa).

ABEJARUCO: m. y f. Persona muy bruta (Antonio Murga Bohiga).

ABELLANA: f. El fruto del cacahuet (Antonio Viudas Camarasa).

ABELLANADA (abellaná): adj. “Bellota abellanada”, bellota casi seca (Antonio Viudas Camarasa).

ABELLANERA: f. Bellotas dulces que se conservan avellanadas para comerlas la familia (Antonio Viudas Camarasa).

ABOCADO – CÁ (abocao – cá): adj. Propenso,  inclinado a, dispuesto, pronto o a punto de hacer una cosa.

ABOMBAR (abombá): v. Curvarse o hundirse el tejado de una casa.

ABRIGÁ: Por abrigadero (ant. Lugar resguardado de los vientos).

ABUJA, AUJA o UJA: Por aguja.

ABUJERO (aujero o ujero): Por agujero.

ABURRIDERO (aburriero): Aburrimiento (Antonio Murga Bohiga).

ACABADERO (acabaero): Final, límite.

ACABOSE: Colmo, locura.

ACACHINAR (acachiná): v. Acochinar, 1ª acep. Usase también en Salamanca.- Dar cachete, matar un animal (Aurelio Cabrera Gallardo).

ACEDO (aseo – asea): * adj. ácido, agrio.

ACERAO (aserao): Acera (Antonio Murga Bohiga).

ACERO (asero): m. Cortafuego.

ACIO (asio): adj. Inapetente, indolente, dejado, soso.

ACITUNA (asituna o situna): f. Por aceituna.

ACONDUCHAR (aconduchá): v. Repartir el pan y el conducho o consumo que con él se ha de comer, de forma que no falte ni lo uno ni lo otro / Ahorrar o reducir el consumo de cosas de calidad, sustituyéndolas por otras de menos valor (Aurelio Cabrera Gallardo) / * Proveer de conducho (Conducho: Comestibles que en calidad de tributo podía pedir a sus vasallos los señores feudales / Comida, provisiones, bastimento).

Ver CONDUCHO.

ACOQUINAR (acoquiná): v. Pagar / * fam. Acobardarse, amilanarse, hacer perder el ánimo.

ACORDAR (acordá): v. Despertar, caer en la cuenta.

ACUIR (acuí): Por acudir.

ACHAPARRADO – DA (achaparrao – rrá): adj. Se dice de los árboles poco altos y bien formados / * adj. Aplícase a la persona gruesa y poco alta.

ACHIPERRES (achiperreh): s.p.m. Trastos viejos, enseres de poca utilidad, que estorban (Aurelio Cabrera Gallardo) / (En Alburquerque, en plural) Aperos de labranza / Fig. Cosas sin importancia y de poco valor.

ADÁN: * Hombre apático, perezoso y descuidado.

ADELANTO: * Anticipo.

ADEREZO (en Alburquerque, aderesoh, en plural): * Juego de joyas, compuesto generalmente de collar, pendientes y pulsera.

ADOBO: * Cualquier caldo, y principalmente el compuesto de vinagre, sal, orégano, ajos y pimentón, que sirve para sazonar las carnes y otras cosas.

ADORMILERA: f. Somnolencia.

ADOTIVO: Por adoptivo.

ADRENTO o DRENTO: Por adentro.

AFOTO: f. Fotografía.

AFRENTARSE (afrentase): v. Conserva en Alburquerque la reflexiva de “verse obligado a pedir dinero prestado a otro” – En el Dic. 2ª acep. “poner en aprieto o lance capaz de ocasionar vergüenza o deshonra” (Aurelio Cabrera Gallardo).

AFRICANAS (africanah): f.p. Pendientes redondos (Antonio Viudas Camarasa).

AGAÑOTAR (agañotá): v. Apretar el cuello, estrangular. Ahogar a una persona o animal apretándole el cuello (Antonio Murga Bohiga).

AGARRADO – DA (agarrao – rrá): adj. fig. Quemarse (relativo a la comida) / * adj. Tacaño / Dícese del baile en que la pareja va estrechamente enlazada.

AGARRAERAS (agarraerah): (se utiliza en plural) Amistades influyentes (Antonio Murga Bohiga).

AGARREDERAS (agarreerah): * Agarradero.

AGATEAR (agateá): v. Trepar, subir / Por gatear (Trepar como los gatos, y especialmente subir por un tronco valiéndose de los brazos y las piernas).

AGILAR (agilá): Se dice: “Agila p’alante o p’alantre” (andar presto) / Estudiar, pensar, desvanarse los sesos / Avispar / Estar presto a / * En Cuba, vulgarismo usado por andar deprisa, abreviar.

AGOSTADERO (agohtaero): * Sitio donde agostan los ganados.

¡AGUA!: Interj. Denota exclamación de alegría, tristeza, etc. (Se dice: “¡Agua loh chochoh, María, qu’ehtán salaoh!”.

AGUACHINADO – DA (aguachinao – ná): adj. Empapado en agua.

AGUACHIRLI: m. Se dice del café aguado / * Aguachirle: Cualquier licor sin fuerza ni sustancia.

AGUADERAS (aguaerah): * Soporte de esparto, hierro, madera, etc., que se coloca en las caballerías para llevar cántaros, barriles, etc., agua u otra cosa.

AGUAMIEL (aguamié): m. Arrope.

AGUANIEVE: * Agua que cae de las nubes mezclada con nieve / AGUANIEVES: Aguzanieves.

AGUAO: v. Cansado de andar, no es más que el p.p. de aguar, 4ª acep. (Aurelio Cabrera Gallardo).

AGUAPIÉ: * Vino de poca fuerza que se hace echando agua en el orujo prensado.

AGUARIJA: s.f. Aguadija, por cambio de la ‘d’ en ‘r’ (* Humor acuoso que se forma en los granos o llagas) (Aurelio Cabrera Gallardo).

AGÜIJA: f. De agua, aguarija (Aurelio Cabrera Gallardo).

AGUILILLA: adj. Avispado / Alcahuete / Persona que se dedica a hacer recados.

AINA: * Por poco, casi / Presto, luego, al instante.

AINAINA: Por poco, casi.

AIRE: m. Hemiplejía (Antonio Viudas Camarasa) / Mal que padece una persona sin saber lo que tiene. Se dice: “L’habrá cogí’un mal aire”.

¡AIRE!: Interj. Denota exclamación de alegría, tristeza, etc.

AJECHAR (ajechá): Por ahechar (limpiar el grano con harnero o criba).

AJEITARSE (ajeitase): v. Tener jeito, tener maña para hacer algo con provecho y utilidad, deriva de ‘a’ y ‘jeito’. En portugués ‘ageitarse’, de ‘a’ y ‘geito’, destreza, habilidad; y en gallego ‘ajeitar’, acabar bien las cosas (Aurelio Cabrera Gallardo).

AJETAR (ajetá): v. Darse maña, tener habilidad para algo.

AJO CASTAÑO (ajo cahtaño): Ajo pequeño cuya cáscara es roja y de buena calidad.

AJO PORRO: m. * Puerro.

AJORRAR (ajorrá): v. Quedarse un animal sin cría (Antonio Viudas Camarasa) / En Alburquerque, jorra / despect. Se dice de la mujer que no puede tener hijos.

AJUIR (ajuí): Por huir.

AJUNDIRSE (ajundise): Por hundirse.

AJURRIAO – RRIÁ: adj. Anegación de una porción de tierra, después de haber sido cubierta por las aguas.

ALABANCIA (alabansia): * Alabanza, jactancia.

ALANTE: Por adelante.

ALANTITO: adv. Bastante adelante.

ALAVÁN: s.m. Muchedumbre de gente que concurre de pronto a un lugar tumultuosamente.- En portugués ‘alavao’, manada de ovejas lecheras (Aurelio Cabrera Gallardo).

ALBARICOQUE: adj. Bruto, necio.

ALBELLANA: f. fruto del cacahuet (Antonio Viudas Camarasa).

ALBELLANA AMERICANA: f. Castaña americana.

ALBILLA: f. Guisante.

ALBOLARIO o ALBORARIO: (Ver ‘arbolario’).

ALBÓNDIGA o ALMÓNDIGA: f. Bolita de mucosidad hecha con los dedos, después de hurgarse en la nariz.

ALBOROTAR (alborotá): P.us. Alborozar (causar mucha alegría).

ALCORNOQUE: * Persona ignorante.

ALDABÓN: m. Culebra ciega.

ALELUYA: f. Sonar de cencerros en la mañana de Resurrección (Antonio Murga Bohiga).

ALELUYAS (aleluyah): (se utiliza en plural) f. Habladurías / Rutinas / Subterfugios.

AL FAVÓ: Por hazme el favor.

ALGOTRO – A: * En Colombia y Guatemala, algún otro, alguna otra persona.

ALICANTINAS (alicantinah): (se utiliza en plural) f. Rutinas / Subterfugios.

ALILALLAS (alilallah): (se utiliza en plural) f. Rutinas.

ALMA: m. Hueso del cerdo, desde el cuello al vientre (Se tiene la creencia de que el alma del hombre se encuentra en la región que comprende la parte anterior del pecho).

ALMA DE CÁNTARO: m. y f. Que ni siente ni padece.

ALMENDAR (almendá): Por enmendar.

ALMILLA: * Cierto jubón sin mangas y ajustado al cuerpo que usaban las campesinas.

ALMÓNDIGA: Por albóndiga.

ALMORZAR (almorsá): v. Desayunar.

ALMUERZO (almuerso): m. Desayuno.

ALPISTARSE (alpihtase): v. Emborracharse.

ALPISTE (alpihte): m. Vino (Antonio Viudas Camarasa).

ALQUILINO: Por inquilino.

ALREDOR (alreó): * adv. And. alrededor.

AL TRASTESÓN (al trahtesón): De vez en cuando / Hecho realizado con interrupción.

ALUEGO: * adv. Vulgarismo usado por luego.

ALUMBRAR (alumbrá): * fig. y fam. pegar, dar golpes a alguien.

ALVELLANA: Por avellana.

ALVERTIR (alvertí): Por advertir.

ALZAPÓN (alsapón): * m. prov. Sal. Portezuela que tapa la parte anterior de los calzones y de alguna clase de pantalones.

AMACHAMARTILLO: Seguro, firme.

AMANTELAR (amantelá): Por amartelar (Dar cuidado amoroso).

AMARTILLAR (amartillá): v. Dar cuidado amoroso / Asegurar muy bien / Confabular.

AMASIJO: * Porción de harina amasada para hacer pan.

AMBOSÁ: s.f. Ambuesta.- En Salamanca, ambuelza, embuelza y embueza; en Valenciano, ambosta; y en catalán, almosta. En todos, grave, y en Alburquerque aguda (Aurelio Cabrera Gallardo).

AMARTIYAO – YÁ: Deber ser p.p. de amartillar; compárese el portugués ‘amartellado’, que significa también persuadido (Aurelio Cabrera Gallardo).

AMOCHUELADO – DA (amochuelao – lá): adj. Persona bruta.

AMOLLECER (amollesé): v. * ant. Ablandar.

AMOLAR (amolá): * v. Molestar, enfadar.

AMONTONADO – DA (amontonao – ná): * Amontonado: Amancebado.

AMORRAR (amorrá): * prov. Sal. Amodorrarse.

AMOS (amoh): Por vamos.

AMOTO: Por motocicleta.

AMULARSE (amulase): * prov. Sal. Enfadarse, enojarse.

ANDACAPADRES (andacapadreh): (se utiliza en plural) s.m. Confabulaciones, maquinaciones e intrigas ocultas (Aurelio Cabrera Gallardo) / m.p. Bisutería o joyería, recargada y de muy poco valor, que luce una mujer.

ANDANSIA o ANDANSIO: m. y f. Enfermedad epidémica leve (* ANDANSIA: Se dice en Cuba, León y Salamanca).

ANDOBA: m. Aprovechado, desaprensivo (Antonio Murga Bohiga) / * Este, tal, el consabido, el aludido.

ANGARILLAS (angarillah): * f.p. Aguaderas (Especie de cestas, unidas por un madero y colgadas a los hombros o en la grupa de un animal de carga, que utilizaban los pescadores o vendedores para transportar su mercancía de un lugar a otro).

ANGÁS: (se utiliza en plural) Tonterías, pamplinas.

ANGÉLICA: Bot. f. Hierba que se emplea en el tratamiento de heridas (Antonio Murga Bohiga) / * También tiene propiedades estomacales y aplicaciones en veterinaria.

ANGUARINA: f. Fig. persona apocada y sin luces. Inútil.

ANGUNO – NA: Por alguno.

ANTEOJERAS (anteojerah): f.p. Gafas, anteojos / En las guarniciones de las caballerías de tiro, pieza de vaqueta que cae junto a los ojos del animal y sirve para que no vea por los lados.

ANTIER (antié): * adv. fam. anteayer.

ANTIPARRAS (antiparrah): * f.p. Anteojos, gafas.

ANTIPATICÓN – NA: adj. Fam. Antipático.

ANTRUEJO: m. Día posterior al último de carvajal (En la Real Academia: Los tres días de carnaval).

AÑUGARSE (añugase): Por añusgarse.

APAPUJAO – JÁ: adj. Dícese de la persona excesivamente abrigada y que se cuida del frío (Aurelio Cabrera Gallardo).

APAREJAR (aparejá): * Colocar el aparejo a las caballerías.

APAREJAR LAS MANOS (aparejá lah manoh): v. Juntar las manos para recibir algo.

APARRANARSE (aparranase): Sentarse sin miramiento alguno, buscando solamente la comodidad (Antonio Murga Bohiga).

APENCAR (apencá): v. h. Andar deprisa y con alguna fatiga, acepción que, además de la que da nuestro diccionario, también se da en el dialecto salmantino / * Apechar, apechugar.

APERADOR – DORA (aperaó – ora): Por aperador (El encargado de cuidar una hacienda de campo o casa de labor).

APERGOLLAR (apergollá): v. Abarcar / Rodear la cintura / Agarrar, unir, juntar.

APERRADO – DA (aperrao . rrá): adj. Vago, que gusta de no hacer nada.

APESTAHIGO (APEHTAJIGO): Acción de echar o arrojar a una persona o animal de un sitio o lugar.

APICHAR (apichá): v.s. Azuzar a los perros unos contra otros, para que riñan. Este verbo debe ser variante del salmantino ‘apitar’, que en la Sierra de Francia significa ‘gritar’, y en el resto de la provincia ‘azuzar’ a los perros. En portugués, ‘apitar’, silvar; derivado de ‘apito’, pito (Aurelio Cabrera Gallardo).

APIPARSE (apipase): * Hartarse, atracarse.

APOIPAO – PÁ: adj. Mimado, consentido, niño mal criado (Aurelio Cabrera Gallardo).

APONTONAR (apontoná): Por apontocar (sostener una cosa o darle apoyo con otra).

APOQUINAR (apoquiná): * Entregar una cosa en el acto.

APORTAR (aportá): * Acudir a determinado lugar, acercarse, llegarse.

APREGUÑADO – DA (apreguñao – ñá): adj. Cosa que está menos esponjosa o hueca de lo que se requiere para su uso / Dícese de los tejidos de punto que al lavarlos quedan encogidos y con mal aspecto.

APRESAGAO – GÁ: adj. Oprimido (Aurelio Cabrera Gallardo).

AQUEL (aqué): Apuro (Se dice: “Me d’aqué desile eso”).

ARAÑÓN: Por arañazo.

ARBOLARIO – RIA: adj. Persona o mujer farfullona; que se deja llevar por vanas ilusiones, de una imaginación demasiado aficionada a volar; inestable en sus opiniones y partidaria de pasarlo bien (Antonio Murga Bohiga) / *ARBOLARIO: * Mujer alocada, exajerada, aspaventosa.

ARBULARIO: adj. Arbolario o herbolario.- Conserva en Alburquerque la ‘u’ originaria del latín ‘hérbula’, que en castellano cambió por ‘o’ por haber olvidado la etimología y relacionar la palabra con el subjuntivo ‘árbol’ (Aurelio Cabrera Gallardo).

ARDILLA: * Persona muy viva, inquieta y activa.

ARGAMULA: Bot. Planta herbácea que crece entre los sembrados de cereales. Es basta, con pelillos en sus hojas; crece casi como un arbusto, un poco más de medio metro, y si no fuera anual, por su altura y bastedad, se diría que es arbusto (Antonio Murga Bohiga) / * prov. And. Lengua de Buey (planta borragínea medicinal).

ARLEQUÍN: m. Pedazo de madera de encina con ganchos, de donde se cuelgan las reses para desollarlas (Antonio Viudas Camarasa).

ARMATROSTE (armatrohte): Por armatoste (Cualquiera máquina o mueble tosco, pesado y mal hecho).

ARMOTRETO: m. Armatoste.

AROPLANO: m. Avión.

ARRAMPLAR (arramplá): v. Llevarse algo que interesa (En la Real Academia: de la Lengua ‘ARRAMBLAR’: Llevarse codiciosamente todo lo que hay en un lugar) / v.s. Cargar con todo, llevárselo todo sin dejar nada. Es la 2ª acep. que ‘arramblar’ tiene en n/Dic., pero aplicada a personas, como se aplica también vulgarmente en Castilla, en la frase “fulano arrambló con todo”. El refuerzo de la ‘b’ es también vulgar en Castilla (Aurelio Cabrera Gallardo).

ARRANCHARSE (arranchase): v. Sentarse cómodamente, ocupando además el sitio de otro / Cogerse el mejor sitio.

ARRASTRADO – DA (arrahtrao – trá): adj. Pícaro, pillo, bribón / Por arrastrado (Dícese de la persona pobre, desastrada y azarosa).

ARRASTRAERO (arrahtraero): Un penar, un sufrimiento (Antonio Murga Bohigas).

ARREATAR (arreatá): * Reatar.

ARREBANAR (arrebaná): Por rebanar (Se dice: “Le’rrebanó’l pehcueso” (le cortó el cuello) y “Arrebanó’l pan” (cortó el pan en tostadas).

ARREBAÑAR (arrebañá): Por rebañar (Limpiar los restos de algo) (Se dice: “Arrebañó’l plato”).

ARREBUJARSE (arrebujase): v. Acurrucarse / Envolverse en algo / * Cubrir bien y envolver la ropa de la cama o con alguna prenda amplia / v. Vivir maritalmente sin estar casados (Antonio Viudas Camarasa).

ARREBUJO: Por rebujo (envoltorio o lío, desaliñado de papel, trapos, etc. / Confusión en las palabras o ideas).

ARRECADAR (arrecadá): * prov. Sal. Guardar bien, poner a buen recaudo.

ARRECIAR (arresiá): * Ir aumentando en fuerza, intensidad o violencia alguna cosa (Se dice: “¡Com’arresia’l agua”).

ARRECIDO – DA (arresío – sía): * adj. Dícese del que se hiela o muere de frío.

ARREGLARSE (arreglase): v. Componerse para salir de paseo / Comprometerse dos novios formalmente / Reconciliarse.

ARREJUNDIR (arrejundí): * prov. Sal. Redundar / prov. Sant. Aprovechar, lucir.

ARREJUNTAR (arrejuntá): * En Méjico, juntarse, unirse, amancebarse.

ARREJUÑAR (arrejuñá): v. Arañar con fuerza.

ARREJUÑÓN: m. Arañazo.

ARRELLANARSE (arrellanase): v. Tenderse en el suelo / * v. Ensancharse cómodamente en el asiento.

ARREMATADO – DA (arrematao – tá): adj. Tonto, ido / Dícese de la persona con mala fortuna en el juego o que ninguna cosa le sale bien.

ARREMATAR (arrematá): * v. Rematar, acabar una acción, un trabajo.

ARREMPUJAR (arrempujá): Por rempujar (Hacer fuerza contra alguna cosa, principalmente a empellones).

ARREMPUJÓN: Por rempujón.

ARRENGADO – DA (arrengao – gá): Por derrengado.

ARRENGAR (arrengá): v. Caer de espaldas / Cojear (Antonio Viudas Camarasa).

ARREPAÑAR (arrepañá): v. Coger (referido a un todo).

ARREPÍO: Acción violenta o de improviso, resultante de una acción (Antonio Murga Bohiga).

ARREPUÑAR (arrepuñá): v.s. Arañar con las uñas – Quizá variante del ‘arrebañar’ de n/Dic. en Salamanca ‘arrepañar, coger, robar’ (Aurelio Cabrera Gallardo).

ARREQUÍN: m. árbol seco que se coloca en la parte delantera de las chozas y se utiliza para desollar a los animales.

ARRESIAR (arresiá): v. Mejorar / Por arreciar (cobrar fuerza y vigor).

ARRIMADOR (arrimadó): s.m. Trébedes – En/Dic. tronco o leño grueso que se pone en las chimeneas para apoyar en él otros al quemarlos (Aurelio Cabrera Gallardo).

ARRIMARSE (arrimase): * Amér. Amancebarse.

ARRISCADO – DA (arrihcao – cá): * Atrevido, resuelto.

ARRISCARSE (arrihcase): * v. Enguaparse. Vestirse el traje de fiestas.

ARROÁ: f. Señal que deja impresa las ruedas en el suelo.

ARRUCHAR (arruchá): * En Cuba, arruinar, dejar sin dinero a uno.

ARRUCHE: Quedarse sin nada de lo que tenía (Antonio Murga Bohiga).

ARRUFARSE (arrufase): v. Asustarse / Tener miedo.

ARRUTAO – TÁ: adj. Encogido, corto de ánimos, tímido, apocado, tristón (Antonio Murga Bohiga).

ARRUTARSE (arrutase): v.r. Agarbarse, encorvarse, ocultarse tímidamente hasta que pase el peligro – No es más que la significación pasiva del salmantino ‘arrutar’, que en la Sierra de Francia significa ‘oxear’, espantar los pájaros para que no vayan a los sembrados (Aurelio Cabrera Gallardo).

¡ARSA PILILI!: Expresión por “Anda, hija”, “Está’rreglao”, “Qué te creh tú eso”, etc.

ASAO: Recipiente de barro, más pequeño que la tinaja, que sirve para recoger agua potable.

ASELERAO – Rá: adj. Precipitado – Es el p.p. de ‘acelerarse’ (Aurelio Cabrera Gallardo).

ASENTADERAS (asentaerah): (se utiliza en plural) f. Dícese de la persona exenta de responsabilidad.

ASEO – ASEÁ: adj. Amargoso / “Cuarto d’aseo” (cuarto de baño) / “Hacers’ el aseo” (lavarse).

ASERAR (aserá): v. Abrir un asero en el monte – Es variante del portugués ‘acirar”, que tiene la misma significación (Aurelio Cabrera Gallardo).

ASERO: s.m. Faja rozada en medio del monte, para impedir que se propague el fuego en los incendios – En portugués, ‘aceiro’ (Aurelio Cabrera Gallardo).

ASIENTO: * Responsabilidad, cordura, sensatez.

ASIENTO: m. Corcho en forma de cubo, bajo y sin patas, que sirve para sentarse.

ASÍN: adv. Así (Dicho con fuerza significa que se quiere recalcar algo).

ASINA: Así (modo adverbial).

ASIO: m. Arte, habilidad.

ASOBAYAO – YÁ: adj. Dominado, oprimido, sojuzgado.

ASOLAPADO – DA (asolapao – pá): Por solapado (camuflado).

ASOLAPAR (asolapá): v. Camuflar.

ASOMATRASPÓN (asomatrahpón): Vocablo formado quizá de ‘asomar’ y ‘trasponer’, que con el verbo ‘ir’ se usa en la frase “ir a (a) somatraspón”, cuando van unos detrás de otros, ocultándose y viéndose alternativamente. En Salamanca, en la frase “al traspón”, aplicada al ganado que se traspone de la visita del pastor (Aurelio Cabrera Gallardo).

ASOYAMAO: adj. Pan tostado o quemado por encima, pero que sin embargo está crudo por dentro. En el p.p. de ‘sollamar’, con ‘a’ protética y la pronunciación dialectal de la ‘ll’ (Aurelio Cabrera Gallardo).

ATACUÑADO – DA (atacuñao – ñá): adj. Apretado.

ATACUÑAR (atacuñá): v. Rellenar un hueco con cuñas (Antonio Viudas Camarasa).

ATAITO: Juego infantil que consiste en que uno de los jugadores, provisto de una vara o cinturón, a la voz de ‘ataito’, dado por la ‘madre’, que es quién actúa como árbitro en el mismo, el primero se queda quieto mientras los demás le tiran de las orejas, le dan pellizcos, patadas, etc. Cuando la ‘madre’ vocea ‘¡hilo verde!’, el jugador que se había mantenido quieto, corre detrás de los demás asestándoles golpes, hasta que vuelve a escucharse de nuevo ‘ataito’, y así empezar de nuevo.

ATAJARRE: Por ataharre (Correa ancha que rodea las ancas y los hijares de las caballerías y que impide que el aparejo se desplace hacia adelante).

ATENSIA: s.f. Amistad, confianza, concordia – Es del mismo origen que el castellano anticuado ‘atenencia’ – También, dependencia de alguien: “estoy atensia de mis padres” (Aurelio Cabrera Gallardo).

ATENTAR (atentá): v. Pegar, golpear.

¡ATILVA!: Interj. ¡Atiza!.

ATILVAR (atilvá): v. Oir / Interesarse por algo / Ver.

ATONTALINADO – DA (atontalinao – ná): Por atontolinado.

ATORADO – DA (atorao – rá): Por atorado (Atragantado. No poder tragar algo que se atraviesa en la garganta).

ATRAGANTAR (atragantá): v. Aborrecer / Odiar / Añusgarse.

ATRANQUIJO: m. Tranquilidad; atención (Antonio Viudas Camarasa).

ATRAVESAR (atravesá): v. Aborrecer / Odiar / * v. Aojar, hacer mal de ojo.

ATROCHAR (atrochá): * Andar por trochas o veredas.

ATUFAR (atufá): v. Llenar de humo a alguien.

AUDENCIA (audensia): Por audiencia.

AUJA, UJA o ABUJA: Por aguja.

AUÑAR (auñá): v. Trepar por  una cuesta – Subir a una altura montado en una caballería (Aurelio Cabrera Gallardo) / v. Ir deprisa.

AUPA QUE TE ALCANZO (aúpa que t’alcanso): Aprisa, corriendo.

AUPADO – DA (aupao – pá): adj. Dícese de la persona muy gruesa respecto a su estado, con carnes flojas, sin consistencia. Parece grueso, sin agilidad, casi un caso patológico, y se dice “Encontré a Fulanito, aupado” / * Aupado, subido, levantado. Dícese cuando se tiene el vientre aupado.

AUPARSE (aupase): v.r. Hincharse, corromperse, echarse a perder (Aurelio Cabrera Gallardo).

AVANZARSE (avansase): v. Abalanzarse. Hacer alguna cosa con imprudencia.

A VER× (avé): Interj. Indica asentimiento, resignación, conformidad (Se dice: “a ve y qué quiereh”).

AVIÓN: m. Vencejo.

AVÍOS (avioh): (se utiliza en plural). m. Ingredientes para una comida. Utiles de trabajo / * Utensilios propios para un fin.

AVISPA (avihpa): f. Lista, de cuerpo esterilizado (“Talle de avispa”) (José Mª Otero).

AZABUCHE (asabuche): Por acebuche (Oliva silvestre).

AZOGUE (asogue): m. Dícese del niño muy inquieto (“Ehte niño parese que tiene l’asogue”) / * “Ser uno un azogue” fr. fig. y fam. Ser muy inquieto / Mercurio (mineral).

AZUCENA (asusena): * Persona o cosa especialmente calificada por su pureza o blancura.