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El temible “ocalito” de Alburquerque

Cuenta la leyenda que Sansón era un guerrero invencible, temido y respetado por su poderío. Pero también cuenta que aquel hombre perdió toda su fuerza cuando le cortaron el pelo y, en consecuencia, dejó de causar pavor en sus enemigos.

“¡Ese será el famoso árbol!”, comentaban todos los árbitros a sus jueces de línea cuando entraban en nuestro viejo campo de fútbol. Un escalofrío recorría las entrañas del trío arbitral mientras contemplaban, altanero, el célebre eucalipto.

Cuando uno, siendo niño, empezó a ver los partidos del Alburquerque, ya había escuchado algunos retazos de la leyenda; por eso, cuando vi por primera vez “El árbol del ahorcado”, la película de Delmer Daves, no pude evitar hacer un paralelismo, aunque estuviera basado solo en el título.

“¡Al ocalito!”, “¡Al ocalito!”, suena en mis oídos ahora, como si estuviera escuchando a través de una caracola marina el eco de las voces de la afición enardecida. Yo tenía miedo entonces y creía ciertamente que el señor de negro iba a terminar con la soga al cuello, colgado de aquel terrorífico árbol. Cuando empecé a ir a los grupos escolares, en aquellos recreos mágicos de la niñez, me acercaba al legendario eucalipto y, como temiendo que abriera unos grandes ojos y me asustara, le tocaba despacio, con mucho cuidado. Puedo sentir ahora el tacto suave de aquel árbol enorme al que, a base de acercarme, de recreo en recreo, fui perdiendo el miedo y acabé por cogerle cariño.

Después, en las tardes de calor, cuando empecé a jugar en el Alburquerque, antes de los partidos buscábamos la amplia sombra que proporcionaba al graderío cercano a los vestuarios. Y algún que otro domingo de resaca, a lo largo del encuentro y después de algunas de mis internadas por la banda, me refugiaba en la larga sombra que proyectaba sobre el campo y me sentía como en la gloria. Y qué decir de las mañanas de los partidos de juveniles, sentado en las gradas al amparo de sus ramas, esperando la panceta del descanso. Y las tardes de cadetes, infantiles y alevines, sentado junto a otros espectadores en las gradas sombrías augurando un gran futuro para alguno de los futbolistas de la cantera.

Pero, aunque todo eso forme parte de la historia del viejo campo, el eucalipto solo será recordado por haber forjado la leyenda que hizo del estadio municipal un infierno para los árbitros. Estos, cuando pitaban algo dudoso en contra de nuestros colores, miraban de reojo para ver si estaba ya puesta la soga… Y, cuando habían hecho un mal arbitraje y habían enfurecido a la afición y escuchado el temible tronar de voces: ¡Al ocalito!, ¡Al ocalito!… se veían linchados en una de sus gruesas ramas. Por eso, cuando conseguían salir y se montaban en el coche para marcharse del campo de fútbol, los colegiados se pasaban la mano por el cogote y suspiraban aliviados.

Tras talarse el hermoso árbol, el campo de fútbol dejó de ser maldito, porque los trencillas de turno se vieron libres de la amenaza del eucalipto que, como la espada de Damocles, se cernía sobre sus cabezas. Al cortar el viejo vegetal se esfumó el fantasma del linchamiento y el campo municipal dejó de ser respetado, porque en Alburquerque el jugador número 12 era, como en todos los sitios, la afición, pero el 13 era exclusivo de nuestro pueblo. Era el gigantesco eucalipto. ¡Cuántas veces nos hemos acordado de él quienes le conocimos en su esplendor al ver arbitrajes infames en nuestro otrora terrorífico feudo!

En cuanto corrió la noticia de la muerte del “ocalito”, los árbitros dejaron de temer que en el sorteo les tocara en suerte pitar en Alburquerque, y empezaron a venir aquí envalentonados por tantos años de miedo. Y empezaron a pitar penaltis dudosos y a anularnos goles que antes nunca hubieran osado.

Siempre solitario, no conoció ninguna otra planta y probablemente solo entendiera de fútbol, lo único que “mamó” en sus 50 años de vida. No se merecía ser talado porque, a pesar de que lo pintaban tan fiero, jamás un colegiado pendió en sus ramas. Murió y, aunque sigue siendo un mito para los que lo conocimos y respetamos, será olvidado porque no existe un lugar para el entierro de los árboles. Mal le pagamos los servicios prestados al equipo de fútbol y a los aficionados que encontraron un buen lugar en su sombra.

(El eucalipto fue talado en el año 1999 y quise dedicarle este homenaje)

TEXTO Y FOTO: FRANCISCO JOSÉ NEGRETE